Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

jueves, 31 de enero de 2013

Algo más que un juego de ajedrez.


Para bien o para mal, nunca había estado en el centro. El único sitio donde cabía la posibilidad de encontrarle era un pequeño extremo aislado de la ciudad  del cual los poderosos sólo se acordaban cuando les interesaba, pero generalmente, ni aun así. Y a pesar de todo, la mayoría eran demasiado orgullosos como para depender de la ayuda de un peón, la pieza más endeble, absurda e insignificante de aquel juego de poderes, a pesar de que cuando varios de ellos trabajaban de la manera adecuada y en equipo formaban una reducida banda extremadamente difícil de vencer.

En cierto modo, sobreponiéndose al enojo y el enfado porque el orgullo de los poderosos que hacía que únicamente se acordaran de los suyos cuando nadie más les servía, había que reconocer que le reconfortaba que el rey estuviera cerca. Era cierto que en un ataque perfecto él perdería la vida por estar en el camino entre el rey y su asesino, pero éste también le otorgaba cierta protección: pocos atacantes le molestarían sin un buen plan. Desgraciadamente, si se daba el caso, de poco serviría cualquier protección. Además, estaba la protección añadida del guardaespaldas del gobernante, uno de aquellos hombres que, más que personas, parecían torres. Éstos eran auténticos mastodontes salidos de los suburbios, mastodontes de los que, de vez en cuando, uno tenía la suerte o la desgracia de salir de allí para proteger a su superior.

Era una de las cosas que menos le gustaban a nuestro peón. Él estaba en contra de la existencia de reyes, o de sus damas, o de cualquier otro que por el mero hecho de ser quienes eran tenían todos los privilegios de los que gozaban. No veía justicia alguna en ello, menos aún cuando otras personas, en su mayoría simples peones como él, o camellos cuya única manera de vivir de una forma mínimamente decente era recurrir a la caballería, compensando así el egoísmo de los “importantes”. Tan solo eran carne de cañón, meros subordinados sacrificables que los poderosos no dudarían en mandar a una muerte segura si con ello lograban una ventaja táctica en la guerra contra sus oponentes de aquel juego, aquel juego duro y cruel para poderosos donde rara vez había un resultado que no fuera ganar o morir. Algunos decían que se llamaba “Ajedrez”. Él no lo sabía, pero tampoco le importaba. Si por él hubiera sido, el juego se habría llamado “Vida”, y ya había perdido algunos amigos en el camino, mulas de carga que trataban de llegar al final para sacarse una carrera y poder ser algo más que simples marionetas.

Otra de las cosas que odiaba era que todos tuviesen que arriesgar su vida para salvar al rey, porque a pesar del odio que recibía de la mayoría de sus súbditos, al menos les conocía y estaban acostumbrados a él, pero si perdían, todo cambiaría. La mayoría habrían muerto, y los supervivientes irían todos a la cárcel, si no a un sitio peor.

Y así, el juego entre poderosos había ido pasando. El peón había perdido a algunos de sus conocidos al poco de empezar. Había sido todo demasiado rápido, pero podría decirse también que brutal e incluso se podría decir que sangriento. Con hacer pocos movimientos, ya habían caído cuatro proletarios –dos de cada bando- de esos que sólo los suyos recuerdan como merecen. Y lo peor era que habían muerto para que un poderoso engreído y minusválido, así como manipulador pudiera someter otra ciudad más bajo su yugo. Afortunadamente para aquel peón de un barrio marginal, aunque odiase tener que reconocerlo, el rey que les llevaba era un magnífico estratega que sabía mucho, demasiado quizá, sobre su campo. Era improbable que perdiesen. Aunque esto era lo que menos le preocupaba. La verdadera pregunta era: “Si ganaban… ¿cuál sería el precio de aquella victoria?”

El juego había transcurrido rápido, cayendo súbdito tras súbdito. Ahora, no quedaban más que los dos reyes y el proletario sobre el escenario. Tras unos últimos momentos que por culpa de la tensión parecieron siglos, el peón consiguió llegar al final. Allí sabía más o menos lo que tenía que hacer, y cuando llegó, no necesitó mucho más tiempo que el que empleó su rival en comprobar cómo había quedado todo. En el final no hubo compasión alguna. Forjando alianza, el antiguo peón, que ahora era otro poderoso, gracias a todos los sacrificios que había realizado, y su rey, dieron el golpe de gracia.

Por fin, todo había acabado. El otro rey había fracasado y el que gobernaba sobre aquel chico de barrio había ganado. Pero no había sido solo su victoria. El peón, un nuevo poderoso también había ganado, había conseguido salir de aquel sórdido ambiente que lo envolvía, lo atrapaba y lo asfixiaba impidiéndolo crecer. Pero ya le daba igual, no sólo por todos aquellos a quienes había visto caer en su camino, fueran o no seres queridos, sino también porque se había acabado el juego y ya nada servía. Tocaba despedirse del ajedrez. Le parecía justo si se tenía en cuenta que ya le había tocado despedirse de la vida que quería.