Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

lunes, 21 de mayo de 2012

Cenizas frías

Dicen que hubo un tiempo en que su alma era algo parecido a una hoguera, con fuego, de ese que da calor como a él tanto le gustaba, pero si eso fue alguna vez cierto, debió de ser hace ya mucho tiempo, pues ahora no quedan más que unas pocas cenizas frías.

Como toda hoguera, al principio el fuego bullía y se extendía consumiendo el aire como si quisiera salir de esos límites que le imponía el combustible al que estaba condenado a consumir para mantenerse. A pesar de ello, la pasión con la que prendía era innegable. Empero, de repente alguien decidió que aquel fuego ya había brillado demasiado y decidió divertirse un poco mirando a ver qué pasaba si echabas arena encima de ese fuego.

Pasó el tiempo, y para su fortuna, descubrió que a pesar de todo, el fuego se había logrado sobreponer a la arena, y aunque nunca brilló con la misma intensidad que antes, su fulgor seguía siendo cegador. A la gente lo menos que podía hacerle el ardor de su alma era asombrarlos.

Sin embargo, el hombre que había echado la arena en la primera ocasión no quería dejar de divertirse tan pronto, o tal vez un nuevo elemento hubiese decidido comprobar qué era tan divertido y añadió agua a la arena. El fuego parecía extinto, pero aún quedaban algunas ascuas naranjuzcas entre las aparentemente mortecinas brasas.

Recientemente, alguien removió esas ascuas y descubrió que aún podía prender el fuego, usando sus propias cenizas a modo de combustible. Sin embargo, el invierno se acercaba, y con él, el frío y su humedad acompañante que impidieron hacer terminar de prender el fuego. Aún hay quien cree que esas llamas puedan volver a arder con la intensidad de antaño, pero lo más posible es que esa hoguera no vuelva a pasar de ser más que unas simples cenizas frías y heladas.

lunes, 7 de mayo de 2012

El hombre sin mundo

Las aguas se movían con fluidez bajo el remo de mi compañero de barca, y si me había despertado, no había sido tanto por el chapoteo de éste en el agua como por el bamboleo de la balsa al desplazarse sobre las aguas calmadas, suponiendo que hubiese sido por algo relacionado con mi desplazamiento.

Según avanzada mi embarcación, no podía evitar dirigir miradas aisladas a las islas cercanas y a las no tan cercanas. Todas estaban habitadas, todas tenían un grupo de gente morando en ellas, viviendo allí y teniendo lugares a los que llamar hogar, sitios estables que siempre estarían ahí cuando los necesitasen, que los cobijarían cuando tuviesen miedo o padeciesen dolor. Y en esos sitios además, la gente se abrigaban mutuamente, porque todos eran como una gran familia que se acompañaban en sus mayores triunfos y se impedían mutuamente el caer en la miseria. Aparté la vista.

Sitios pequeños, medianos o grandes a los que la gente podía llamar hogar. A cualquiera le habría parecido lo más normal, porque todos lo tenían, pero yo era el hombre sin mundo, el vagabundo de las sociedades y el náufrago de su hogar y aquellas islas eran demasiado pedir para alguien como yo.

Me giré hacia mi compañero, pero descubrí que estaba solo. Miré a el piélago más cercano, y aunque la escena me dolió, no pude evitar que un esbozo de sonrisa se materializase en mi rostro... aunque tampoco tenía un espejo, de modo que nada me aseguraba que en realidad no fuese algo así como una mueca: mi compañero  estaba allí con los suyos, y al ver que les miraba con la melancolía en mis ojos, me sonrió, saludó e hizo señas con las manos para que me acercara. Negué con la cabeza mientras susurraba: "Esta vez no"

Habían sido ya demasiadas ocasiones en las que diferentes habitantes de la tierra firme me habían invitado a vivir con ellos, y aunque muchas veces había aceptado, ningún hogar había demostrado ser el mío, quizá porque la gente me fuese hostil, o tal vez porque había llegado tarde, pero en muchos casos sencillamente era algo así como un espectro, o un fantasma, pero no uno de esos que aparecen por la noche con una sábana blanca y te asustan, sino uno de esos a los que nadie puede ver ni oír.

Mientras había estado pensando en esto, había ido bajando progresiva e inevitablemente la cabeza hasta quedar mirando la oscura superficie del agua, pero de repente, agarré el remo, cerré los puños y levanté la cabeza al cielo nocturno, coronado por las estrellas. Metí el remo en el agua e hice un círculo con los brazos, y luego otro seguido de un tercero. Cierto era que aún no había encontrado mi mundo, pero aunque la pena fuese una digna rival, si quería encontrar ese mundo en el que una vez habría de habitar (suponiendo que existiese), no podía pararme y debía empezar a remar cuanto antes.