Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

jueves, 12 de marzo de 2015

El herrero

Me desperté temprano. No serían más de las cinco del mediodía, y sin embargo, el martillo ya se oía resonar contra el hierro y se notaba el calor de la fragua por toda la casa.

Me puse rápidamente el jubón y las polainas, y bajé a la forja que había en el piso subterráneo.

-¿No has dormido en toda la noche?

-No tenía sueño.

No dio más respuesta. No era un hombre de muchas palabras. Llevaba sólo día y medio en aquella casa y ya ni siquiera me sorprendía que el único sonido oído con regularidad fuera el del metal contra el metal. Me estaba acostumbrando al olor a a polvo de hierro y al calor de la fundición. Era bastante probable que no tuviera que permanecer allí mucho más tiempo.

Salí a por unas bayas al jardín para desayunar. Pese a que era temprano, estaba desvelado y sabía que no conseguiría dormir más. Aquel jardín era enorme, pero no estaba muy cuidado, lo cual tampoco era sorprendente, a decir verdad. Estaba detrás de la enorme residencia en la que se podía alojar cualquiera que quisiera visitar la forja. Aquella enorme residencia vacía.

La reputación de aquel herrero era legendaria. Se decía que no había ninguno igual en todo el archipiélago. Este logro, ya de por sí meritorio, lo convertían en alguien extraordinario teniendo en cuenta las dimensiones de la isla, de la que apenas se podía extraer mineral y en la que ni había más habitantes, ni pasaban los mercaderes. Había quien decía que el herrero había hecho alguna especie de pacto con diablos, pero lo veía como meras supersticiones del vulgo.

Con todo, había de reconocer que en la canción que iba a componer sobre él hablaría de los pequeños nifelins, minúsculos espíritus del fuego que según las tradiciones residían en las pequeñas chispas y nos permitían manipular tan peligrosa y beneficiosa herramienta. Incluso era probable que le atribuyera cualidades mágicas al martillo de aquel hombre. Definitivamente, haría de él un semidiós, Ese era nuestro poder. Ese era el poder de los bardos.

Después de desayunar volví a bajar. A observarle. Todo parecía demasiado mecánico y simple entre sus brazos, pero a su vez, cada martillazo me enamoraba más que el anterior. Ver las espadas incandescentes siendo golpeadas me fascinaba. Y al mismo tiempo, mi imaginación se desbordaba. Aquella noche sería una prolífica noche de escritura.

Supuse que estaría comenzando a ponerse el sol, cuando inesperadamente me farfulló:

-Demasiado difíciles.

El sobresalto que me llevó fue mayúsculo. Nunca creí que hubiera llegado a oírle hablar salvo para responder con la mayor sequedad posible a mis palabras.

-¿Perdón?

Esta vez, su única respuesta fue un gruñido.

-¿A qué se refiere con demasiado difíciles? ¿Está realizando acaso un encargo que le supera?

En esta ocasión emitió un sonido más cercano a una carcajada que a un gruñido.

-El metal es sencillo.

Cada vez me hallaba más desconcertado.

-¿Entonces?

-Las personas. Demasiado difíciles. Demasiado complejas. Nunca seré capaz de entenderos. A veces unas palabras os hacen reír, y otras veces, las misma palabras os hacen llorar. A veces decís ser de un modo, y a la semana siguiente hacéis la opuesta. Nunca entenderé los sentimientos. Nunca os entenderé. Las personas sois demasiado impredecibles. El metal es sencillo. El que rompe una espada es un negligente. El metal se comporta como le mandas comportarse. El metal nunca se contradice. El metal siempre actúa del mismo modo. El metal es eterno.

No sabía que decir. No me esperaba oírle decir tantas palabras seguidas en la vida. Tal vez tuviera más razón de la que me imaginaba. Era innegable que nunca hubiera predicho lo que iba a hacer. Pero nunca me habían parecido especialmente complicadas las personas. El poder de la palabra siempre hacía comprenderlas y manejarlas sin dificultad. Dos estrofas de la canción salieron de aquella tarde.

Le abandoné a la semana. Probablemente fuera lo mejor para los dos. No le había vuelto a oír hablar por su propia cuenta en todo aquel tiempo. Aquel hombre no apreciaba más compañía que la del metal. Por mi cuenta, yo aún tenía una historia que contar.

1 comentario:

  1. El final no me termina de convencer. Lo veo algo forzado. Aúnn así me ha gustado

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