Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

domingo, 26 de mayo de 2013

Las luces de la ciudad

Abrí los ojos por cuarta o quinta vez, sólo para cambiar los párpados delante de mis ojos por las manos. Lucecitas de colores brillaban por todas partes. Aquel bar con su cartel de neón sólo era sustituido por aquel otro letrero fosforescente del club nocturno, el cual a su vez se reemplazaba en menos de un abrir y cerrar de ojos por el brillo amarillento del portón para entrar en la discoteca. A pesar de ser de noche, la ciudad estaba más iluminada que el día.

Me sentía perdido. Completamente perdido. No tenía del todo claro dónde estaba. Creía estar en mi cuidad, mi humilde y pequeña ciudad, donde siempre había vivido y donde nunca hubiera podido creer que llegasen las utopías dibujadas con colorines. Pero allí estaba, en Nueva York, en Las Vegas, en Los Ángeles... en la ciudad del vicio. Donde siempre había vivido sin saberlo.

Deambulaba sin un rumbo fijo, errando, sin saber muy bien por dónde había entrado y mucho menos por dónde podía salir. Allá donde mirase, mis ojos percibían grupos de mis congéneres reunidos en enormes grupos, cantando a la par que caminaban en curvas, aparentando estar más perdidos que yo, o aglomerándose en masas frente a las puertas de aquellos locales que prometían edenes de alegrías. Sin embargo, yo tan sólo veía monstruos. Tanto mi mente como yo nos negábamos en rotundo a creer que éramos como ellos. Y sin embargo, había algo que nos tentaba, que nos decía que éramos como ellos, y que con ellos teníamos que estar para estar completos. El ser humano es un ser social por naturaleza.

Y sí, me quería reunir con ellos. Quería acercarme, quería charlar, quería reír y quería disfrutar como ellos lo hacían. En el fondo, tan sólo quería ser una oveja más, inconsciente de lo que hacía y habitar en un rebaño que me prometía felicidad.

Pero si tan fácil era, ¿por qué no lo hacía?

Porque estaba ciego. No ciego de rabia, ira, o sed de venganza, como suele estar la gente cuando algo la ciega. Estaba ciego de verdad. Tan sólo había sido capaz de echar cuatro o cinco vistazos entre cerrada de ojos y tapada de manos. Las luces eran demasiado fuertes para mí, un pobre lobo perdido en una ciudad de ovejas más fuertes que yo, y de las que únicamente mi disfraz me salvaba. Pero esta ceguera, en el fondo, no era más que una manifestación de miedo. Los carteles me aterraban, porque toda su iluminación parecía decir: "Únete a nosotros. Deja de ser tú mismo."

Por fin, uno de los múltiples rebaños se me acercó, invitándome a unirme a ellos. Aunque mi interior dijo sí, al final, fue mi miedo al brillo el que respondió:

-No.

El rebaño hizo caso omiso y siguió insistiendo. Invitándome a ir con ellos, como si en el fondo me conocieran, como si supieran que lo que de verdad anhelaba era estar con ellos, pero el miedo siguió atenazándome.

Al final, uno de los otros me agarró para que fuera con ellos. Pero lo único que se llevó fue la piel de oveja, dejando el lobo al descubierto. Ellos no parecieron siquiera inmutarse, pero yo, aterrado por lo que pudiera pasar, salí huyendo, tan rápido como pude, en la dirección que más me alejara de aquellos que no respetaban mi integridad, consiguiendo únicamente perderme más en la ciudad, mientras sus luces me cegaban más y más cada día que pasaba.

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