Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

domingo, 4 de octubre de 2015

Sangre manchada con tinta

Ya están aquí. Puedo oírlos perfectamente dando golpes al otro lado de la puerta. En cualquier momento la echarán abajo, y entonces, estaré irremediablemente sentenciado. Serán implacables.

Cabe decir que nunca fue mi intención hacerle daño a nadie. Yo sólo buscaba las mejores soluciones para todos, pero sólo daba la sensación de que las soluciones para arreglar cada problema traían otros dos nuevos consigo. 

Cuando la turba entró, el soberano ya estaba colgado.

domingo, 7 de junio de 2015

Matadragones

"Los dragones son temibles precisamente porque el ser humano nada tiene que hacer contra ellos."

Cuando era niño, escuché esa frase en una ocasión al viejo herrero de mi aldea. Era un anciano respetable y una opinión de peso en el concilio, pero aquella frase, me cambió la vida. Me negaba a creerla. Desde que tenía memoria, mis historias favoritas siempre habían sido las de héroes legendarios que mataban dragones en combates individuales como quien mataba cucarachas, y tal llegó a ser mi obsesión, que opté por dedicar mi vida a ser un contraejemplo.

Y allí me encontraba, en un pueblo de pastores que tenían que dejar a sus ovejas encerradas la mayor parte del tiempo si no querían que fuera aquel monstruo que llevaba meses aterrorizándolos quien comiera su ganado. Hacía décadas que no se oían rumores de dragones activos, y la historia corrió más rauda que el viento. Pronto en todo el continente se supo que aquel pueblo se requerían las actividades de un profesional, pero lo mejor que habían podido encontrar había sido un perro que hasta entonces había subsistido como pudo.

No quiero ser malinterpretado. Por supuesto que me trataba de un experto en la caza de dragones, pero en mi oficio no existían los profesionales. Ya no. Todo el mundo del reino había oído hablar de la legendaria escuela para matadragones de Fervaid. Allí nos entrenaban para convertirnos en auténticas máquinas de matar. Las escasas armaduras del ignífugo hierro de Karid eran propiedad privada del colegio y sólo podían acceder a ellas los más prestigiosos alumnos. Pero hacía ya un par de generaciones que nadie podía poner en práctica aquellos conocimientos.

Nunca hubo un alumno que pusiera nunca tanto empeño en sus estudios como yo lo hice en los míos. No tardé en destacar, y al poco tiempo, en toda la ciudad conocieron mi nombre. En las tabernas se hacían chistes acerca de que si los dragones habían planeado alguna vez su retorno, mi existencia los hacía hundirse aún más en el fondo de la tierra. Fueron los momentos en los que más lamenté que el viejo estuviera muerto.

Pero aquella edad de oro no tardó en llegar a su fin. Mi éxito no me había valido para nada en una sociedad donde los dragones ya no eran un temor palpable. Me centré en la vida de mercenario, y no tuve una mala vida, pero pronto llegó el Concordato de Irguld, y se acabaron las guerras. Los siguiente años los pasé vagabundeando, hasta que la semana pasada, oí el rumor que llevaba desde mi niñez esperando.

Había una peculiaridad que nos habían enseñado en la escuela que formaba parte de nuestros secretos profesionales. Todas aquellas leyendas que me apasionaban de pequeño eran falsas. ¿Las raras armaduras de Karid? Un fraude sin más fin que el de prolongar la fama de los nuestros. Todos los matadragones famosos habían sido hombres capaces de desarrollar la suficiente discreción como para ser indetectables al fino oído de un dragón dormido. Nuestras mejores armaduras eran aquellas armaduras de cuero simple, sin tachuelas ni ningún otro adorno metálico que pudiera delatarnos. Y nuestras armas más eficaces eran aquellos proyectiles con la potencia suficiente para atravesar sus escamas e introducirles la savia de árboles aparentemente inocuos que resultaban letales para aquellos gigantescos reptiles. No había ninguna gloria en nuestro trabajo. Realmente, éramos asesinos de élite, pero nuestra fama nos protegía.

"Los dragones son temibles precisamente porque el ser humano nada tiene que hacer contra ellos."

Pronto te demostraría, viejo, lo equivocado que estabas.

viernes, 29 de mayo de 2015

Falso rey

-¡Herkil! ¡Cuánto tiempo, viejo amigo! Ven aquí, que te invito a una cerveza por los viejos tiempos.

El extranjero se acercó en silencio a aquel viejo conocido en aquella estruendosa taberna llena de alborotadores. Se sentía incómodo, pues tras los años, se había convertido en un extraño en aquellas tierras.

-¿¡Y qué es de tu vida!? ¿Cuánto hace que no sé de ti? ¿Lustros? ¿Décadas? ¿Qué has hecho todo este tiempo, compañero?

-Sobrevivir.

-¿Y eso? Recuerdo que tú y tus padres os tuvisteis que ir perseg...

-Baja la voz.

-Oh, lo siento, no me había dado cuenta. Y bueno, ¿qué te trae por aquí?

-He venido a recuperar lo que es mío.

-Pues estás de suerte. He oído rumores. La gente está descontenta. Dicen que se oyen voces de revolución, que en los barrios bajos cada vez hay menos comida y más guardias. Pero sobre todo, hay algo que todos en la ciudad sabemos. El falso rey tiene miedo.

jueves, 16 de abril de 2015

El anciano en la montaña

Por fin comprendía por qué nadie que hubiera ido a visitar al famoso anciano de la montaña no había vuelto para contarlo. No era porque fuera un anciano cruel, o por su legendaria guardia sin escrúpulos. Era por los peligros de la montaña.

Durante aquellos dos meses, había estado en múltiples ocasiones al borde de la muerte por inanición. Más de la mitad de las noches las había pasado en vela, si no por los chillidos de las múltiples manadas de hombres ratas o las pandillas de trasgos, por el miedo a la visita de algún espíritu sin descanso. Las pocas noches que estuve seguro de poder dormir, las pesadillas me invadían y me despertaba a media noche con los aullidos, tal vez lamentos, de los lobos gigantes que habitaban los frecuentes bosquecillos.

Pero por fin, al cabo de dos meses, lo conseguí. Decían que aquella era la única montaña del mundo tan alta como para atravesar las nubes. Ignoraba el resto de montañas, pero lo comprobé. Aquella montaña atravesaba las nubes. A mis pies sólo contemplaba un infinito mar blanco. Y por un momento, vacilé. Dudé. Olía a azufre. No había ninguna fortaleza, sólo una cueva en la cima. Penetraba en las profundidades de la roca, pero la entraba estaba cubierta con huesos humanos achicharrados. Y me entró el miedo. Pero me decidí a entrar. No iba a permitir que aquellos meses hubieran sido en vano. De repente, oí una voz penetrante que hizo retumbar hasta la más minúscula célula de mi cuerpo. Me encontré lo último que esperaba encontrarme.

¿Quién osa profanar mi morada?
¿Quién no teme sufrir mis llamaradas?

Ante mí se encontraba un gigantesco reptil de escamas carmesíes y resplandecientes, con garras y colmillos del tamaño de espadas y ojos penetrantes de serpiente. Fui incapaz de pronunciar palabra.

¿Has venido a darme muerte?
¿O acaso ya no quedan héroes?
Nunca mato sin ser provocado
Pero sólo soy un anciano anclado en el pasado
Parece que fue ayer
Cuando reyes y emperadores masacré
Hoy nadie me recuerda
Ni en los mitos ni en las leyendas
En cuanto a mí, estoy cansado
Incapaz de desatar el fuego alado
Así que pregunta, mortal
Pero sólo una, y no más

Probablemente un dragón hubiera sido lo último que esperaría haberme encontrado. Pensé que pertenecían a las eras antiguas, llenas de violencia y sangrientas batallas. Después de sucesivas edades, llegamos a la actual, la edad de la decacencia. Hoy las únicas criaturas mágicas que se consideraban existentes eran las que invocaban los magos de las altas escuelas de magia y las hordas de humanoides repulsivos que asaltaban incesantemente nuestras aldeas. Los grandes imperios humanos pertenecían al pasado.

No tenía fuerzas para luchar, y mucho menos contra un dragón, una criatura mítica que según las leyendas podía arrasar imperios enteros con el esfuerzo que a uno de nosotros nos suponía aplastar un hormiguero. Pero al igual que su poder de destrucción, las canciones también habían inmortalizado su conocimiento y su mente retorcida. La oportunidad que se me brindaba era, probablemente, única, pero tendría que ser más astuto que un dragón, o la desperdiciaría.

-Déjame pensar.

No dijo nada. Sólo se quedó mirando. Supongo que para alguien inmortal, la vida de un humano duraba menos de un pestañeo.

Tras un largo rato me rugieron las tripas, y lo comprendí. Nadie había sido nunca capaz de bajar la montaña. Yo también estaba en las últimas, y en cuanto abandonara la caverna, no tardaría en ser pasto de los cuervos. Si volvía con vida y afirmaba haber visto un dragón, si no me tildaban de farsante y mentiroso, me volvería rico y famoso. Pero había un modo de que me creyeran.

-¿Cómo puedo ganarme tu amistad?

Te has creído muy inteligente
Pero esa palabra no existe entre mi especie
Quizá podríamos intentar averiguarlo
Pero cuando avancemos, la muerte te habrá visitado
Ahora, vuelve a casa
Si logras sobrevivir a la montaña

Intenté refutarle, convencerle, persuadirlo, pero no hubo manera. Ni se inmutó. Supongo que requería de atención para ser capaz de entender mis palabras por lo insignificante que sería para él. Armándome de aún más valor que al entrar, di la vuelta.

sábado, 4 de abril de 2015

El cronista eterno

Los dos primeros siglos fueron los peores. No hubo día que no estuviera convencido de que no terminaría loco.

Los primeros años, el polvo radiactivo me dejaba débil y me costaba salir. No se me tardó en acabar la tinta. Cuando pude volver a salir, el aire olía raro y no quedaba rastro de ningún ser vivo más allá de lo que en su día fueron cadáveres. Toda mi vida había sabido que este día llegaría, pero finalmente había sucedido. Estaba solo.

A lo largo de los milenios, había intentado recluirme tanto como podía. Conocía mi destino, y las pérdidas siempre son dolorosas. Estaba condenado a ser siempre yo quien perdiera a los demás, nunca los demás a mí. Con el tiempo, decidí dedicar mi vida a aprender idiomas y ser un cronista, pero con todo, de vez en cuando se agradecía el contacto humano, por espontáneo que fuera.

Al terminar la guerra, los pocos generadores de electricidad fueron apagándose lentamente. Tocó volver al pasado. Afortunadamente, mi condición mi libraba del peso de la comida, lo que me previno de la inanición.

Sin embargo, con la principal fuente de energía que habían explotado los humanos el último pestañeo de su existencia, desapareció internet. A lo largo de la guerra pude saber poco más que rumores sobre lo que sucedía. Fue entonces cuando comprendí lo que esta creación había facilitado mi trabajo.

Con la humanidad fuera de juego, y sus obras, desaparecidas, rápidamente consumí mis suministros de tinta y papel, pese a lo poco que tenía que decir. Yo, que no necesitaba ni dormir ni comer, que renegaba de las personas por miedo al dolor que les ocasionaría y me ocasionaría, me había encontrado con que mi labor ya no valía de nada.

Desde el día de mi nacimiento había ido datando de todo lo que le iba sucediendo a la humanidad. Primero, en mi poblado y sus vecinos. Más tarde, en mi ciudad y sus circundantes. Con el tiempo, en mi nación y sus aliadas. Finalmente, con el mundo y sus descubrimientos.

La frustración de saber que lo único a lo que has dedicado tu vida ya no sólo no vale para nada, sino que tampoco puede ser continuado es inexplicable para quien no lo haya sufrido. Y cuando es lo único que te queda, convierte en una tarea casi imposible mantenerse cuerdo.

Hoy sufro cada día que miro la ingente cantidad de libros a los que di forma, sabiendo que en el momento en el que los toque, se desmoronarán en polvo.

Supongo que este es el fin. Supongo que el mundo ya no necesita un cronista eterno.

jueves, 12 de marzo de 2015

El herrero

Me desperté temprano. No serían más de las cinco del mediodía, y sin embargo, el martillo ya se oía resonar contra el hierro y se notaba el calor de la fragua por toda la casa.

Me puse rápidamente el jubón y las polainas, y bajé a la forja que había en el piso subterráneo.

-¿No has dormido en toda la noche?

-No tenía sueño.

No dio más respuesta. No era un hombre de muchas palabras. Llevaba sólo día y medio en aquella casa y ya ni siquiera me sorprendía que el único sonido oído con regularidad fuera el del metal contra el metal. Me estaba acostumbrando al olor a a polvo de hierro y al calor de la fundición. Era bastante probable que no tuviera que permanecer allí mucho más tiempo.

Salí a por unas bayas al jardín para desayunar. Pese a que era temprano, estaba desvelado y sabía que no conseguiría dormir más. Aquel jardín era enorme, pero no estaba muy cuidado, lo cual tampoco era sorprendente, a decir verdad. Estaba detrás de la enorme residencia en la que se podía alojar cualquiera que quisiera visitar la forja. Aquella enorme residencia vacía.

La reputación de aquel herrero era legendaria. Se decía que no había ninguno igual en todo el archipiélago. Este logro, ya de por sí meritorio, lo convertían en alguien extraordinario teniendo en cuenta las dimensiones de la isla, de la que apenas se podía extraer mineral y en la que ni había más habitantes, ni pasaban los mercaderes. Había quien decía que el herrero había hecho alguna especie de pacto con diablos, pero lo veía como meras supersticiones del vulgo.

Con todo, había de reconocer que en la canción que iba a componer sobre él hablaría de los pequeños nifelins, minúsculos espíritus del fuego que según las tradiciones residían en las pequeñas chispas y nos permitían manipular tan peligrosa y beneficiosa herramienta. Incluso era probable que le atribuyera cualidades mágicas al martillo de aquel hombre. Definitivamente, haría de él un semidiós, Ese era nuestro poder. Ese era el poder de los bardos.

Después de desayunar volví a bajar. A observarle. Todo parecía demasiado mecánico y simple entre sus brazos, pero a su vez, cada martillazo me enamoraba más que el anterior. Ver las espadas incandescentes siendo golpeadas me fascinaba. Y al mismo tiempo, mi imaginación se desbordaba. Aquella noche sería una prolífica noche de escritura.

Supuse que estaría comenzando a ponerse el sol, cuando inesperadamente me farfulló:

-Demasiado difíciles.

El sobresalto que me llevó fue mayúsculo. Nunca creí que hubiera llegado a oírle hablar salvo para responder con la mayor sequedad posible a mis palabras.

-¿Perdón?

Esta vez, su única respuesta fue un gruñido.

-¿A qué se refiere con demasiado difíciles? ¿Está realizando acaso un encargo que le supera?

En esta ocasión emitió un sonido más cercano a una carcajada que a un gruñido.

-El metal es sencillo.

Cada vez me hallaba más desconcertado.

-¿Entonces?

-Las personas. Demasiado difíciles. Demasiado complejas. Nunca seré capaz de entenderos. A veces unas palabras os hacen reír, y otras veces, las misma palabras os hacen llorar. A veces decís ser de un modo, y a la semana siguiente hacéis la opuesta. Nunca entenderé los sentimientos. Nunca os entenderé. Las personas sois demasiado impredecibles. El metal es sencillo. El que rompe una espada es un negligente. El metal se comporta como le mandas comportarse. El metal nunca se contradice. El metal siempre actúa del mismo modo. El metal es eterno.

No sabía que decir. No me esperaba oírle decir tantas palabras seguidas en la vida. Tal vez tuviera más razón de la que me imaginaba. Era innegable que nunca hubiera predicho lo que iba a hacer. Pero nunca me habían parecido especialmente complicadas las personas. El poder de la palabra siempre hacía comprenderlas y manejarlas sin dificultad. Dos estrofas de la canción salieron de aquella tarde.

Le abandoné a la semana. Probablemente fuera lo mejor para los dos. No le había vuelto a oír hablar por su propia cuenta en todo aquel tiempo. Aquel hombre no apreciaba más compañía que la del metal. Por mi cuenta, yo aún tenía una historia que contar.

domingo, 8 de febrero de 2015

El guardián imperturbable

Después de días y días de caminata sin descanso, de semanas y semanas sin sueños tranquilos, por fin había llegado. Frente a mí se hallaba el Mausoleo de los Magnos. Por fin podría encontrar respuestas a todas aquellas preguntas que siempre había querido, desde las más estúpidas y banales hasta las más trascendentales e inquietantes.

Ante mí, coronando el pico de la Montaña del Fin del Mundo podía contemplar un edifico construida en la roca con una fachada pétrea que mostraba los Cuatro Grandes Reyes del pasado y una puerta de tamaño algo más humilde en la mitad de estos.

Frente a la entrada, una enorme figura permanecía inamovible e imperturbable. Aquel ser había resistido contra las adversidades del clima y el desmoronamiento del tiempo. Algunos decían que era anterior incluso al mismísimo universo, aunque la mayoría sabíamos que aquello era imposible.

Cuando comencé a acercarme, no se movió, y sin embargo, detecté en él cierta hostilidad. No sabría muy bien cómo explicarlo, pero supe desde ese mismo momento que no me dejaría entrar.

Al llegar a su lado, noté que no parecía animado. De hecho, parecía más una estatua o una escultura que cualquier raza o especie de un ser vivo. Y sin embargo, no me dejó pasar. Lo intenté. Luché con todas mis fuerzas por alcanzar la puerta, pero no me dejaba. Era imposible superarlo en combate, pese a que no se había movido ni un milímetro. Seguí intentándolo. Sin cesar. Con todo mi empeño. Pero no logré nada. Nada, excepto caer rendido por el agotamiento.

Acampé allí durante dos meses, sin más comida que las ratas de campo que robaba en los nidos de las águilas y que nunca conseguía averiguar de dónde sacaban. Tampoco comprendí por qué llevaban alimento a los nidos vacíos, pero afortunadamente, aquello me mantuvo vivo. En ni un solo momento el guardián se movió, pero tampoco hubo un solo momento en el que me dejara pasar.

Quiero que sepas, hijo mío, que en muchas ocasiones a lo largo de tu vida oirás historias. Historias que dirán que después de todas las penurias del largo viaje, llegar al Mausoleo de los Magnos será recompensado. Pero aquello sólo será la parte más sencilla del viaje. La verdadera prueba vendrá después. Son muchos los que han conseguido llegar a las puertas, pero aún no se conoce a nadie que haya logrado entrar. Mi último consejo en esta vida es que no pierdas el tiempo con cuentos y leyendas. La vida es esto que tienes, y nos guste o no, aquello sólo representa una ilusión inalzancable.

lunes, 19 de enero de 2015

Perdido

Me había perdido. Todo era demasiado oscuro. Tenía miedo. Quería volver  a casa con mamá y papá. Y era tarde. Tenía sueño. Quería dormir.

No entendía qué pasaba. ¿Qué era ese olor dulce y apestoso a la vez? Olía raro. Y había ruido. Mucho ruido. Salía de unos sitios con carteles brillantes a la puerta. Y la gente. No parecía la gente que veía cuando salía con mi papá y mi mamá. Aquella gente me daba miedo. No andaban recto. Casi todos los chicos estaban cerca de chicas. No me caían demasiado bien las chicas. Tenían piojos y hablaban de muñecas. Eran raras y aburridas. Pero parecía que a todos los chicos les caían bien esas chicas. No sabía qué pasaba.

De repente, alguien me empujó por la espalda. Me giré. Había un chico mayor que olía como los sitios esos con carteles brillantes. Me decía cosas que no entendía. Me pegó. Me hizo daño y me puse a llorar. Casi todas las personas que había cerca empezaron a reírse. Eso me hizo llorar más. Pero una chica se me acercó y me dijo que estuviese tranquilo. Me sacó de aquél lugar. Me llevó a un sitio con muchos policías y me dijo que esperase allí. Me dijo que era un crío perdido en un mundo de adultos. No entendía qué quería decir. Se fue y la seguí.

Cuando llegué a donde estaba, vi algo muy extraño. No sabía qué pasaba. Tenía a un chico encima. Le fui a preguntar, pero me vio, No recuerdo mucho de después. Cuando desperté, estaba en mi cama. No sabía qué había pasado. Había sido una noche muy mala. Quise llorar, pero me volví a dormir.

viernes, 9 de enero de 2015

Colin Frake

-¡Eh! ¡Venga! ¡Date prisa! ¡Dicen que Colin Frake ha venido a la ciudad!

-¿Quién?

-¿Cómo? ¿Nunca has oído hablar de Colin Frake? ¿El más famoso mercenario desde el mar septentrional hasta la tundra meridional? ¿El más mortífero bailarín del campo de batalla pese a su oronda panza? ¿La leyenda cuya única pasión superior a la cerveza es la gloria? ¡No puedo creerlo!

Por un momento, bajé la cabeza, avergonzado.

-Está bien. Te lo explicaré. Dicen que sus padres eran unos mercenario que trabajaban para uno de los muchos reyezuelos de los desiertos levantinos. En una batalla de importancia totalmente relevante, su madre embarazada fue obligada a ir al combate, y en medio de este, fue abierta en canal, pero pese a la muerte de su madre, Colin no sufrió daño alguno y comenzó a vivir. Su padre, iracundo, entró en una sed de sangre como la que nadie había visto antes. También murió, pero logró decantar la batalla a favor de su rey, quien, en un silencioso tributo, cuidó a Frake mejor que a sus propios hijos.

-¿Y por eso es tan famoso? Pues no me parece para tanto.

-¡Claro que no! Al poco de crecer, el rey le contó la verdad, la cual no impidió que lo criara distinto a como lo había hecho hasta el momento. Sin embargo, a los quince años, Colin Frake se fue a vivir aventuras. A los dieciséis, era conocido en toda la región. A los dieciocho, todo el mundo del país lo conocía por haber matado el dragón que asolaba las colinas de poniente. A los veinticinco, no conocía rival en el campo de batalla, y a los treinta, ejércitos enteros se retiraban del combate con solo saber que Frake se encontraba en el bando rival.

-Ciertamente, es increíble.

-Sí. Sin ninguna duda. Y la cosa no termina aquí... ¡Mira! ¡Ahí está!

Giré la cabeza en la dirección que señalaba y allí estaba. El hombre más alto, ancho, y gordo que en mi vida hubiera visto. Su piel lucía un gris ceniciento y y su cabeza rapada era la más fea que hubiera visto en mi vida. En lugar de músculos, sus brazos eran rechonchos y llenos de grasa. A excepción de la barriga de la que estaba avisado, no se parecía en nada a la imagen que había supuesto antes de verlo.

-No es como lo había imaginado.

-Eso es porque en una ocasión, una campaña le salió mal y sólo sobrevivió él. Se refugió en un cueva por la noche y recibió el ataque de un trol. Pese a la gran capacidad regenerativa de estos, lo mató y se lo comió a falta de provisiones. Dicen que aparte de ese aspecto, también adquirió el factor regenerativo de los trols.

-Increíble... Ojalá pudiera ser él.

-A todos nos gustaría ser él.

***

Colin Frake cerró la puerta de la taberna a sus espaldas y se tiró en la cama, abatido. Nunca le habían gustado los lujos.

De repente, llamaron a la puerta.

-Adelante.

Al otro lado se encontraba su fiel consejera y mejor amiga, Reanne. 

-Gracias por venir. Llevamos tiempo sin luchar y me empiezo a sentir inservible. Últimamente, ni siquiera la cerveza me llena. 

-No te preocupes Colin, sabes que siempre podrás confiar en mí. Ahora, descansa. Yo velaré por ti.

sábado, 3 de enero de 2015

Oscuridad al final del túnel

Llevaba ya casi medio mes continuando sin parar por aquel maldito túnel, pero ese era el día que tras levantar noté algo raro. Al principio, todavía con la consciencia adormecida, no me di cuenta. Pero conforme fue pasando el tiempo, cada vez me encontraba más despejado y lo comprendí. Me había perdido. La luz que había al final del túnel había desaparecido. Me froté los ojos, en vano, con la esperanza de que en realidad no hubiera despertado del todo aún, pero la oscuridad seguía allí. Me dejé caer sobre el frío suelo de piedra, abatido, sin ganas de nada que no fuera llorar.

Así pasé los días siguientes. Abatido y desolado, incapaz de saber qué hacer. En ocasiones no quería moverme de mi sitio, bien fuera por falta de fuerzas o por estar imitando a un recién nacido. En otros momentos, algo más optimista, intentaba buscar de nuevo el final, para comprender al cabo de un rato que, sin luz, aquello no tenía sentido.

Dos semanas más tarde, comencé a darme cuenta de algo. Mis ojos estaban adaptándose a la penumbra. Era incapaz de ver con la claridad que veía cuando tenía luz, pero apreciaba formas o distinguía los sitios en los que había paredes de los que no. Con renovado optimismo decidí buscar una última vez la luz, pero en cuanto me puse en pie y recogí mi bagaje, una última duda asoló mi interior: ¿tan mal había estado en la oscuridad?