Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

domingo, 10 de noviembre de 2013

Bienvenidos a mi morada

Abrí los ojos, como si acabase de despertar de un sueño. No tenía muy claro lo que había pasado: mis recuerdos estaban difusos y todo parecía muy lejano. ¿Estaba muerto? No estaba seguro. ¿Estaba vivo? La palabra vida sonaba ya como algo demasiado distante para mí.

Miré a mi alrededor. Miles de seres grisáceos semitranslúcidos y de pose curvada me rodeaban, dirigiéndose todos a una especie de pináculo lejano en el horizonte. Poco después, desvié mi vista hacia mi mismo para comprobar que eran mis iguales, pero lejos de sorprenderme, me pareció poco más que una obviedad.

Todos y cada uno de nosotros seguíamos una marcha lenta, pero inexorable. Quizá, porque aunque a todos nos fascinaba aquella construcción -tal vez natural, tal vez artificial-, en el fondo, ninguno quería realmente ir. Aunque al fin y al cabo, ¿quién sabía si allí no nos esperaba nada más que algo mejor para nosotros?

El camino no tenía demasiados obstáculos, salvo el propio suelo. No había un camino definido como tal, sino tan solo una gigantesca explanada enlodazada llena de algo similar a huellas, aunque más que pisadas denotaban una especie de rastro uniforme, como quien es incapaz de levantarse del suelo. No estaba seguro, y algo -quizá el miedo, quizá la pena- me impedía volver la vista atrás, pero apostaría porque nosotros dejábamos el mismo sendero que seguíamos para aquellos que más tarde o más temprano recorrieran la misma ruta.

Durante la larga marcha, fueron muchas las preguntas que llegaron a mi cabeza. Todos los que estábamos aquí parecíamos figuras derrotadas en una vida diferente a esta, ¿seríamos quizá aquellos cuyos triunfos no habían existido más que en nuestros anhelos? ¿O tal vez los fantasmas de una sociedad marchita, que repudiándola habían acabado aún más marchitos que aquello a lo que siempre se habían opuesto? ¿De qué vale el esfuerzo, si el triunfo lo determina la suerte? Algo en mi interior me decía que al final, tenían razón: un solo hombre es incapaz de detener el flujo de las mareas.

Poco a foco, fuimos acortando el terreno, y aquella estructura que previamente había pertenecido a un horizonte lejano se erguía ante mis ojos como la más hermosa a la par que triste construcción que nunca había conocido. Inmediatamente delante de nosotros, se abría una puerta de estilo arquitectónico desconocido. En medio de esta, una figura alta y erguida, de porte noble y orgullosa con una sombra de tristeza en la mirada nos contemplaba.

-Bienvenidos a mi morada, el palacio de los sueños rotos. Aquí, queridos desgraciados míos, tendréis una nueva oportunidad para lograr por fin todo aquello que siempre quisisteis y nunca conseguisteis.

Inmediatamente, sin saber por qué, no pude evitar sentirme mejor.

jueves, 1 de agosto de 2013

Hadas y magia

Aquel día comenzó como otro día cualquiera. Me levanté a las siete para vestirme y tener tiempo de tomar un buen desayuno antes de ir a trabajar. Allí, fiché, como todos los días, entré, y tras ocho interminables horas, salí a la hora de la comida, ansioso por volver con mi familia.

Recientemente, mi hijo no había tenido cuidado con el loctite, y la tapa se había quedado pegada a la boquilla. A aquella hora, la mayoría de las tiendas estaban cerradas, pero un viejo conocido mío no cerraba más que para dormir por las noches, y una pequeña pausa no superior a media hora para comer, de modo que me dirigí allí dando un pequeño rodeo.

Tras comprar, volví a casa, atravesando un parque en el camino. Lo lógico sería pensar que en pleno mediodía, no habría allí ni un alma, pero había un niño, con pinta de estar abandonado, llorando. Me acerqué a preguntarle que qué pasaba, por temor a que lo hubieran abandonado o algo. Cuando me vio, paró de llorar, se secó las lágrimas y me miró, pero no dijo nada.

-Oye niño, de verdad, ¿has perdido a tus padres? -le volví a preguntar.

Negó con la cabeza, pero siguió callado, a la par que mirándome fijamente.

-¿Te has hecho daño?

En esta ocasión, asintió. Yo me preocupé, pues no tenía ningún desinfectante a maño, aunque con suerte, sólo hubiera sido un golpe.

-¿Dónde? -pregunté preocupado.

El niño, señalo su corazón y, por primera vez, le oí hablar. No le echaba más de cinco años, pero su voz soñaba como si tuviera veinticinco.

-He perdido a mi hada, y creo que para siempre.

Nada más oírlo, a pesar de la sorpresa, no pude evitar contener la risa. Un niño, solo, probablemente abandonado, y sólo se preocupaba por algo que no existía.

-Pero chico, las hadas no existen.

El niño me miró, con cara aterrada, y me di cuenta de que quizá había hecho mal diciéndoselo.

-¡Claro que existen! ¿De dónde cree que viene la magia si no?

Por un momento, no supe que decir, pero él se me adelantó.

-Ya entiendo, no me cree, ¿verdad? No sabe cuánta pena me da usted. Pero no se preocupe. Iré a buscar otra y le demostraré que existen.

Y acto seguido, se levantó y salió corriendo. Le hubiera seguido, pero supuse que alguna otra persona le encontraría, y yo estaba cansado y deseoso de volver a casa.

Aquella noche la pasé entera en vela, preguntándome una y otra vez a qué se había referido el muchacho. A día de hoy, sigo sin saberlo.

domingo, 2 de junio de 2013

Rey en el palacio de la soledad

El cielo comenzaba a tornarse escarlata con anaranjadas nubes tiñéndolo de diferentes matices variando del más cálido naranja ígneo al más tétrico rojo carmesí. En el horizonte, nacía un camino, el cual bifurcaba los morados campos de césped de los cuales los pastores retiraban a sus ovejas una noche más. El camino conducía a un foso en el cual el agua se había secado tiempo atrás y cuyo puente llevaba años sin arriarse; en parte por la falta de necesidad, en parte por el óxido de las cadenas. Al otro lado del puente, un gran patio de armas estaba introducido en un gigantesco castillo con aires a palacio. En una pared del edificio, se percibe un sencillo pero deslumbrante balcón que asoma al camino de dirección al castillo.

Todas las tardes a la misma hora, un hombre se asomaba al balcón. Él era un príncipe, un rey, pero no uno cualquiera: era el príncipe del castillo en la calma, el rey en el palacio de la soledad. Su reino alcanzaba desde las solitarias Colinas Olvidadas hasta el tranquilo Río del Retiro. Sus únicos amigos eran el viento y los pájaros: sus únicos siervos, las piedras y los libros. Pero aquel atardecer en concreto estaba confuso. Algo había irrumpido en su relajada de tranquilidad y soledad, algo como un huracán que había descolocado su vida.

Un par de pájaros, de esos que le visitaban cada tarde se posaron a su izquierda y su derecha antes de volver a sus nidos por el anochecer. El rey tenía las manos apoyadas sobre el balcón y su cuerpo apoyado sobre las manos. Los ojos cerrados, una imagen turbadora en su mente. Agitaba la cabeza, pero ahí seguía. Su presencia en su vida cada vez era mayor, porque Ella estaba cambiando su vida.

Hasta aquel entonces, la vida del rey en su palacio siempre había sido sosegada, y el señor había sido feliz así. Nunca había conocido el afecto hacia las personas y nunca lo había añorado, pero cuando Ella entró en escena, todo cambió. De repente, comenzó a levantarse al despuntar el sol y no se dormía hasta que el último búho con noticias sobre Ella venía a mitad de noche cerrada. Los manjares comenzaban a saberle insípidos en la boca, y las riquezas con las que un campesino viviría mejor que de lujo, cada vez le llenaban menos.

Pero una noche, las lechuzas se perdieron. El rey esperaba con ansiedad, pero sólo en viento acudía en su compañía. Aquella noche, no durmió. A la mañana siguiente, estaba atemorizado, pero supuso que no sería más que un problema con el transporte. Y sin embargo, el suceso se repitió. Y así durante otras dos noches antes de que un mensajero llegara a su puerta.

Aquellas palabras afectaron terriblemente al monarca. Le dijo que se olvidara de ella, que pertenecían a mundos diferentes a pesar de sus similitudes. El soberano maldijo su destino. En el fondo, siempre supo que aquello era cierto, pero no por ello quiso aceptarlo. Se encerró en si mismo más de lo que antes lo estuvo y nadie nunca lo volvió a ver asomado siquiera.

***

Pasado el tiempo y enfriados los sentimientos, el rey retomó más o menos su antigua rutina. Muy circunstancialmente, se le comenzó a ver, pero continuó encerrado en un castillo, señalado con un letrero ahora a la puerta:

Bienvenidos al palacio de la soledad,
morada del soberano del anhelo.

domingo, 26 de mayo de 2013

Las luces de la ciudad

Abrí los ojos por cuarta o quinta vez, sólo para cambiar los párpados delante de mis ojos por las manos. Lucecitas de colores brillaban por todas partes. Aquel bar con su cartel de neón sólo era sustituido por aquel otro letrero fosforescente del club nocturno, el cual a su vez se reemplazaba en menos de un abrir y cerrar de ojos por el brillo amarillento del portón para entrar en la discoteca. A pesar de ser de noche, la ciudad estaba más iluminada que el día.

Me sentía perdido. Completamente perdido. No tenía del todo claro dónde estaba. Creía estar en mi cuidad, mi humilde y pequeña ciudad, donde siempre había vivido y donde nunca hubiera podido creer que llegasen las utopías dibujadas con colorines. Pero allí estaba, en Nueva York, en Las Vegas, en Los Ángeles... en la ciudad del vicio. Donde siempre había vivido sin saberlo.

Deambulaba sin un rumbo fijo, errando, sin saber muy bien por dónde había entrado y mucho menos por dónde podía salir. Allá donde mirase, mis ojos percibían grupos de mis congéneres reunidos en enormes grupos, cantando a la par que caminaban en curvas, aparentando estar más perdidos que yo, o aglomerándose en masas frente a las puertas de aquellos locales que prometían edenes de alegrías. Sin embargo, yo tan sólo veía monstruos. Tanto mi mente como yo nos negábamos en rotundo a creer que éramos como ellos. Y sin embargo, había algo que nos tentaba, que nos decía que éramos como ellos, y que con ellos teníamos que estar para estar completos. El ser humano es un ser social por naturaleza.

Y sí, me quería reunir con ellos. Quería acercarme, quería charlar, quería reír y quería disfrutar como ellos lo hacían. En el fondo, tan sólo quería ser una oveja más, inconsciente de lo que hacía y habitar en un rebaño que me prometía felicidad.

Pero si tan fácil era, ¿por qué no lo hacía?

Porque estaba ciego. No ciego de rabia, ira, o sed de venganza, como suele estar la gente cuando algo la ciega. Estaba ciego de verdad. Tan sólo había sido capaz de echar cuatro o cinco vistazos entre cerrada de ojos y tapada de manos. Las luces eran demasiado fuertes para mí, un pobre lobo perdido en una ciudad de ovejas más fuertes que yo, y de las que únicamente mi disfraz me salvaba. Pero esta ceguera, en el fondo, no era más que una manifestación de miedo. Los carteles me aterraban, porque toda su iluminación parecía decir: "Únete a nosotros. Deja de ser tú mismo."

Por fin, uno de los múltiples rebaños se me acercó, invitándome a unirme a ellos. Aunque mi interior dijo sí, al final, fue mi miedo al brillo el que respondió:

-No.

El rebaño hizo caso omiso y siguió insistiendo. Invitándome a ir con ellos, como si en el fondo me conocieran, como si supieran que lo que de verdad anhelaba era estar con ellos, pero el miedo siguió atenazándome.

Al final, uno de los otros me agarró para que fuera con ellos. Pero lo único que se llevó fue la piel de oveja, dejando el lobo al descubierto. Ellos no parecieron siquiera inmutarse, pero yo, aterrado por lo que pudiera pasar, salí huyendo, tan rápido como pude, en la dirección que más me alejara de aquellos que no respetaban mi integridad, consiguiendo únicamente perderme más en la ciudad, mientras sus luces me cegaban más y más cada día que pasaba.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Pesadillas

Era una noche tranquila y apacible, algo infrecuente en la ciudad. Con todo, se trataba de un barrio marginal. Los monstruos de la ciudad, cuya vida era nocturna, frecuentaban concentrarse en el centro, atraídos por las llamadas de sus congéneres, dejando los suburbios tranquilos y calmados por las noches.

Superada la hora bruja, un muchacho se revuelve entre las sábanas de su lecho. Su sueño, azotado por las pesadillas, le da a conocer sus más profundos temores y miedos. Sombras, espectros con los que nunca contó, pero que le hacer retorcerse. Porque lo más aterrador de estos fantasmas no son sus efectos secundarios, sino su propia existencia.

Los puros nunca han existido. Todos los hombres son monstruos enemigos de la humanidad cuyo único señor es el egotismo. Algunos creen ser buenos. Viven por y para los demás, pero nadie escapa a la sombra de su pasado. Todos han hecho daño, todos han disfrutado provocando sufrimiento y todos han acabado cediendo a deseos de los que se acabaron arrepintiendo sin cesar.

Cuando la angustia es demasiado para la cordura del chico, justo en el momento anterior de perder el juicio, comprende que está soñando y despierta para ahorrarse el dolor. Acaba de enfrentarse a una de las mayores torturas a las que puede ser sometido el ser humano: conocerse a uno mismo.

En este mismo instante, cualquier daño que reciba, terminará de mellar su sesera y lo hará caer en el abismo de la cordura.

Sin más dilación, se dirige a su mesa, a por su única medicina para lo sucedido. Con todas sus fuerzas, agarra el primer bolígrafo que encuentra y pone frente a él el primer papel que encuentra.

"Era una noche tranquila y apacible..."

domingo, 7 de abril de 2013

Su ciudad le da la bienvenida

Otro día más en la ciudad. Como siempre, todo permanece igual. Los edificios se mantienen en su sitio, los coches circulan, los perros callejeros deambulan sin rumbo y las alimañas que no duermen se reproducen.

Como cualquier día, este termina, y con su fin, la noche comienza. Es la hora de que nazcan los horrores. De las esquinas empiezan a aparecer monstruos sedientos de carne. En los agujeros de los edificios comienza a supurar líquido anestesiante. Las lucecitas de colorines se van encendiendo lentamente y las sirenas empiezan a cantar. Incluso los cuervos vuelan hacia lo más alto, tratando de escapar a los temores que se avecinan. El hábitat perfecto para los humanos.

En esta ciudad existe también algún que otro ratón callejero demasiado pequeño para hacer frente a todos estos espectros, fantasmas y pesadillas; aunque, normalmente, estos tienen sus propios agujeros, escondites inalcanzables para el resto. Y a pesar de ello, existen ratones valientes, con el coraje suficiente para aventurarse en medio de la oscuridad en pequeñas incursiones, las cuales siempre son en grupo, pues la unión hace la fuerza.

Los parques, convertidos en vertederos, lloran por las rosas que intentan crecer en vano, mientras frascos patógenos les cortan el aire, asfixiando las ilusiones y matando a los sueños. Y mientras tanto, los vectores de tantas enfermedades se embriagan con su pseudofelicidad, inconscientes de que hacen siguiendo los designios de contra quienes creen luchar.

Los circos siempre están abiertos. El edén no siempre está al gusto de todos, pero los comediantes siempre estarán dispuestos a crear hombres que ríen, pues en ello trabajan. Las penas pasarán a ser recuerdos en blanco y negro y los colores de la tristeza terminarán desvanecidos.

Poco antes de llegar a la ciudad, un cartel acompañado de un espantapájaros ilumina a cada nuevo visitante. "Usted se encuentra a dos pasos del infierno". Nadie duda si entrar. Quien entra, nunca vuelve a salir, y aunque existen rumores de que todos quieren salir, nadie lo hace, porque todos pueden hacerlo, pero como no están obligados, ya lo harán.

domingo, 3 de marzo de 2013

La utopía del mañana

Bienvenidos a Idilia, la utopía del mañana, ahora. Al llegar a la isla podrán dejar su anterior vida en el exterior. Aquí ustedes no tendrán más que tomar otra preocupación fuera de relajarse y descansar. Pero claro: este descanso alguien tiene que asegurarlo, así que todos trabajaremos por la tranquilidad común. Sin embargo, no se preocupen; será un descanso generalizado, sin nadie siendo más que nadie. Todos haremos y descansaremos lo mismo. Los enchufes aquí no existen, ni nadie es más que nadie.

Este cartel ha sido escrito por el hijo del Vicepresidente,
Teodorio Smark

domingo, 24 de febrero de 2013

Sin rostro ni nombre

Aquel era un día normal como podría serlo cualquier otro. El agricultor de aquellas tierras se había levantado temprano y había ido al campo con todos sus hijos en edad de faenar para empezar a trabajar cuanto antes. En época de siembra, cada segundo era oro. Por otro lado, la guerra estaba causando cada vez mayores estragos en la producción de alimentos, y siendo como era aquella una granja alejada de los frentes, no podía derramar ni un segundo.

Vivían en una casa sencilla, pero típica en una familia de agricultores: Una finca con sus buenas ciento cincuenta hectáreas, la cuál se podía mantener gracias a la extensión del imperio al que pertenecían y a la distancia de los frentes en la que la casa se hallaba. La casa tenía un establo para los dos bueyes y el viejo caballo que tiraban del arado. Una planta baja donde vivían la rutina diaria, y un segundo piso con los dormitorios. En aquella ocasión, se dirigían a la parcela en la que cultivaban el trigo, pero se encontraron con un bulto de un color oscuro en medio de la superficie. Se acercaron lenta y temerosamente, hasta que el hijo menor gritó: "Es una persona" y corrió sin dudar hacia él. El mayor de sus hermanos y su padre, más sensatos, trataron de pararlo, pensando que podría ser una trampa, pero para cuando quisieron darse cuenta, ya tenían al resto de la familia al lado del cuerpo.

A pesar de no ser lo más frecuente por esas fechas, aquella era una mañana calurosa, y el hombre estaba cubierto con una enorme capa rodeándolo y una capucha sobre él. El rostro iba cubierto por un pañuelo y la ropa tendría un grosor no menor de un centímetro. Todo negro. El hombre debía de estar inconsciente por el calor probablemente. El padre, que en el fondo era un buen hombre, supo rápidamente cómo actuar.

-Kren, Vies, llevad a este hombre a casa y decidle a vuestra madre que lo cuide hasta que volvamos a casa.

Los muchachos, efusivos como ellos solos, obedecieron sin perder un segundo. Cargaron al tipo a hombros y se dirigieron a casa. Al girar la capa mientras un hermano cogía antes que el otro al desconocido, su padre pudo comprobar que había algunas manchas de un carmesí oscuro en los ropajes de su espalda.

***

Aquella habitación no era lo que podía llamarse precisamente una habitación espaciosa. Tenía un par de armarios empotrados, la cama en la que estaba tumbado, y a su lado, una silla con una chica de unos veinte años sentada. No era una chica desagradable, al menos visualmente hablando, aunque en cualquier caso, llevaba la mayor parte del cuerpo cubierto. Nada más se dio cuenta de que el nuevo invitado estaba despierto, se levantó, se dirigió a la puerta y gritó: "Madre, está despierto"

Al cuarto de hora, la madre y sus dos hijas estaban allí, acosándolo con todo tipo de preguntas. El hombre comenzó respondiendo a algunas, pero al rato notó cómo comenzaba a marearse y pidió a las mujeres que le dejasen relajarse. Según estaban saliendo sus acompañantes, le sonaron las tripas.

-Cenaremos en breves. Baja cuando quieras -dijo la madre según salía.

El desconocido fue a responder, pero tenía la garganta seca, y se tuvo que limitar a asentir como gesto de agradecimiento.

Más tarde, mientras cenaban, estando toda la familia reunida y habiendo podido beber ya el extranjero, comenzaron a hablar.

Al principio este no dijo nada, pero según avanzaba la conversación fueron llegando al tema de cada noche.

-Vamos a tener que trabajar más. Dos días después de que llegara, nos volvió a llegar un emisario campestre. Han vuelto a subir los impuestos. La guerra parece estar siendo más dura de lo que esperaban -comentó el padre.

Aunque nadie mencionó su nombre con la intención de que no se diera por aludido, él fue el primero en saber de quién hablaban. No hizo ningún gesto, pero empezó a hablar. Fue una voz extraña. Firme y convencida, con un tono que le hacía parecer saber muy bien de qué hablaba, era el tipo de voz que nadie desea oír a la par que mataría por no dejar de escucharla. Una voz a la que cualquiera seguiría sin dudar el menor segundo aunque supiera que le estaba dirigiendo hacia un suicidio.

***

Habían pasado tres semanas desde la última subida de impuestos. Durante la primera semana tras aquella subida, la familia había tenido alojado a un desconocido.

Aunque el huésped sólo estuvo la mitad de su estancia consciente, pasaron largos ratos hablando. Les inculcó ideas de revolución, de lucha y de rebelión. Les hizo ver que el gobierno no siempre obraba por el bien de todos. Les llegó casi a ponerles en contra del imperio. Y un día, de repente, desapareció.

Con la subida de impuestos, la familia por primera vez fue consciente de que era injusto e intentaron quejarse, pero... ¿por qué?

Los hijos más jóvenes tenían recuerdos difusos, opuestos a las ideas serviles de sus padres. Ideas inculcadas por alguien, pero unas ideas también difusas. Y es que quien les habló de esas ideas, aunque pareció marcar sus vidas, ahora no era más que un recuerdo, una triste sombra del pasado sin rostro ni nombre.

jueves, 31 de enero de 2013

Algo más que un juego de ajedrez.


Para bien o para mal, nunca había estado en el centro. El único sitio donde cabía la posibilidad de encontrarle era un pequeño extremo aislado de la ciudad  del cual los poderosos sólo se acordaban cuando les interesaba, pero generalmente, ni aun así. Y a pesar de todo, la mayoría eran demasiado orgullosos como para depender de la ayuda de un peón, la pieza más endeble, absurda e insignificante de aquel juego de poderes, a pesar de que cuando varios de ellos trabajaban de la manera adecuada y en equipo formaban una reducida banda extremadamente difícil de vencer.

En cierto modo, sobreponiéndose al enojo y el enfado porque el orgullo de los poderosos que hacía que únicamente se acordaran de los suyos cuando nadie más les servía, había que reconocer que le reconfortaba que el rey estuviera cerca. Era cierto que en un ataque perfecto él perdería la vida por estar en el camino entre el rey y su asesino, pero éste también le otorgaba cierta protección: pocos atacantes le molestarían sin un buen plan. Desgraciadamente, si se daba el caso, de poco serviría cualquier protección. Además, estaba la protección añadida del guardaespaldas del gobernante, uno de aquellos hombres que, más que personas, parecían torres. Éstos eran auténticos mastodontes salidos de los suburbios, mastodontes de los que, de vez en cuando, uno tenía la suerte o la desgracia de salir de allí para proteger a su superior.

Era una de las cosas que menos le gustaban a nuestro peón. Él estaba en contra de la existencia de reyes, o de sus damas, o de cualquier otro que por el mero hecho de ser quienes eran tenían todos los privilegios de los que gozaban. No veía justicia alguna en ello, menos aún cuando otras personas, en su mayoría simples peones como él, o camellos cuya única manera de vivir de una forma mínimamente decente era recurrir a la caballería, compensando así el egoísmo de los “importantes”. Tan solo eran carne de cañón, meros subordinados sacrificables que los poderosos no dudarían en mandar a una muerte segura si con ello lograban una ventaja táctica en la guerra contra sus oponentes de aquel juego, aquel juego duro y cruel para poderosos donde rara vez había un resultado que no fuera ganar o morir. Algunos decían que se llamaba “Ajedrez”. Él no lo sabía, pero tampoco le importaba. Si por él hubiera sido, el juego se habría llamado “Vida”, y ya había perdido algunos amigos en el camino, mulas de carga que trataban de llegar al final para sacarse una carrera y poder ser algo más que simples marionetas.

Otra de las cosas que odiaba era que todos tuviesen que arriesgar su vida para salvar al rey, porque a pesar del odio que recibía de la mayoría de sus súbditos, al menos les conocía y estaban acostumbrados a él, pero si perdían, todo cambiaría. La mayoría habrían muerto, y los supervivientes irían todos a la cárcel, si no a un sitio peor.

Y así, el juego entre poderosos había ido pasando. El peón había perdido a algunos de sus conocidos al poco de empezar. Había sido todo demasiado rápido, pero podría decirse también que brutal e incluso se podría decir que sangriento. Con hacer pocos movimientos, ya habían caído cuatro proletarios –dos de cada bando- de esos que sólo los suyos recuerdan como merecen. Y lo peor era que habían muerto para que un poderoso engreído y minusválido, así como manipulador pudiera someter otra ciudad más bajo su yugo. Afortunadamente para aquel peón de un barrio marginal, aunque odiase tener que reconocerlo, el rey que les llevaba era un magnífico estratega que sabía mucho, demasiado quizá, sobre su campo. Era improbable que perdiesen. Aunque esto era lo que menos le preocupaba. La verdadera pregunta era: “Si ganaban… ¿cuál sería el precio de aquella victoria?”

El juego había transcurrido rápido, cayendo súbdito tras súbdito. Ahora, no quedaban más que los dos reyes y el proletario sobre el escenario. Tras unos últimos momentos que por culpa de la tensión parecieron siglos, el peón consiguió llegar al final. Allí sabía más o menos lo que tenía que hacer, y cuando llegó, no necesitó mucho más tiempo que el que empleó su rival en comprobar cómo había quedado todo. En el final no hubo compasión alguna. Forjando alianza, el antiguo peón, que ahora era otro poderoso, gracias a todos los sacrificios que había realizado, y su rey, dieron el golpe de gracia.

Por fin, todo había acabado. El otro rey había fracasado y el que gobernaba sobre aquel chico de barrio había ganado. Pero no había sido solo su victoria. El peón, un nuevo poderoso también había ganado, había conseguido salir de aquel sórdido ambiente que lo envolvía, lo atrapaba y lo asfixiaba impidiéndolo crecer. Pero ya le daba igual, no sólo por todos aquellos a quienes había visto caer en su camino, fueran o no seres queridos, sino también porque se había acabado el juego y ya nada servía. Tocaba despedirse del ajedrez. Le parecía justo si se tenía en cuenta que ya le había tocado despedirse de la vida que quería.