Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

lunes, 23 de abril de 2012

Reflejos del pasado

-En fin... parece que me toca empezar de nuevo -suspiré mirando a través de la ventana del desván hacia la calle. Pero de cualquier modo, ya nada me retenía aquí.

Bajar las maletas iba a ser pesado, y aunque vendrían los mozos de la compañía de mudanzas a ayudarme, me gustaba ahorrar el trabajo, y aún tenía un par de ellas en la buhardilla, así como otras tantas en el primer piso. Empero aún quedaba para que estos llegarán, así que decidí dar una última vuelta por la casa.

Según deambulaba por esas paredes que me habían visto crecer, las que me habían visto formarme, las que habían conocido todos mis secretos y a todos mis seres queridos; no pude evitar posar las manos en sus suaves texturas mientras las recorría con un gesto nostálgico. Parecía mentira que me fuese a ir de aquí: esta ciudad había sido mi nido y siempre tendría un lugar especial en mi corazón, pero al fin y al cabo, era el único pájaro que seguía con las alas cerradas: todos los demás había volado ya y si yo no lo hacía era posible que la melancolía acabase terminando con mi alma.

De repente, me frené con un gesto seco. Ya me valía con la gilipollez. Mientras estaba aquí perdiendo el tiempo con pensamientos que no iban a ningún lado, los de la mudanza llegarían en cualquier momento, así que me dispuse a subir arriba para ir bajando alguna cosilla a la entrada.

Al volver al desván de nuevo, reparé en algo que me pregunté como no me había podido dar cuenta antes: al fondo, apoyado en una pared, había algo tapado por un manto. Creía saber lo que era, pero no estaba seguro. Lo cierto es que llevaba mucho tiempo sin haberlo mirado siquiera.

Retiré el manto y comprobé que sí, que era lo que creía: un magnífico espejo con un precioso marco de madera bañada en oro que a pesar de la leve luz que se colaba por la ventana dando al lugar un ambiente de penumbra, parecía brillar con brillo y fulgor propios. O mejor dicho, parecería, pues estaría cubierto de polvo hasta la médula, si tuviese. Me dio una pena terrible. Aquel espejo había pertenecido a mi padre, y a su vez, a su padre antes que él, y previamente a mi bisabuelo, y así constantemente. Ahora, casi parecía más una reliquia de Jerusalén olvidada que cualquier otra cosa. Inevitablemente, sonreí al verlo.

Había estado usando como pañuelo el manto que antes lo cubría y según iba perdiendo el polvo, me iba trayendo recuerdos, como si los reflejos no fueran imágenes mías realmente, sino de un yo enterrado en las arenas del tiempo sin método alguno para salir. Los reflejos eran de un chiquillo cuya sonrisa no salía del rostro ni vendándole toda la cara,; de un chavalín al que no le importaba que la vida fuera complicada, porque mientras tuviera amigos todo saldría perfecto; de un criajo que sabía conformarse con cualquier cosa sin dejar de ser feliz. Me pregunté dónde estaría ese niño ahora.

¡Y otra vez! Sacudí la cabeza con un gesto brusco, como intentando cargarme estos pensamientos que ahora me valían de entre poco y menos, eché el manto otra vez por encima y comencé a bajar las cajas.

Cuando todas las cajas estuvieron ya en el camión de las mudanzas y todas las puertas de la casa cerradas, me monté en el coche y arranqué, rumbo a mi nuevo destino. El espejo, por supuesto, se quedó en su sitio. Era una pena tener que abandonar algo que había pasado de padres a hijos desde hacía demasiadas generaciones, pero llevarlo conmigo lo único que haría sería obligarme a mirar al pasado, un pasado que ya debía quedar olvidado si quería seguir adelante.

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