Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

domingo, 25 de noviembre de 2012

La última desgracia del cielo y el mar

-Ey, venga corre, que vuelves a llegar tarde.

-Lo siento mucho -me disculpé. Había tenido que hacer un recado para mi madre y me había retrasado más de lo esperado-. ¿Ya ha empezado?

-Por suerte para ti, aún no. Está echando uno de esos conjuros que evitan que el fuego se apague a pesar de la lluvia. Ya sabes, cosas de bardos.

Suspiré. De repente noté como si toda la angustia que había traído conmigo en el camino desapareciese. Me acerqué con mi amigo a uno de los troncos cercanos a la hoguera, me eché la capa encima para resguardarme del agua y observé como el cuentacuentos terminaba los últimos preparativos. El nuestro era un pueblo apartado y aunque una vez cada mes o cada dos meses venía un bardo, los cuentacuentos pasaban con muchísima menos frecuencia. La mayoría de la gente no les diferenciaba, pero los cuentacuentos (al contrario que los bardos) no cantaban, sino que sus palabras eran mágicas y tenían la capacidad de hacerte vivir sus historias. Era algo que si no vives en persona, por más explicaciones que te den jamás serás capaz de comprender.

Estaba impaciente y emocionado. A lo largo de mi vida, sólo había podido llegar a escuchar seis o siete cuentacuentos, y aunque esos serían suficientes para darme por satisfecho, sus palabras eran droga para mis oídos. Notaba como el cuerpo me chispeaba de la emoción; sencillamente, no podía contenerme. Cuando creí que no aguantaría más, el narrador empezó su historia:

Cuentan las antiguas leyendas, anteriores no sólo a los humanos, sino a elfos, enanos y dragones también, anteriores casi a los mismos dioses, que hubo un tiempo en el que no existía la tierra. Sin ella, la vida no era más que una anécdota. Cielo y Mar eran uno sólo, y como tal, vivían juntos. 

Empero la unión de dos seres amados es un fruto de vida, y como consecuencia de tal unión, nacieron unos seres primordiales. Eran seres brutos y salvajes, recién nacidos inconsciente del enorme poder que tenían, ellos, los nacidos de la propia existencia. Cielo y Mar los llamaron thaeres, que significa "engendros", pues al fin y al cabo, eran unos monstruos engendrados por ellos sin habérselo propuesto siquiera.

En el inicio, sólo había cuatro thaeres, los cuales habitaban en una delgada franja que su existencia había provocado entre Cielo y Mar, pero seguían viviendo aprisionados, y en su afán de supervivencia comprendieron su verdad: Cielo y Mar no eran sus padres, sino sus captores. Esta verdad hizo a los thaeres odiar a sus padres y comenzaron a conspirar contra ellos.

Cielo y Mar eran ingenuos y no pensaban o sentían, se limitaban a vivir, y esto facilitó enormemente las cosas para sus enemigos. Pusedin, el más astuto de ellos fue el primero que comprendió que su existencia era lo que había separado a sus padres, y propuso su propia procreación entre ellos. Sus primeros hijos fueron unos seres altos y de orejas picudas, los cuales les llamaron dioses, que en élfico significa: "padres". Los thaeres se mostraron complacidos al comprender algo que sus propios hijos aún ni sabían: los thaeres tenían unos vasallos que darían su vida por ellos.

Sin embargo, el motivo que satisfizo a los thaeres no fue el hecho de que ahora tuviesen seres que lucharían por ellos, sino el de que ya lo habían hecho. La brecha entre Cielo y Mar era mayor. Sabiendo que Pusedin tenía razón, los thaeres fueron teniendo nuevos hijos, distintos cada vez.

Una de las muchas especies a las que dieron a luz los thaeren, una raza baja y robusta de firmes barbas, creyó comprender la importancia del espacio que habitaban, aunque sus progenitores nunca les habían explicado nada de esto. Esta grieta en cada vez mayor crecimiento fue llamada tierra, que en enano significa "hogar que defender".

La última raza en llegar fuimos nosotros, los más mortales de todos los hijos engendrados por los thaeren, pues cuando estos fueron engendrados, los thaeren ya no se reproducían por más que diversión. La descomunal fisura existente entre Cielo y Mar era casi infinita, y con todo, nosotros la ampliamos. A pesar de ello, nadie sabe si Cielo y Mar siguen besándose como en el tiempo anterior al mismo tiempo, o si por lo contrario, nuestra aparición fue la última y definitiva desgracia del Cielo y el Mar.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Persecución

La Soledad estaba corriendo. Era una carrera brusca, torpe, difícil y fatigosa. Su recorrido estaba interrumpido por milenarias raíces que sobresalían del suelo y troncos con grosores tales que cinco hombre juntos no lograrían rodearlos.

De vez en cuando, perdía el tiempo mirando hacia atrás, a pesar de saber que era inútil. Ni una sola vez los vio. Tampoco los olía, ni los oía, pero SABÍA que estaban allí. Algo se lo decía.

De repente, paró. No podía más; estaba fatigada y le costaba respirar. Las piernas le fallaban y notaban como le apretaban las costillas. Se apoyó en el árbol más cercano, y trató de tomar el aire. Sólo paró un segundo, pero fue demasiado. De repente, olió el Miedo, oyó el Odio, vio la Oscuridad. Pero no eran los únicos monstruos que le había perseguido. Allí estaban también la Envidia, los Celos, el Egoísmo, el Caos y todas aquellas bestias que siempre le habían impedido ser libre, todos aquellos tiranos que siempre la habían tenido esclavizada. La tenían rodeada, y justo en ese momento fue cuando supo que no podía escapar... a no ser que...

***


El Amor estaba corriendo. Era una carrera brusca, torpe, difícil y fatigosa. Su recorrido estaba interrumpido por milenarias raíces que sobresalían del suelo y troncos con grosores tales que cinco hombre juntos no lograrían rodearlos.

De vez en cuando, perdía el tiempo mirando hacia atrás, a pesar de saber que era inútil. Ni una sola vez los vio. Tampoco los olía, ni los oía, pero SABÍA que estaban allí. Algo se lo decía.

De repente, paró. No podía más; estaba fatigado y le costaba respirar. Las piernas le fallaban y notaban como le apretaban las costillas. Se apoyó en el árbol más cercano, y trató de tomar el aire. Sólo paró un segundo, pero fue demasiado. De repente, olió el Miedo, oyó el Odio, vio la Oscuridad. Pero no eran los únicos monstruos que le había perseguido. Allí estaban también la Envidia, los Celos, el Egoísmo, el Caos y todas aquellas bestias contra las que ya se había enfrentado en anteriores ocasiones, siempre para fracasar. Sin embargo, sabía que en aquella ocasión no estaba sólo. Según se acercaban los engendros, con los ojos inyectos en sangre, empezó a notar presencias a su espalda. Allí estaban todos: la Amistad, el Valor, la Persistencia, el Honor y la Verdad sólo eran unos pocos de sus múltiples acompañantes. Volvería a luchar, pero esta vez no estaría solo.

***

Aquel día en el bosque, hubo una carnicería. Todos los Odios, los Miedos, las Oscuridades, las Envidias, los Celos, los Egoísmos, los Caos y demás monstruos semejantes habían estado persiguiendo a sus presas, pero al seguir a la más sociable de ellas, se encontraron con el resto de sus enemigos. Todos ellos murieron, pero lo hicieron acompañados de aquellos que les importaban.

Aquel día en el bosque, sólo un ser logró salvarse. La Soledad, suficientemente cobarde, había tomado la sensata decisión de huir, preocupándose, como siempre, sólo por sí misma. Todavía no había encontrado el mundo al que pertenecía, ni la sociedad que le correspondía, ni la vida que buscaba, pero de momento, aún no estaba muerta.

domingo, 4 de noviembre de 2012

A dos pasos del infierno

-Señor, lamento interrumpirle, pero ya ha llegado el último.

-Está bien. Hazle pasar.

Dejé a un lado los documentos que mantenían ocupada mi mente y los puse ordenados en un montoncito a un lado de mi escritorio. Me quité las gafas, apoyé los codos en la mesa y la nariz sobre mis manos entrecruzadas, dirigiendo una mirada entre despectiva, irónica y divertida hacia la puerta. Respondiendo a mi preparación, esta se abrió, dando paso a un muchacho con la apariencia de unos veinte, aunque sabía que realmente era algo menor; pero su barba desaliñada de dos días y su altura ayudaban a confundirle. Trataba de simularlo, pero yo sabía que realmente estaba con los nervios a flor de piel y el corazón bombeándole a ritmos desorbitados por el miedo.

-Así que, por fin estás aquí. ¿Quién lo iba a decir?

El chico no dijo nada. Se limitó a apretar los puños y tratar de sostenerme la mirada, pero apenas pudo aguantar medio minuto. Nadie podía.

-¿Qué pasa? ¿No te esperabas llegar aquí? ¿O es simplemente que en el fondo albergabas la esperanza de que todo esto no fuera más que un cuento para asustar a los niños pequeños y que se portaran bien?

Seguía mirando al suelo, pero los músculos de sus brazos cada vez se tensaban más, y las uñas empezaban a clavarse en sus palmas de forma profunda. Un par de gotas de un carmesí oscuro cayeron al suelo, contrastando con el rojo naranjuzco tan característico del suelo.

-Bueno, supongo que da igual. Guarda tu garganta para la eternidad que te espera. Me pregunto cuánto tardarás en gritar suplicando tu muerte, pero te contaré un secreto: ya estás muerto, ¿recuerdas? Y ahora, pasa: el infierno te espera.