Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

miércoles, 2 de abril de 2014

Sobre los trols

Existen muchas leyendas acerca de los trols. La mayoría no los favorecen. Los pintan como monstruos grotescos cuyo único fin es causar dolor, en muchas ocasiones, por la ausencia de capacidad cerebral para ello. Para los antiguos nórdicos, no había diferencia entre los trols y los gigantes, aunque según la fuente, poseían unos rasgos u otros. Aún en muchos países polares se narran cuentos donde los trols se convertían en piedra al recibir la luz del sol. Con las invasiones germánicas, muchos bárbaros del norte se expandieron por el resto de Europa, y las historias sobre los trols lo hicieron con ellos. Cierto que es no en la misma medida que los grimorios o los mitos sobre la brujería, pero todo el mundo supo de los trols en la Edad Media, aunque de manera mucho más difusa. Hay quienes los pintaban como seres similares a los humanos, pero mucho más grandes y deformes, que vivían bajo los puentes y devoraban a los viajeros. Otros los definían como monstruos cuadrúpedos cavernarios que se dedicaban a cazar el ganado de los pastores.

Lo más probable, sin embargo, es que todas estas leyendas sean falsas. No en su totalidad, pero quiero decir que probablemente los trols no sean los monstruos malvados que aparecen en cuentos infantiles para asustar a los más pequeños.

Hará cosa de un par de meses, según iba a un pueblo cercano en bicicleta para asistir a una anciana (para quién se lo pregunte, soy médico y no tengo coche), pasando por una antigua calzada romana, oí una especie de sonido estridente y triste que nunca antes había oído en un bosquecillo cercano. Miré mi reloj y decidí que podía tomarme el lujo de desviarme un cuarto de hora.

Al llegar y adentrarme un poco, contemplé a un hombre de unos tres metros de altura, con el cuerpo recubierto de pelos y una cara rugosa, de nariz achatado y ojos saltones. No parecía peligroso, pero cuando me acerqué un poco más, cambió su reacción, se volvió hacia mí con actitud violenta y comenzó a gruñir. Al instante, el miedo me paralizó, y aun no deseando más que correr, permanecí en mi sitio. El extraño, al no observar en mí una intención ofensiva, pareció darme su permiso para acercarme a él. Parecía tener una grave quemadura en la pierna derecha, y al acercarme, vi que detrás de él, parte del bosquecillo había sido quemado. Me llamó la atención no haber sabido nada de aquello antes por los periódicos o las noticias. Parecía triste.

La siguiente vez que miré el reloj, se me había hecho tarde, y tuve que salir a toda prisa, pero me juré volver allí.

Hoy es el primer día que he ido y él parecía no estar allí. A lo largo de los dos últimos meses he pasado por allí con cierta frecuencia. Con el tiempo, fui aprendiendo a interpretar sus gruñidos, y aunque éramos incapaces de comunicarnos, pues ni él tenía la capacidad cerebral como para entenderme, ni yo las cuerdas necesarias para imitarlo, me convertí en su confidente. Aprendí mucha cosa sobre ellos. Por ejemplo, que eran omnívoros, con una dieta fundamentalmente vegetariana centrada en las raíces, o que su hábitat preferido eran los bosques, pero preferiblemente, con cierto grado de humedad.

Fueron muchas las cosas que he aprendido últimamente de esta raza en los últimos meses. Entre ellas, su incomprensión a lo largo de la historia. La mayoría de los trols nunca ha buscado más que salir de la soledad, aunque su naturaleza siempre haya aparentado lo contrario.