Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

jueves, 1 de agosto de 2013

Hadas y magia

Aquel día comenzó como otro día cualquiera. Me levanté a las siete para vestirme y tener tiempo de tomar un buen desayuno antes de ir a trabajar. Allí, fiché, como todos los días, entré, y tras ocho interminables horas, salí a la hora de la comida, ansioso por volver con mi familia.

Recientemente, mi hijo no había tenido cuidado con el loctite, y la tapa se había quedado pegada a la boquilla. A aquella hora, la mayoría de las tiendas estaban cerradas, pero un viejo conocido mío no cerraba más que para dormir por las noches, y una pequeña pausa no superior a media hora para comer, de modo que me dirigí allí dando un pequeño rodeo.

Tras comprar, volví a casa, atravesando un parque en el camino. Lo lógico sería pensar que en pleno mediodía, no habría allí ni un alma, pero había un niño, con pinta de estar abandonado, llorando. Me acerqué a preguntarle que qué pasaba, por temor a que lo hubieran abandonado o algo. Cuando me vio, paró de llorar, se secó las lágrimas y me miró, pero no dijo nada.

-Oye niño, de verdad, ¿has perdido a tus padres? -le volví a preguntar.

Negó con la cabeza, pero siguió callado, a la par que mirándome fijamente.

-¿Te has hecho daño?

En esta ocasión, asintió. Yo me preocupé, pues no tenía ningún desinfectante a maño, aunque con suerte, sólo hubiera sido un golpe.

-¿Dónde? -pregunté preocupado.

El niño, señalo su corazón y, por primera vez, le oí hablar. No le echaba más de cinco años, pero su voz soñaba como si tuviera veinticinco.

-He perdido a mi hada, y creo que para siempre.

Nada más oírlo, a pesar de la sorpresa, no pude evitar contener la risa. Un niño, solo, probablemente abandonado, y sólo se preocupaba por algo que no existía.

-Pero chico, las hadas no existen.

El niño me miró, con cara aterrada, y me di cuenta de que quizá había hecho mal diciéndoselo.

-¡Claro que existen! ¿De dónde cree que viene la magia si no?

Por un momento, no supe que decir, pero él se me adelantó.

-Ya entiendo, no me cree, ¿verdad? No sabe cuánta pena me da usted. Pero no se preocupe. Iré a buscar otra y le demostraré que existen.

Y acto seguido, se levantó y salió corriendo. Le hubiera seguido, pero supuse que alguna otra persona le encontraría, y yo estaba cansado y deseoso de volver a casa.

Aquella noche la pasé entera en vela, preguntándome una y otra vez a qué se había referido el muchacho. A día de hoy, sigo sin saberlo.

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