Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

lunes, 19 de marzo de 2012

El Regreso del hombre derrotado

Era una noche oscura como pocas. Pero para él, casi con toda certeza la oscuridad no procedía del cielo, sino de su propio fuero interno. A esas horas, los caminos casi no se veían, y cualquier pequeña irregularidad que hubiera podido haber en el suelo, por estúpida que fuera, habría tenido muchas posibilidades de llevarse su vida. Sin embargo, el hombre seguía deambulando; sin saber muy bien de dónde venía, y mucho menos a dónde iba; sabiendo únicamente que quería huir de las armas.

Pie tras pie, paso tras paso, camino tras camino, el hombre terminó encontrando un par de luces en el horizonte. No eran unas luces muy llamativas, ni poderosas, ni mucho menos una de esas luces que le inspiran a un hombre la tranquilidad del hogar, pero le hizo ver que había alguien más en su ruta, con quien quizá pudiese compartir el pan y descansar antes de continuar buscando su meta.

Cuanto por fin las luces cambiaron de estar en el horizonte, a estar casi al alcance de su mano, aquel guerrero rendido pudo observar una silueta semejante a la de una casa, pero no tuvo ninguna otra pista: no sabía si sería un tanatorio, un hospital, un albergue, o simplemente el hogar de una pequeña familia de campesinos que buscaban una vida tranquila lejos de todas esas guerras que tanto parecían fascinar a los grandes señores.

Detestaba tener que hacerlo, pero desenvainó su espada, y buscó la puerta tanteando con las manos. No quería tener que volver a luchar nunca más, pero mucho menos quería morir. Nunca le había apasionado la muerte, a pesar de que le parecía tranquila y el no quería más que calma... pero era imposible predecir si aquella busca de calma sería constante o tan solo temporal. Cuando por fin encontró un picaporte, lo bajó. No sabía la puerta estaría con llave o no, pero si no lo intentaba, nunca lo sabría. No pasó nada, o al menos, en lo que a la puerta respecta, pues un constante murmullo del que el antiguo luchador no se había percatado cesó de repente. Inmediatamente, sus músculos se tensaron y se puso en guardia, alejándose tres o cuatro pasos de la puerta como precaución frente a cualquier cosa que pudiese pasar.

Durante unos segundos que parecieron horas, tan sólo se oyó el sonido de los grillos. Y cuando estuvo a punto de darse la vuelta, oyó el sonido de una metal oxidado contra una madera. Se quedó como estaba, apuntando con la espada hacia la puerta.

Cuando esta se abrió, no había más luces detrás que las de dos antorchas sujetadas por un adolescente y una mujer, inmediatamente detrás de un hombre corpulento que parecía tener un montón de niños a sus espaldas, sosteniendo una horca a modo de arma  de asta.

-¿Q-qué qui-quieres? -preguntó el hombre con voz temblorosa. El espadachín supo que aquel posible campesino tenía más miedo que él mismo, así que envainó el arma, pero continuó en guardia.

-Tranquilo bueno hombre. Tan solo soy un peregrino en busca de mi camino, pero tal y como está la noche, creo que me costará encontrarlo... ¿podría refugiarme con vos y su familia esta noche?

-No... lo sent-sentimos, pero n-n-no pue...puede -y cerró la puerta rápidamente.

El hombre se volvió a quedar solo, amparado únicamente por las tinieblas que cubrían su alma, y también un poco por las que procedían del cielo. Sabía que a la gente no le gustaban los desconocidos, y mucho menos cuando estos tenían algún arma con el que defenderse, pues a los otros al menos se les podía traicionar.

El sueño comenzaba a poder con él, pero tenía miedo de que las sombras lo asolasen, como temía que harían si llegaba a dormirse. Buscó algo de madera, y trató de encender un fuego apilando palos y frotando dos, pero estaba demasiado húmeda.

A pesar de toda la actividad que estaba realizando, los párpados se le volvían cada vez más y más pesados, los ojos se le cerraban, y aun en contra de su voluntad, se sumió en el sueño.Aunque quizá sería más acertado decir pesadilla.

Se encontraba en un páramo yermo como pocos, con algún árbol ocasional y marchito de ramas caídas, como mostrando su estado de ánimo. La tierra era de un marrón muerto, y el cielo, completamente cubierto de nubes con tonos grisáceos sin vida ni alegría algunas. Al observarlo mejor, comprobó que había alguna que otra tumba, y que aquello era un cementerio.

De repente, empezaron a salir sombras de sus pies, de los troncos y de las lápidas. Las sombras se acercaron rápidamente a él, trepando por su cuerpo y ejerciendo fuerza hacia abajo. A pesar de los intentos por mantenerse erguido del luchador, acabó cayendo con terribles alaridos y gritos de dolor.

***

Al cabo de unos días, una caravana mercaderes que iba de camino a la capital por una ruta poco transitada tuvo que parar porque algo bloqueaba el paso. Se habían encontrado un cadáver muerto por causas desconocidas. Lo único que vieron de inusual, fue el rostro y la posición: parecía más aterrado de lo que cualquier hombre haya podido estarlo... un miedo que había llegado al dolor; y el dolor, a la muerte.

lunes, 5 de marzo de 2012

Luchador nato

Abres los ojos y en un primer momento, no ves nada. Más tarde, cuando se te acostumbra la vista al lugar, puedes observar que estás en una sala oscura sin más salida que un pasillo relativamente estrecho y con las paredes enladrilladas. No tiene ventanas, pero a lo largo del pasillo hay parejas de antorchas iluminando y dotando de matices amarillentos a la salida.

Como es evidente, no te apetece quedarte encerrado, y te dispones a salir. Pero una voz resuena en tu interior: "¿Otra vez vas a huir encubriéndolo con una mala excusa?". Miras a tu alrededor, pero no ves nada. Te preguntas a qué se refieren esas palabras. No tienes más opción, salvo quedarte encerrado y terminar muriendo de hambre.

Según giras sobre ti mismo buscando el origen de la voz, observas algo de lo que no te habías percatado: detrás de ti, en la pared, hay colgado un escudo de armas con dos espadas en cruz colgando y por fin lo comprendes. A lo largo de tu vida, te has dedicado a huir. Querías derechos, pero no peleabas por ellos. Querías fortuna, pero no hacías nada por lograrlo. Querías amor, pero siempre te guardabas para ti esas palabras que siempre quisiste decir... Pero eso debe acabar. Huir no sirve para solucionar los problemas; sólo para postergarlos y por primera vez pareces comprender que si no luchas por ti mismo, nadie más lo hará.

Con estas últimas palabras en la cabeza, te acercas a la pared en la que está esa revelación. Con miedo por no saber como hacerlo correctamente, coges la espada cuyo refulgente filo destella como con vida propia llamándote, pues se ha pasado toda la vida esperándote. Y al empuñarla, por un momento parece que se te caerá, pues nunca has tenido una en tu mano y no sabes cómo cogerla. Pero sólo es una falsa apariencia.

Al momento, te das cuenta de que siempre has empuñado esa espada. No es un objeto que agarras con tu brazo; es un objeto que prolonga tu brazo. Siempre, desde el momento en que naciste, habías tenido esa espada, la habías llevado, la habías usado instintivamente cuando no tenías otro remedio y ella nunca te había fallado.

Te relajas, y dejas el cuerpo descansado. La espada cae y la punta golpea contra el suelo, haciendo resonar con un eco metálico toda la habitación. También tu cabeza cae, así como sus párpados e instantáneamente pasan por tus ojos cientos de escenas de batallas perdidas. Te das cuenta de que no perdiste por estar desarmado, sino porque no supiste siquiera que tenías un arma. Pero te dices a ti mismo que esto no volverá a pasar.

Las imágenes siguen fluyendo y comienzan a acercarse sucesos cercanos, de esos que cuando crees que por fin han cicatrizado son abiertos por algún idiota que nunca supo lo que era perder y eso le hace creerse con derecho a ser superior a esos que como tú fracasaron constantemente en su lucha por ser alguien y salir de tu cuarto oscuro, fuese por miedo, indecisión o falta de voluntad. Notas como la rabia comienza a bullir en tu interior.

De repente, recuperas las fuerzas, descubriendo que siempre las habías tenido. Tu puño se cierra con fuerza y la espada se levanta.Tu cuerpo se tensa, tu espalda se yergue y tu cabeza deja de estar enfocada al frente, pues en una pared delante de ti, las sombras bailan burlonas. Abres los ojos. Por un momento, estás a punto de golpearlas, pero en el fondo sabes que es inútil, y sólo serviría para gastar fuerzas y mellar tu filo.

Después de mucho respirar profundamente, te das la vuelta, mirando otra vez al pasillo que viste cuando abriste los ojos por primera vez y dando la espalda a todas esas sombras. El fuego de las antorchas es insignificante comparado con el que arde en tus ojos. Ves que las teas comienzan a apagarse y sabes que es esa ocasión o nunca. Con las fuerzas renovadas, te adentras en la oscuridad dispuesto a vencer cualquier cosa que se te eche encima, pues es lo que siempre hiciste sin darte cuenta. Con las fuerzas renovadas, demostrarás al resto del mundo y a ti mismo, quién eres. Con las fuerzas renovadas, comprenderás que siempre fuiste un luchador nato.