Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

jueves, 16 de abril de 2015

El anciano en la montaña

Por fin comprendía por qué nadie que hubiera ido a visitar al famoso anciano de la montaña no había vuelto para contarlo. No era porque fuera un anciano cruel, o por su legendaria guardia sin escrúpulos. Era por los peligros de la montaña.

Durante aquellos dos meses, había estado en múltiples ocasiones al borde de la muerte por inanición. Más de la mitad de las noches las había pasado en vela, si no por los chillidos de las múltiples manadas de hombres ratas o las pandillas de trasgos, por el miedo a la visita de algún espíritu sin descanso. Las pocas noches que estuve seguro de poder dormir, las pesadillas me invadían y me despertaba a media noche con los aullidos, tal vez lamentos, de los lobos gigantes que habitaban los frecuentes bosquecillos.

Pero por fin, al cabo de dos meses, lo conseguí. Decían que aquella era la única montaña del mundo tan alta como para atravesar las nubes. Ignoraba el resto de montañas, pero lo comprobé. Aquella montaña atravesaba las nubes. A mis pies sólo contemplaba un infinito mar blanco. Y por un momento, vacilé. Dudé. Olía a azufre. No había ninguna fortaleza, sólo una cueva en la cima. Penetraba en las profundidades de la roca, pero la entraba estaba cubierta con huesos humanos achicharrados. Y me entró el miedo. Pero me decidí a entrar. No iba a permitir que aquellos meses hubieran sido en vano. De repente, oí una voz penetrante que hizo retumbar hasta la más minúscula célula de mi cuerpo. Me encontré lo último que esperaba encontrarme.

¿Quién osa profanar mi morada?
¿Quién no teme sufrir mis llamaradas?

Ante mí se encontraba un gigantesco reptil de escamas carmesíes y resplandecientes, con garras y colmillos del tamaño de espadas y ojos penetrantes de serpiente. Fui incapaz de pronunciar palabra.

¿Has venido a darme muerte?
¿O acaso ya no quedan héroes?
Nunca mato sin ser provocado
Pero sólo soy un anciano anclado en el pasado
Parece que fue ayer
Cuando reyes y emperadores masacré
Hoy nadie me recuerda
Ni en los mitos ni en las leyendas
En cuanto a mí, estoy cansado
Incapaz de desatar el fuego alado
Así que pregunta, mortal
Pero sólo una, y no más

Probablemente un dragón hubiera sido lo último que esperaría haberme encontrado. Pensé que pertenecían a las eras antiguas, llenas de violencia y sangrientas batallas. Después de sucesivas edades, llegamos a la actual, la edad de la decacencia. Hoy las únicas criaturas mágicas que se consideraban existentes eran las que invocaban los magos de las altas escuelas de magia y las hordas de humanoides repulsivos que asaltaban incesantemente nuestras aldeas. Los grandes imperios humanos pertenecían al pasado.

No tenía fuerzas para luchar, y mucho menos contra un dragón, una criatura mítica que según las leyendas podía arrasar imperios enteros con el esfuerzo que a uno de nosotros nos suponía aplastar un hormiguero. Pero al igual que su poder de destrucción, las canciones también habían inmortalizado su conocimiento y su mente retorcida. La oportunidad que se me brindaba era, probablemente, única, pero tendría que ser más astuto que un dragón, o la desperdiciaría.

-Déjame pensar.

No dijo nada. Sólo se quedó mirando. Supongo que para alguien inmortal, la vida de un humano duraba menos de un pestañeo.

Tras un largo rato me rugieron las tripas, y lo comprendí. Nadie había sido nunca capaz de bajar la montaña. Yo también estaba en las últimas, y en cuanto abandonara la caverna, no tardaría en ser pasto de los cuervos. Si volvía con vida y afirmaba haber visto un dragón, si no me tildaban de farsante y mentiroso, me volvería rico y famoso. Pero había un modo de que me creyeran.

-¿Cómo puedo ganarme tu amistad?

Te has creído muy inteligente
Pero esa palabra no existe entre mi especie
Quizá podríamos intentar averiguarlo
Pero cuando avancemos, la muerte te habrá visitado
Ahora, vuelve a casa
Si logras sobrevivir a la montaña

Intenté refutarle, convencerle, persuadirlo, pero no hubo manera. Ni se inmutó. Supongo que requería de atención para ser capaz de entender mis palabras por lo insignificante que sería para él. Armándome de aún más valor que al entrar, di la vuelta.

sábado, 4 de abril de 2015

El cronista eterno

Los dos primeros siglos fueron los peores. No hubo día que no estuviera convencido de que no terminaría loco.

Los primeros años, el polvo radiactivo me dejaba débil y me costaba salir. No se me tardó en acabar la tinta. Cuando pude volver a salir, el aire olía raro y no quedaba rastro de ningún ser vivo más allá de lo que en su día fueron cadáveres. Toda mi vida había sabido que este día llegaría, pero finalmente había sucedido. Estaba solo.

A lo largo de los milenios, había intentado recluirme tanto como podía. Conocía mi destino, y las pérdidas siempre son dolorosas. Estaba condenado a ser siempre yo quien perdiera a los demás, nunca los demás a mí. Con el tiempo, decidí dedicar mi vida a aprender idiomas y ser un cronista, pero con todo, de vez en cuando se agradecía el contacto humano, por espontáneo que fuera.

Al terminar la guerra, los pocos generadores de electricidad fueron apagándose lentamente. Tocó volver al pasado. Afortunadamente, mi condición mi libraba del peso de la comida, lo que me previno de la inanición.

Sin embargo, con la principal fuente de energía que habían explotado los humanos el último pestañeo de su existencia, desapareció internet. A lo largo de la guerra pude saber poco más que rumores sobre lo que sucedía. Fue entonces cuando comprendí lo que esta creación había facilitado mi trabajo.

Con la humanidad fuera de juego, y sus obras, desaparecidas, rápidamente consumí mis suministros de tinta y papel, pese a lo poco que tenía que decir. Yo, que no necesitaba ni dormir ni comer, que renegaba de las personas por miedo al dolor que les ocasionaría y me ocasionaría, me había encontrado con que mi labor ya no valía de nada.

Desde el día de mi nacimiento había ido datando de todo lo que le iba sucediendo a la humanidad. Primero, en mi poblado y sus vecinos. Más tarde, en mi ciudad y sus circundantes. Con el tiempo, en mi nación y sus aliadas. Finalmente, con el mundo y sus descubrimientos.

La frustración de saber que lo único a lo que has dedicado tu vida ya no sólo no vale para nada, sino que tampoco puede ser continuado es inexplicable para quien no lo haya sufrido. Y cuando es lo único que te queda, convierte en una tarea casi imposible mantenerse cuerdo.

Hoy sufro cada día que miro la ingente cantidad de libros a los que di forma, sabiendo que en el momento en el que los toque, se desmoronarán en polvo.

Supongo que este es el fin. Supongo que el mundo ya no necesita un cronista eterno.