Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

domingo, 14 de septiembre de 2014

El invento del siglo

Estaba a punto de terminarlo cuando llamaron a la puerta, haciéndome olvidar de por dónde me llegaba en buena parte. Llevaba casi una semana descansando lo mínimo, parando sólo para dormir y comer el tiempo estrictamente necesario. Los cuatro o cinco amigos que aún me quedaban después de que la gente empezara a considerarme un loco me habían insistido, preocupados, pero los ignoraba. Al fin y al cabo, ¿¡qué iban a saber ellos!?

Eran todos una panda de ineptos incompetentes, fracasados que habían tirado su vida por la borda y querían evitar que el resto triunfase para sentirse ligeramente mejor por no ser inferiores al resto. Una panda de egocéntricos aborrecibles, en el mejor de los casos, incapaces de comprender la genialidad de mí obra. ¿Acaso no fui yo quién inventó el motor de nitrógeno? ¿Quién permitió los circuitos electrónicos nanoscópicos? Y sin embargo, como todo en esta vida había sido aprovechado por terceros más astutos de cara al mercado, llevándose todos los méritos con artimañas amorales.

Molesto por la interrupción, me levanté para abrir la puerta y descubrir qué era eso tan importante que me había hecho retrasar la creación del invento del siglo, descubriendo que se trataba de un criajo que llevaba una caja en las manos.

-Disculpe, señor, ¿le gustaría comprar unos pasteles para mi excursión de fin de curso?

Pasteles. Hacía mucho que no comía pasteles. Casi ni recordaba el gusto del sabor dulce.

-No, gracias por venir -, e intenté cerrar la puerta, pero el niño puso el pie entre medias, impidiéndomelo.

-¡Pero señor! ¡Si no vendemos suficientes pasteles, nos quedaremos sin excursión!

-No es mi problema -, y cerré la puerta bruscamente.

***
No fui capaz de terminar mi obra maestra en el resto del día. Odiaba aquellas interrupciones. Siempre me hacían sentir mal, aunque no tenía sentido. Con el tiempo, las personas me habían estado resultando cada vez más indiferentes. Los diferentes abandonos me habían hecho volcarme cada vez más en las máquinas hasta que llegó un punto en el que yo mismo comencé a abondonar a quienes me rodeaban. La gente siempre me había parecido demasiado compleja, mientras que las máquinas, aunque complejas, tenían un comportamiento predecible. Una vez conoces una máquina, difícilmente te sorprenderá. Tratar con las máquinas es sencillo y nunca te hacen daño por si solas. En cierto modo, podríamos decir que las máquinas son más nobles que las perdonas, e incluso me atrevería a aseverar que las envidio por ello.

Las personas por contra, son demasiado complejas. Una persona puede decirte un día A, para cambiar de opinión a B el día posterior sin motivo aparente. Si haces C, decepcionas a una persona, y contentas a otra. Si haces D, alegras a la primera y enfadas a la segunda. Una máquina nunca se enfadara ni se alegrará contigo y siempre te dará el trato que esperas de ella. Nunca fui capaz de entender por qué tan pocas personas apreciaban a las máquinas como yo.

Al día siguiente, estando por fin más calmado, retomé mi trabajo. Aquella noche había tardado en conciliar el sueño, molesto por una nimiedad que ni debería haberme afectado. Quizá se debiera a que ese crío me recordase a mí antes de que la crueldad de las personas me obligase a replegarme con aquello en lo que posteriormente hallaría la perfección. En cualquier caso, el tema había quedado zanjado. Mi laboratorio me esperaba; el invento del siglo no iba a crearse solo.

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