Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

domingo, 24 de febrero de 2013

Sin rostro ni nombre

Aquel era un día normal como podría serlo cualquier otro. El agricultor de aquellas tierras se había levantado temprano y había ido al campo con todos sus hijos en edad de faenar para empezar a trabajar cuanto antes. En época de siembra, cada segundo era oro. Por otro lado, la guerra estaba causando cada vez mayores estragos en la producción de alimentos, y siendo como era aquella una granja alejada de los frentes, no podía derramar ni un segundo.

Vivían en una casa sencilla, pero típica en una familia de agricultores: Una finca con sus buenas ciento cincuenta hectáreas, la cuál se podía mantener gracias a la extensión del imperio al que pertenecían y a la distancia de los frentes en la que la casa se hallaba. La casa tenía un establo para los dos bueyes y el viejo caballo que tiraban del arado. Una planta baja donde vivían la rutina diaria, y un segundo piso con los dormitorios. En aquella ocasión, se dirigían a la parcela en la que cultivaban el trigo, pero se encontraron con un bulto de un color oscuro en medio de la superficie. Se acercaron lenta y temerosamente, hasta que el hijo menor gritó: "Es una persona" y corrió sin dudar hacia él. El mayor de sus hermanos y su padre, más sensatos, trataron de pararlo, pensando que podría ser una trampa, pero para cuando quisieron darse cuenta, ya tenían al resto de la familia al lado del cuerpo.

A pesar de no ser lo más frecuente por esas fechas, aquella era una mañana calurosa, y el hombre estaba cubierto con una enorme capa rodeándolo y una capucha sobre él. El rostro iba cubierto por un pañuelo y la ropa tendría un grosor no menor de un centímetro. Todo negro. El hombre debía de estar inconsciente por el calor probablemente. El padre, que en el fondo era un buen hombre, supo rápidamente cómo actuar.

-Kren, Vies, llevad a este hombre a casa y decidle a vuestra madre que lo cuide hasta que volvamos a casa.

Los muchachos, efusivos como ellos solos, obedecieron sin perder un segundo. Cargaron al tipo a hombros y se dirigieron a casa. Al girar la capa mientras un hermano cogía antes que el otro al desconocido, su padre pudo comprobar que había algunas manchas de un carmesí oscuro en los ropajes de su espalda.

***

Aquella habitación no era lo que podía llamarse precisamente una habitación espaciosa. Tenía un par de armarios empotrados, la cama en la que estaba tumbado, y a su lado, una silla con una chica de unos veinte años sentada. No era una chica desagradable, al menos visualmente hablando, aunque en cualquier caso, llevaba la mayor parte del cuerpo cubierto. Nada más se dio cuenta de que el nuevo invitado estaba despierto, se levantó, se dirigió a la puerta y gritó: "Madre, está despierto"

Al cuarto de hora, la madre y sus dos hijas estaban allí, acosándolo con todo tipo de preguntas. El hombre comenzó respondiendo a algunas, pero al rato notó cómo comenzaba a marearse y pidió a las mujeres que le dejasen relajarse. Según estaban saliendo sus acompañantes, le sonaron las tripas.

-Cenaremos en breves. Baja cuando quieras -dijo la madre según salía.

El desconocido fue a responder, pero tenía la garganta seca, y se tuvo que limitar a asentir como gesto de agradecimiento.

Más tarde, mientras cenaban, estando toda la familia reunida y habiendo podido beber ya el extranjero, comenzaron a hablar.

Al principio este no dijo nada, pero según avanzaba la conversación fueron llegando al tema de cada noche.

-Vamos a tener que trabajar más. Dos días después de que llegara, nos volvió a llegar un emisario campestre. Han vuelto a subir los impuestos. La guerra parece estar siendo más dura de lo que esperaban -comentó el padre.

Aunque nadie mencionó su nombre con la intención de que no se diera por aludido, él fue el primero en saber de quién hablaban. No hizo ningún gesto, pero empezó a hablar. Fue una voz extraña. Firme y convencida, con un tono que le hacía parecer saber muy bien de qué hablaba, era el tipo de voz que nadie desea oír a la par que mataría por no dejar de escucharla. Una voz a la que cualquiera seguiría sin dudar el menor segundo aunque supiera que le estaba dirigiendo hacia un suicidio.

***

Habían pasado tres semanas desde la última subida de impuestos. Durante la primera semana tras aquella subida, la familia había tenido alojado a un desconocido.

Aunque el huésped sólo estuvo la mitad de su estancia consciente, pasaron largos ratos hablando. Les inculcó ideas de revolución, de lucha y de rebelión. Les hizo ver que el gobierno no siempre obraba por el bien de todos. Les llegó casi a ponerles en contra del imperio. Y un día, de repente, desapareció.

Con la subida de impuestos, la familia por primera vez fue consciente de que era injusto e intentaron quejarse, pero... ¿por qué?

Los hijos más jóvenes tenían recuerdos difusos, opuestos a las ideas serviles de sus padres. Ideas inculcadas por alguien, pero unas ideas también difusas. Y es que quien les habló de esas ideas, aunque pareció marcar sus vidas, ahora no era más que un recuerdo, una triste sombra del pasado sin rostro ni nombre.