Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

domingo, 7 de junio de 2015

Matadragones

"Los dragones son temibles precisamente porque el ser humano nada tiene que hacer contra ellos."

Cuando era niño, escuché esa frase en una ocasión al viejo herrero de mi aldea. Era un anciano respetable y una opinión de peso en el concilio, pero aquella frase, me cambió la vida. Me negaba a creerla. Desde que tenía memoria, mis historias favoritas siempre habían sido las de héroes legendarios que mataban dragones en combates individuales como quien mataba cucarachas, y tal llegó a ser mi obsesión, que opté por dedicar mi vida a ser un contraejemplo.

Y allí me encontraba, en un pueblo de pastores que tenían que dejar a sus ovejas encerradas la mayor parte del tiempo si no querían que fuera aquel monstruo que llevaba meses aterrorizándolos quien comiera su ganado. Hacía décadas que no se oían rumores de dragones activos, y la historia corrió más rauda que el viento. Pronto en todo el continente se supo que aquel pueblo se requerían las actividades de un profesional, pero lo mejor que habían podido encontrar había sido un perro que hasta entonces había subsistido como pudo.

No quiero ser malinterpretado. Por supuesto que me trataba de un experto en la caza de dragones, pero en mi oficio no existían los profesionales. Ya no. Todo el mundo del reino había oído hablar de la legendaria escuela para matadragones de Fervaid. Allí nos entrenaban para convertirnos en auténticas máquinas de matar. Las escasas armaduras del ignífugo hierro de Karid eran propiedad privada del colegio y sólo podían acceder a ellas los más prestigiosos alumnos. Pero hacía ya un par de generaciones que nadie podía poner en práctica aquellos conocimientos.

Nunca hubo un alumno que pusiera nunca tanto empeño en sus estudios como yo lo hice en los míos. No tardé en destacar, y al poco tiempo, en toda la ciudad conocieron mi nombre. En las tabernas se hacían chistes acerca de que si los dragones habían planeado alguna vez su retorno, mi existencia los hacía hundirse aún más en el fondo de la tierra. Fueron los momentos en los que más lamenté que el viejo estuviera muerto.

Pero aquella edad de oro no tardó en llegar a su fin. Mi éxito no me había valido para nada en una sociedad donde los dragones ya no eran un temor palpable. Me centré en la vida de mercenario, y no tuve una mala vida, pero pronto llegó el Concordato de Irguld, y se acabaron las guerras. Los siguiente años los pasé vagabundeando, hasta que la semana pasada, oí el rumor que llevaba desde mi niñez esperando.

Había una peculiaridad que nos habían enseñado en la escuela que formaba parte de nuestros secretos profesionales. Todas aquellas leyendas que me apasionaban de pequeño eran falsas. ¿Las raras armaduras de Karid? Un fraude sin más fin que el de prolongar la fama de los nuestros. Todos los matadragones famosos habían sido hombres capaces de desarrollar la suficiente discreción como para ser indetectables al fino oído de un dragón dormido. Nuestras mejores armaduras eran aquellas armaduras de cuero simple, sin tachuelas ni ningún otro adorno metálico que pudiera delatarnos. Y nuestras armas más eficaces eran aquellos proyectiles con la potencia suficiente para atravesar sus escamas e introducirles la savia de árboles aparentemente inocuos que resultaban letales para aquellos gigantescos reptiles. No había ninguna gloria en nuestro trabajo. Realmente, éramos asesinos de élite, pero nuestra fama nos protegía.

"Los dragones son temibles precisamente porque el ser humano nada tiene que hacer contra ellos."

Pronto te demostraría, viejo, lo equivocado que estabas.

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