Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Ganas de volar

El viento soplaba en forma de una suave brisa meciendo mi cuerpo, acariciando mi cara y revolviendo mi cabello como los dedos de una amante. Aún era temprano y sólo mi padre se había levantad, hacía ya algún rato, para ir a buscar comida. Yo estuve contemplando un rato el paisaje y me volví adentro. Miré hacie donde dormían mis hermanitos e inevitablemente se dibujó una sonrisa de ternura en mi rostro. No eran mis hermanos carnales... y a nadie se lo ocurriría pensarlo siquiera con tan solo vernos; pero me daba igual. Yo les quería como si fuéramos hijos de la misma madre, a pesar de que en cierto modo, podría decirse que lo éramos: yo no viviría aquí si no fuera por ella.

Vivíamos en lo alto de un acantilado, en una cueva no muy profunda que daba a una pequeña zona rocosa no cubierta desde la que se veía el mar. El resto de acantilados eran más bajos que en el que vivíamos, pero eso no les quitaba belleza. En su parte superior, estaban cubiertos de un hermoso césped frecuentemente rociado y con algún que otro bosquecillo. A la lejanía se veía de vez en cuando una columna de humo, aunque siempre en el mismo punto, lo cual me hacía supones que allí habría algún poblado o alguna aldea, pero nunca había llegado a saberlo. Sólo nuestros padres salían de casa, y cuando preguntábamos (algo que fundamentalmente hacía yo, pues mis hermanos eran muy poco curiosos), lo único que nos decían es que era un lugar peligroso y que lo mejor era no acercarse nunca allí. Sin embargo, me había jurado a mí mismo que cuando por fin pudiese volar, ese sería el primer sitio al que iría. Porque tenía que poder volar.

Aquella era una vida bonita; triste y melancólica, pero bonita al fin y al cabo. Todos los días, al comer, nuestros padres nos contaba cómo era el mundo de fuera. A mis hermanos les daba una extraña mezcla entre ganas de volar, y miedo a caer y morir en el vuelo. A mí sólo lo primero.

Aunque físicamente yo era el más grande de mis hermanos con diferencia, sólo era el segundo de edad en un grupo de cuatro hermanos y a tan sólo dos días del tercero. A pesar de ello, les tenía envidia... sólo había uno que aún no hubiese sentido las corrientes de aire meciendo sus plumajes... y apenas tenía cuatro meses de vida, pero al menos tenía plumaje, y ya en eso me ganaba. Por eso, todas las mañanas, cuando veía a mis padres volando, e incluso a veces a dos de mis hermanos en intento de ello, yo salía, me sentaba, y dejaba que la brisa me meciese. Al menos, de momento tenía eso.

Volví afuera. Mi padre aún no había vuelto, y el resto de mi familia seguía durmiendo en el nido. En mi mente, dos palabras resonaban: "Puedes volar, puedes volar, puedes volar, puedes volar...". Otras tres palabras, de un rincón más consciente de mi mente, me devolvían con ironía a la realidad: "¿Con qué alas? ¿Con qué alas? ¿Con qué alas? ¿Con qué...". De repente, noté algo húmedo en una mejilla. Sólo tenía una forma de aprender a volar. Apreté los puños y me pasé el antebrazo por los ojos. Me puse de pie y salté.

martes, 4 de septiembre de 2012

Un final feliz

Aquel día, ni una sola cosa le había salido bien: su novia le había dejado, había discutido con sus padres y acababa de pegarse con su supuesto mejor amigo. No tenía ganas de estar en la calle, pero evidentemente no podía volver a su casa; el ambiente estaba demasiado caliente para ello; de modo que hizo la opción que vio más lógica: huir de todos.

A pesar de vivir en una gran manzana donde se respiraba humo de coche y de tabaco en lugar de oxígeno, donde los coches avanzaban un par de metros cada media hora y en la que las personas andaban en una densa masa casi infranqueable; él tenía escondites de sobra que iban desde un almacén olvidado en los suburbios o una arboledilla en un pequeño parque olvidado por los urbanitas sobrios. En esta ocasión, el rincón afortunado se trataba de uno de la ribera del pequeño río que pasaba por un lateral de la capital. La orilla del río estaba completamente arbolada a primera vista, pero para quien supiese buscar se podían encontrar pequeños espacios -algo semejante a un claro ribereño- donde encontrar la soledad.

Como siempre, el lugar el estuvo esperando con las ramas abiertas, pero sin embargo, la rabia que le corroía por dentro hervía y su cuerpo en aquel momento parecía una olla a presión con dos opciones: liberarse o explotar. Sin contenerse lo más mínimo, lanzó un puño cerrado al primer árbol que vio.

Al producirse el contacto entre la carne y la corteza, no sufrió ningún daño, pero de repente fue como si alguien hubiese encendido la oscuridad, la cual devoraba a la luz con cada vez mayor voracidad. Una tenaza rodeó su corazón e inmediatamente comenzó a temblar de miedo. Lo último que vio antes de que la oscuridad terminase de encenderse fueron un par de gotas sobre su brazo, como si una minúscula nube del tamaño de su bícep hubiese decidido ponerse a llover justamente ahí.

Lo único que quedaba en el mundo era oscuridad. Había desaparecido todo: los tactos, los sabores, las imágenes, los olores y los sonidos.

No puedes hacerlo. Fracasarás.

Se giró, intentando localizar la fuente de la voz, pero daba la sensación de que había venido de todas partes y de ninguna a la vez.

Ya lo sabes: aquí me tienes para lo que sea.

Se dio la vuelta para contestar aquella mentira, pero las palabras no le salieron de su boca por más que la creía mover.

¡Todo ha sido culpa tuya!

En esta ocasión, hubo una diferencia con las anteriores: había reconocido la voz. Bajó la cabeza avergonzado. No tenía fuerzas para replicarla.

Tiene razón, deberías aprender algo de modestia.

Aunque no había reconocido la voz en esta ocasión, recordaba quién le había dicho aquellas palabras. Apretó los puños y llegó incluso a hacerse sangre con las uñas.

¡Ya estoy harto de todo!

Aquella voz parecía la suya, pero no podía ser: era incapaz de articular palabra alguna. Pero si todos aquellos fantasmas estaban en su contra, lo que más sentido tenía era que de algún modo se defendiese.

***

Pasó el tiempo y los fantasmas parecían haberse marchado. Sin embargo, todos le habían echo reflexionar. Sabía que era débil e incapaz de enfrentarse a la vida, que a veces se hacía el chulito para tratar de esconder que en realidad no valía nada, como un vano intento de engañarse a sí mismo, que aunque no tuviese la culpa de las cosas, siempre sentía remordimientos por cualquier acción a poco cercana que estuviese de él... pero había tomado una decisión. Estaba a punto de formularla, cuando se despertó. Todo seguía igual que siempre y nada de aquello había pasado. Con una sonrisa en la cara, volvió a cerrar los párpados y a disfrutar de un nuevo sueño, esta vez con un final feliz.