Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

domingo, 25 de noviembre de 2012

La última desgracia del cielo y el mar

-Ey, venga corre, que vuelves a llegar tarde.

-Lo siento mucho -me disculpé. Había tenido que hacer un recado para mi madre y me había retrasado más de lo esperado-. ¿Ya ha empezado?

-Por suerte para ti, aún no. Está echando uno de esos conjuros que evitan que el fuego se apague a pesar de la lluvia. Ya sabes, cosas de bardos.

Suspiré. De repente noté como si toda la angustia que había traído conmigo en el camino desapareciese. Me acerqué con mi amigo a uno de los troncos cercanos a la hoguera, me eché la capa encima para resguardarme del agua y observé como el cuentacuentos terminaba los últimos preparativos. El nuestro era un pueblo apartado y aunque una vez cada mes o cada dos meses venía un bardo, los cuentacuentos pasaban con muchísima menos frecuencia. La mayoría de la gente no les diferenciaba, pero los cuentacuentos (al contrario que los bardos) no cantaban, sino que sus palabras eran mágicas y tenían la capacidad de hacerte vivir sus historias. Era algo que si no vives en persona, por más explicaciones que te den jamás serás capaz de comprender.

Estaba impaciente y emocionado. A lo largo de mi vida, sólo había podido llegar a escuchar seis o siete cuentacuentos, y aunque esos serían suficientes para darme por satisfecho, sus palabras eran droga para mis oídos. Notaba como el cuerpo me chispeaba de la emoción; sencillamente, no podía contenerme. Cuando creí que no aguantaría más, el narrador empezó su historia:

Cuentan las antiguas leyendas, anteriores no sólo a los humanos, sino a elfos, enanos y dragones también, anteriores casi a los mismos dioses, que hubo un tiempo en el que no existía la tierra. Sin ella, la vida no era más que una anécdota. Cielo y Mar eran uno sólo, y como tal, vivían juntos. 

Empero la unión de dos seres amados es un fruto de vida, y como consecuencia de tal unión, nacieron unos seres primordiales. Eran seres brutos y salvajes, recién nacidos inconsciente del enorme poder que tenían, ellos, los nacidos de la propia existencia. Cielo y Mar los llamaron thaeres, que significa "engendros", pues al fin y al cabo, eran unos monstruos engendrados por ellos sin habérselo propuesto siquiera.

En el inicio, sólo había cuatro thaeres, los cuales habitaban en una delgada franja que su existencia había provocado entre Cielo y Mar, pero seguían viviendo aprisionados, y en su afán de supervivencia comprendieron su verdad: Cielo y Mar no eran sus padres, sino sus captores. Esta verdad hizo a los thaeres odiar a sus padres y comenzaron a conspirar contra ellos.

Cielo y Mar eran ingenuos y no pensaban o sentían, se limitaban a vivir, y esto facilitó enormemente las cosas para sus enemigos. Pusedin, el más astuto de ellos fue el primero que comprendió que su existencia era lo que había separado a sus padres, y propuso su propia procreación entre ellos. Sus primeros hijos fueron unos seres altos y de orejas picudas, los cuales les llamaron dioses, que en élfico significa: "padres". Los thaeres se mostraron complacidos al comprender algo que sus propios hijos aún ni sabían: los thaeres tenían unos vasallos que darían su vida por ellos.

Sin embargo, el motivo que satisfizo a los thaeres no fue el hecho de que ahora tuviesen seres que lucharían por ellos, sino el de que ya lo habían hecho. La brecha entre Cielo y Mar era mayor. Sabiendo que Pusedin tenía razón, los thaeres fueron teniendo nuevos hijos, distintos cada vez.

Una de las muchas especies a las que dieron a luz los thaeren, una raza baja y robusta de firmes barbas, creyó comprender la importancia del espacio que habitaban, aunque sus progenitores nunca les habían explicado nada de esto. Esta grieta en cada vez mayor crecimiento fue llamada tierra, que en enano significa "hogar que defender".

La última raza en llegar fuimos nosotros, los más mortales de todos los hijos engendrados por los thaeren, pues cuando estos fueron engendrados, los thaeren ya no se reproducían por más que diversión. La descomunal fisura existente entre Cielo y Mar era casi infinita, y con todo, nosotros la ampliamos. A pesar de ello, nadie sabe si Cielo y Mar siguen besándose como en el tiempo anterior al mismo tiempo, o si por lo contrario, nuestra aparición fue la última y definitiva desgracia del Cielo y el Mar.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Persecución

La Soledad estaba corriendo. Era una carrera brusca, torpe, difícil y fatigosa. Su recorrido estaba interrumpido por milenarias raíces que sobresalían del suelo y troncos con grosores tales que cinco hombre juntos no lograrían rodearlos.

De vez en cuando, perdía el tiempo mirando hacia atrás, a pesar de saber que era inútil. Ni una sola vez los vio. Tampoco los olía, ni los oía, pero SABÍA que estaban allí. Algo se lo decía.

De repente, paró. No podía más; estaba fatigada y le costaba respirar. Las piernas le fallaban y notaban como le apretaban las costillas. Se apoyó en el árbol más cercano, y trató de tomar el aire. Sólo paró un segundo, pero fue demasiado. De repente, olió el Miedo, oyó el Odio, vio la Oscuridad. Pero no eran los únicos monstruos que le había perseguido. Allí estaban también la Envidia, los Celos, el Egoísmo, el Caos y todas aquellas bestias que siempre le habían impedido ser libre, todos aquellos tiranos que siempre la habían tenido esclavizada. La tenían rodeada, y justo en ese momento fue cuando supo que no podía escapar... a no ser que...

***


El Amor estaba corriendo. Era una carrera brusca, torpe, difícil y fatigosa. Su recorrido estaba interrumpido por milenarias raíces que sobresalían del suelo y troncos con grosores tales que cinco hombre juntos no lograrían rodearlos.

De vez en cuando, perdía el tiempo mirando hacia atrás, a pesar de saber que era inútil. Ni una sola vez los vio. Tampoco los olía, ni los oía, pero SABÍA que estaban allí. Algo se lo decía.

De repente, paró. No podía más; estaba fatigado y le costaba respirar. Las piernas le fallaban y notaban como le apretaban las costillas. Se apoyó en el árbol más cercano, y trató de tomar el aire. Sólo paró un segundo, pero fue demasiado. De repente, olió el Miedo, oyó el Odio, vio la Oscuridad. Pero no eran los únicos monstruos que le había perseguido. Allí estaban también la Envidia, los Celos, el Egoísmo, el Caos y todas aquellas bestias contra las que ya se había enfrentado en anteriores ocasiones, siempre para fracasar. Sin embargo, sabía que en aquella ocasión no estaba sólo. Según se acercaban los engendros, con los ojos inyectos en sangre, empezó a notar presencias a su espalda. Allí estaban todos: la Amistad, el Valor, la Persistencia, el Honor y la Verdad sólo eran unos pocos de sus múltiples acompañantes. Volvería a luchar, pero esta vez no estaría solo.

***

Aquel día en el bosque, hubo una carnicería. Todos los Odios, los Miedos, las Oscuridades, las Envidias, los Celos, los Egoísmos, los Caos y demás monstruos semejantes habían estado persiguiendo a sus presas, pero al seguir a la más sociable de ellas, se encontraron con el resto de sus enemigos. Todos ellos murieron, pero lo hicieron acompañados de aquellos que les importaban.

Aquel día en el bosque, sólo un ser logró salvarse. La Soledad, suficientemente cobarde, había tomado la sensata decisión de huir, preocupándose, como siempre, sólo por sí misma. Todavía no había encontrado el mundo al que pertenecía, ni la sociedad que le correspondía, ni la vida que buscaba, pero de momento, aún no estaba muerta.

domingo, 4 de noviembre de 2012

A dos pasos del infierno

-Señor, lamento interrumpirle, pero ya ha llegado el último.

-Está bien. Hazle pasar.

Dejé a un lado los documentos que mantenían ocupada mi mente y los puse ordenados en un montoncito a un lado de mi escritorio. Me quité las gafas, apoyé los codos en la mesa y la nariz sobre mis manos entrecruzadas, dirigiendo una mirada entre despectiva, irónica y divertida hacia la puerta. Respondiendo a mi preparación, esta se abrió, dando paso a un muchacho con la apariencia de unos veinte, aunque sabía que realmente era algo menor; pero su barba desaliñada de dos días y su altura ayudaban a confundirle. Trataba de simularlo, pero yo sabía que realmente estaba con los nervios a flor de piel y el corazón bombeándole a ritmos desorbitados por el miedo.

-Así que, por fin estás aquí. ¿Quién lo iba a decir?

El chico no dijo nada. Se limitó a apretar los puños y tratar de sostenerme la mirada, pero apenas pudo aguantar medio minuto. Nadie podía.

-¿Qué pasa? ¿No te esperabas llegar aquí? ¿O es simplemente que en el fondo albergabas la esperanza de que todo esto no fuera más que un cuento para asustar a los niños pequeños y que se portaran bien?

Seguía mirando al suelo, pero los músculos de sus brazos cada vez se tensaban más, y las uñas empezaban a clavarse en sus palmas de forma profunda. Un par de gotas de un carmesí oscuro cayeron al suelo, contrastando con el rojo naranjuzco tan característico del suelo.

-Bueno, supongo que da igual. Guarda tu garganta para la eternidad que te espera. Me pregunto cuánto tardarás en gritar suplicando tu muerte, pero te contaré un secreto: ya estás muerto, ¿recuerdas? Y ahora, pasa: el infierno te espera.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Ganas de volar

El viento soplaba en forma de una suave brisa meciendo mi cuerpo, acariciando mi cara y revolviendo mi cabello como los dedos de una amante. Aún era temprano y sólo mi padre se había levantad, hacía ya algún rato, para ir a buscar comida. Yo estuve contemplando un rato el paisaje y me volví adentro. Miré hacie donde dormían mis hermanitos e inevitablemente se dibujó una sonrisa de ternura en mi rostro. No eran mis hermanos carnales... y a nadie se lo ocurriría pensarlo siquiera con tan solo vernos; pero me daba igual. Yo les quería como si fuéramos hijos de la misma madre, a pesar de que en cierto modo, podría decirse que lo éramos: yo no viviría aquí si no fuera por ella.

Vivíamos en lo alto de un acantilado, en una cueva no muy profunda que daba a una pequeña zona rocosa no cubierta desde la que se veía el mar. El resto de acantilados eran más bajos que en el que vivíamos, pero eso no les quitaba belleza. En su parte superior, estaban cubiertos de un hermoso césped frecuentemente rociado y con algún que otro bosquecillo. A la lejanía se veía de vez en cuando una columna de humo, aunque siempre en el mismo punto, lo cual me hacía supones que allí habría algún poblado o alguna aldea, pero nunca había llegado a saberlo. Sólo nuestros padres salían de casa, y cuando preguntábamos (algo que fundamentalmente hacía yo, pues mis hermanos eran muy poco curiosos), lo único que nos decían es que era un lugar peligroso y que lo mejor era no acercarse nunca allí. Sin embargo, me había jurado a mí mismo que cuando por fin pudiese volar, ese sería el primer sitio al que iría. Porque tenía que poder volar.

Aquella era una vida bonita; triste y melancólica, pero bonita al fin y al cabo. Todos los días, al comer, nuestros padres nos contaba cómo era el mundo de fuera. A mis hermanos les daba una extraña mezcla entre ganas de volar, y miedo a caer y morir en el vuelo. A mí sólo lo primero.

Aunque físicamente yo era el más grande de mis hermanos con diferencia, sólo era el segundo de edad en un grupo de cuatro hermanos y a tan sólo dos días del tercero. A pesar de ello, les tenía envidia... sólo había uno que aún no hubiese sentido las corrientes de aire meciendo sus plumajes... y apenas tenía cuatro meses de vida, pero al menos tenía plumaje, y ya en eso me ganaba. Por eso, todas las mañanas, cuando veía a mis padres volando, e incluso a veces a dos de mis hermanos en intento de ello, yo salía, me sentaba, y dejaba que la brisa me meciese. Al menos, de momento tenía eso.

Volví afuera. Mi padre aún no había vuelto, y el resto de mi familia seguía durmiendo en el nido. En mi mente, dos palabras resonaban: "Puedes volar, puedes volar, puedes volar, puedes volar...". Otras tres palabras, de un rincón más consciente de mi mente, me devolvían con ironía a la realidad: "¿Con qué alas? ¿Con qué alas? ¿Con qué alas? ¿Con qué...". De repente, noté algo húmedo en una mejilla. Sólo tenía una forma de aprender a volar. Apreté los puños y me pasé el antebrazo por los ojos. Me puse de pie y salté.

martes, 4 de septiembre de 2012

Un final feliz

Aquel día, ni una sola cosa le había salido bien: su novia le había dejado, había discutido con sus padres y acababa de pegarse con su supuesto mejor amigo. No tenía ganas de estar en la calle, pero evidentemente no podía volver a su casa; el ambiente estaba demasiado caliente para ello; de modo que hizo la opción que vio más lógica: huir de todos.

A pesar de vivir en una gran manzana donde se respiraba humo de coche y de tabaco en lugar de oxígeno, donde los coches avanzaban un par de metros cada media hora y en la que las personas andaban en una densa masa casi infranqueable; él tenía escondites de sobra que iban desde un almacén olvidado en los suburbios o una arboledilla en un pequeño parque olvidado por los urbanitas sobrios. En esta ocasión, el rincón afortunado se trataba de uno de la ribera del pequeño río que pasaba por un lateral de la capital. La orilla del río estaba completamente arbolada a primera vista, pero para quien supiese buscar se podían encontrar pequeños espacios -algo semejante a un claro ribereño- donde encontrar la soledad.

Como siempre, el lugar el estuvo esperando con las ramas abiertas, pero sin embargo, la rabia que le corroía por dentro hervía y su cuerpo en aquel momento parecía una olla a presión con dos opciones: liberarse o explotar. Sin contenerse lo más mínimo, lanzó un puño cerrado al primer árbol que vio.

Al producirse el contacto entre la carne y la corteza, no sufrió ningún daño, pero de repente fue como si alguien hubiese encendido la oscuridad, la cual devoraba a la luz con cada vez mayor voracidad. Una tenaza rodeó su corazón e inmediatamente comenzó a temblar de miedo. Lo último que vio antes de que la oscuridad terminase de encenderse fueron un par de gotas sobre su brazo, como si una minúscula nube del tamaño de su bícep hubiese decidido ponerse a llover justamente ahí.

Lo único que quedaba en el mundo era oscuridad. Había desaparecido todo: los tactos, los sabores, las imágenes, los olores y los sonidos.

No puedes hacerlo. Fracasarás.

Se giró, intentando localizar la fuente de la voz, pero daba la sensación de que había venido de todas partes y de ninguna a la vez.

Ya lo sabes: aquí me tienes para lo que sea.

Se dio la vuelta para contestar aquella mentira, pero las palabras no le salieron de su boca por más que la creía mover.

¡Todo ha sido culpa tuya!

En esta ocasión, hubo una diferencia con las anteriores: había reconocido la voz. Bajó la cabeza avergonzado. No tenía fuerzas para replicarla.

Tiene razón, deberías aprender algo de modestia.

Aunque no había reconocido la voz en esta ocasión, recordaba quién le había dicho aquellas palabras. Apretó los puños y llegó incluso a hacerse sangre con las uñas.

¡Ya estoy harto de todo!

Aquella voz parecía la suya, pero no podía ser: era incapaz de articular palabra alguna. Pero si todos aquellos fantasmas estaban en su contra, lo que más sentido tenía era que de algún modo se defendiese.

***

Pasó el tiempo y los fantasmas parecían haberse marchado. Sin embargo, todos le habían echo reflexionar. Sabía que era débil e incapaz de enfrentarse a la vida, que a veces se hacía el chulito para tratar de esconder que en realidad no valía nada, como un vano intento de engañarse a sí mismo, que aunque no tuviese la culpa de las cosas, siempre sentía remordimientos por cualquier acción a poco cercana que estuviese de él... pero había tomado una decisión. Estaba a punto de formularla, cuando se despertó. Todo seguía igual que siempre y nada de aquello había pasado. Con una sonrisa en la cara, volvió a cerrar los párpados y a disfrutar de un nuevo sueño, esta vez con un final feliz.

domingo, 5 de agosto de 2012

Club "Apadrina un Blog"

Bueno, pues hago esta entrada para hablaros de una iniciativa que personalmente me parece muy buena para ayudar a crecer pequeños blogs de gente a la que le hace ilusión recibir algún comentario dando ánimos a seguir o con alguna crítica (que al fin y al cabo, nunca está de más). La iniciativa se llama Club "Apadrina un Blog" y podéis leer más detalladamente en qué consiste aquí: http://detrasdelibro.blogspot.com.es/2012/05/club-apadrina-un-blog.html

La iniciativa es de un par de blogs llamados Detrás del libro y Leyendo entre letras

Y aquí tenéis el banner:



Y básicamente, esto es. Espero que conocerlo os sirva.

miércoles, 1 de agosto de 2012

La oveja negra

Aquel rebaño siempre fue un rebaño afortunado: tenía la suerte de que su pastor les quería más que el resto de pastores y un día éste decidió empezar a contarles una historia cada día. Sin embargo, las historias eran siempre del mismo tipo: hablaban de injusticias y rebeliones, de opresores y oprimidos, y de justicias tras las revoluciones. Algunas ovejas se aburrían y se alejaban del pastor cuando anochecía. A éste le daba igual mientras no se alejasen demasiado. Empero la mayoría se quedaba y disfrutaba.

Pasó el tiempo, y con tantas historias de revoluciones, algunas ovejas comenzaron a pensar en si no estarían ellas oprimidas como la gente de sus cuentos. Algunas decidieron que sí, y hablaron de montar una sublevación contra su déspota. Sin embargo, lo que sucedió fue eso: hablaron.

Había también en el rebaño una oveja que era distinta a las demás. Todas las ovejas tenía una característica en común: su lana era blanca. La de aquella oveja, no: la de aquella oveja era negra. La oveja no tenía problemas, pues sus compañeras eran simpáticas y más o menos la aceptaban como una más del grupo, pero quisiera o no destacaba, y no sólo por el pelaje, sino también porque era la más activa: el resto de ovejas balaba mucho, pero actuaba poco.

Un día, la oveja no pudo aguantarlo más al ver como el pastor les obligaba a todas sus congéneres a volver a casa cuando aún era pronto y se negó: se quedó allí plantada, parada y sin avanzar un solo paso. El pastor, que siempre había sido bueno con las ovejas se quedó estupefacto por la escena. Al final, cansado de insistir, la dejó allí. A la mañana siguiente, no se había movido del pasto.

Poco a poco, el pastor fue enfadándose con aquella oveja, pues se creía superior a ella y no la consideraba con derecho a que hiciese lo que la venía en gana, pero la oveja seguía igualmente sin obedecer. Al final, el pastor tomó la última decisión que le quedaba.

A lo largo de todo este tiempo, el resto de ovejas opinó todo tipo de cosas: las había que auguraban un mal final para la negra y las había que todos los días la daban ánimos y apoyos para seguir adelante; las había que pasaban por completo, y las había que la admiraban secretamente. Sin embargo, hubo una opinión que todos tuvieron en común: no merecía la pena arriesgarse a una posible represalia del pastor sólo porque otra oveja estuviese descontenta con él.

Y por fin, llegó el día en que el pastor se cansó de tantas estupideces y ejecutó definitivamente su decisión. Desde aquel entonces, las ovejas no volvieron a saber nada más de su congénere y decidieron que lo mejor sería olvidar aquel suceso y mostrar felicidad a su pastor.

lunes, 21 de mayo de 2012

Cenizas frías

Dicen que hubo un tiempo en que su alma era algo parecido a una hoguera, con fuego, de ese que da calor como a él tanto le gustaba, pero si eso fue alguna vez cierto, debió de ser hace ya mucho tiempo, pues ahora no quedan más que unas pocas cenizas frías.

Como toda hoguera, al principio el fuego bullía y se extendía consumiendo el aire como si quisiera salir de esos límites que le imponía el combustible al que estaba condenado a consumir para mantenerse. A pesar de ello, la pasión con la que prendía era innegable. Empero, de repente alguien decidió que aquel fuego ya había brillado demasiado y decidió divertirse un poco mirando a ver qué pasaba si echabas arena encima de ese fuego.

Pasó el tiempo, y para su fortuna, descubrió que a pesar de todo, el fuego se había logrado sobreponer a la arena, y aunque nunca brilló con la misma intensidad que antes, su fulgor seguía siendo cegador. A la gente lo menos que podía hacerle el ardor de su alma era asombrarlos.

Sin embargo, el hombre que había echado la arena en la primera ocasión no quería dejar de divertirse tan pronto, o tal vez un nuevo elemento hubiese decidido comprobar qué era tan divertido y añadió agua a la arena. El fuego parecía extinto, pero aún quedaban algunas ascuas naranjuzcas entre las aparentemente mortecinas brasas.

Recientemente, alguien removió esas ascuas y descubrió que aún podía prender el fuego, usando sus propias cenizas a modo de combustible. Sin embargo, el invierno se acercaba, y con él, el frío y su humedad acompañante que impidieron hacer terminar de prender el fuego. Aún hay quien cree que esas llamas puedan volver a arder con la intensidad de antaño, pero lo más posible es que esa hoguera no vuelva a pasar de ser más que unas simples cenizas frías y heladas.

lunes, 7 de mayo de 2012

El hombre sin mundo

Las aguas se movían con fluidez bajo el remo de mi compañero de barca, y si me había despertado, no había sido tanto por el chapoteo de éste en el agua como por el bamboleo de la balsa al desplazarse sobre las aguas calmadas, suponiendo que hubiese sido por algo relacionado con mi desplazamiento.

Según avanzada mi embarcación, no podía evitar dirigir miradas aisladas a las islas cercanas y a las no tan cercanas. Todas estaban habitadas, todas tenían un grupo de gente morando en ellas, viviendo allí y teniendo lugares a los que llamar hogar, sitios estables que siempre estarían ahí cuando los necesitasen, que los cobijarían cuando tuviesen miedo o padeciesen dolor. Y en esos sitios además, la gente se abrigaban mutuamente, porque todos eran como una gran familia que se acompañaban en sus mayores triunfos y se impedían mutuamente el caer en la miseria. Aparté la vista.

Sitios pequeños, medianos o grandes a los que la gente podía llamar hogar. A cualquiera le habría parecido lo más normal, porque todos lo tenían, pero yo era el hombre sin mundo, el vagabundo de las sociedades y el náufrago de su hogar y aquellas islas eran demasiado pedir para alguien como yo.

Me giré hacia mi compañero, pero descubrí que estaba solo. Miré a el piélago más cercano, y aunque la escena me dolió, no pude evitar que un esbozo de sonrisa se materializase en mi rostro... aunque tampoco tenía un espejo, de modo que nada me aseguraba que en realidad no fuese algo así como una mueca: mi compañero  estaba allí con los suyos, y al ver que les miraba con la melancolía en mis ojos, me sonrió, saludó e hizo señas con las manos para que me acercara. Negué con la cabeza mientras susurraba: "Esta vez no"

Habían sido ya demasiadas ocasiones en las que diferentes habitantes de la tierra firme me habían invitado a vivir con ellos, y aunque muchas veces había aceptado, ningún hogar había demostrado ser el mío, quizá porque la gente me fuese hostil, o tal vez porque había llegado tarde, pero en muchos casos sencillamente era algo así como un espectro, o un fantasma, pero no uno de esos que aparecen por la noche con una sábana blanca y te asustan, sino uno de esos a los que nadie puede ver ni oír.

Mientras había estado pensando en esto, había ido bajando progresiva e inevitablemente la cabeza hasta quedar mirando la oscura superficie del agua, pero de repente, agarré el remo, cerré los puños y levanté la cabeza al cielo nocturno, coronado por las estrellas. Metí el remo en el agua e hice un círculo con los brazos, y luego otro seguido de un tercero. Cierto era que aún no había encontrado mi mundo, pero aunque la pena fuese una digna rival, si quería encontrar ese mundo en el que una vez habría de habitar (suponiendo que existiese), no podía pararme y debía empezar a remar cuanto antes.

lunes, 23 de abril de 2012

Reflejos del pasado

-En fin... parece que me toca empezar de nuevo -suspiré mirando a través de la ventana del desván hacia la calle. Pero de cualquier modo, ya nada me retenía aquí.

Bajar las maletas iba a ser pesado, y aunque vendrían los mozos de la compañía de mudanzas a ayudarme, me gustaba ahorrar el trabajo, y aún tenía un par de ellas en la buhardilla, así como otras tantas en el primer piso. Empero aún quedaba para que estos llegarán, así que decidí dar una última vuelta por la casa.

Según deambulaba por esas paredes que me habían visto crecer, las que me habían visto formarme, las que habían conocido todos mis secretos y a todos mis seres queridos; no pude evitar posar las manos en sus suaves texturas mientras las recorría con un gesto nostálgico. Parecía mentira que me fuese a ir de aquí: esta ciudad había sido mi nido y siempre tendría un lugar especial en mi corazón, pero al fin y al cabo, era el único pájaro que seguía con las alas cerradas: todos los demás había volado ya y si yo no lo hacía era posible que la melancolía acabase terminando con mi alma.

De repente, me frené con un gesto seco. Ya me valía con la gilipollez. Mientras estaba aquí perdiendo el tiempo con pensamientos que no iban a ningún lado, los de la mudanza llegarían en cualquier momento, así que me dispuse a subir arriba para ir bajando alguna cosilla a la entrada.

Al volver al desván de nuevo, reparé en algo que me pregunté como no me había podido dar cuenta antes: al fondo, apoyado en una pared, había algo tapado por un manto. Creía saber lo que era, pero no estaba seguro. Lo cierto es que llevaba mucho tiempo sin haberlo mirado siquiera.

Retiré el manto y comprobé que sí, que era lo que creía: un magnífico espejo con un precioso marco de madera bañada en oro que a pesar de la leve luz que se colaba por la ventana dando al lugar un ambiente de penumbra, parecía brillar con brillo y fulgor propios. O mejor dicho, parecería, pues estaría cubierto de polvo hasta la médula, si tuviese. Me dio una pena terrible. Aquel espejo había pertenecido a mi padre, y a su vez, a su padre antes que él, y previamente a mi bisabuelo, y así constantemente. Ahora, casi parecía más una reliquia de Jerusalén olvidada que cualquier otra cosa. Inevitablemente, sonreí al verlo.

Había estado usando como pañuelo el manto que antes lo cubría y según iba perdiendo el polvo, me iba trayendo recuerdos, como si los reflejos no fueran imágenes mías realmente, sino de un yo enterrado en las arenas del tiempo sin método alguno para salir. Los reflejos eran de un chiquillo cuya sonrisa no salía del rostro ni vendándole toda la cara,; de un chavalín al que no le importaba que la vida fuera complicada, porque mientras tuviera amigos todo saldría perfecto; de un criajo que sabía conformarse con cualquier cosa sin dejar de ser feliz. Me pregunté dónde estaría ese niño ahora.

¡Y otra vez! Sacudí la cabeza con un gesto brusco, como intentando cargarme estos pensamientos que ahora me valían de entre poco y menos, eché el manto otra vez por encima y comencé a bajar las cajas.

Cuando todas las cajas estuvieron ya en el camión de las mudanzas y todas las puertas de la casa cerradas, me monté en el coche y arranqué, rumbo a mi nuevo destino. El espejo, por supuesto, se quedó en su sitio. Era una pena tener que abandonar algo que había pasado de padres a hijos desde hacía demasiadas generaciones, pero llevarlo conmigo lo único que haría sería obligarme a mirar al pasado, un pasado que ya debía quedar olvidado si quería seguir adelante.

lunes, 19 de marzo de 2012

El Regreso del hombre derrotado

Era una noche oscura como pocas. Pero para él, casi con toda certeza la oscuridad no procedía del cielo, sino de su propio fuero interno. A esas horas, los caminos casi no se veían, y cualquier pequeña irregularidad que hubiera podido haber en el suelo, por estúpida que fuera, habría tenido muchas posibilidades de llevarse su vida. Sin embargo, el hombre seguía deambulando; sin saber muy bien de dónde venía, y mucho menos a dónde iba; sabiendo únicamente que quería huir de las armas.

Pie tras pie, paso tras paso, camino tras camino, el hombre terminó encontrando un par de luces en el horizonte. No eran unas luces muy llamativas, ni poderosas, ni mucho menos una de esas luces que le inspiran a un hombre la tranquilidad del hogar, pero le hizo ver que había alguien más en su ruta, con quien quizá pudiese compartir el pan y descansar antes de continuar buscando su meta.

Cuanto por fin las luces cambiaron de estar en el horizonte, a estar casi al alcance de su mano, aquel guerrero rendido pudo observar una silueta semejante a la de una casa, pero no tuvo ninguna otra pista: no sabía si sería un tanatorio, un hospital, un albergue, o simplemente el hogar de una pequeña familia de campesinos que buscaban una vida tranquila lejos de todas esas guerras que tanto parecían fascinar a los grandes señores.

Detestaba tener que hacerlo, pero desenvainó su espada, y buscó la puerta tanteando con las manos. No quería tener que volver a luchar nunca más, pero mucho menos quería morir. Nunca le había apasionado la muerte, a pesar de que le parecía tranquila y el no quería más que calma... pero era imposible predecir si aquella busca de calma sería constante o tan solo temporal. Cuando por fin encontró un picaporte, lo bajó. No sabía la puerta estaría con llave o no, pero si no lo intentaba, nunca lo sabría. No pasó nada, o al menos, en lo que a la puerta respecta, pues un constante murmullo del que el antiguo luchador no se había percatado cesó de repente. Inmediatamente, sus músculos se tensaron y se puso en guardia, alejándose tres o cuatro pasos de la puerta como precaución frente a cualquier cosa que pudiese pasar.

Durante unos segundos que parecieron horas, tan sólo se oyó el sonido de los grillos. Y cuando estuvo a punto de darse la vuelta, oyó el sonido de una metal oxidado contra una madera. Se quedó como estaba, apuntando con la espada hacia la puerta.

Cuando esta se abrió, no había más luces detrás que las de dos antorchas sujetadas por un adolescente y una mujer, inmediatamente detrás de un hombre corpulento que parecía tener un montón de niños a sus espaldas, sosteniendo una horca a modo de arma  de asta.

-¿Q-qué qui-quieres? -preguntó el hombre con voz temblorosa. El espadachín supo que aquel posible campesino tenía más miedo que él mismo, así que envainó el arma, pero continuó en guardia.

-Tranquilo bueno hombre. Tan solo soy un peregrino en busca de mi camino, pero tal y como está la noche, creo que me costará encontrarlo... ¿podría refugiarme con vos y su familia esta noche?

-No... lo sent-sentimos, pero n-n-no pue...puede -y cerró la puerta rápidamente.

El hombre se volvió a quedar solo, amparado únicamente por las tinieblas que cubrían su alma, y también un poco por las que procedían del cielo. Sabía que a la gente no le gustaban los desconocidos, y mucho menos cuando estos tenían algún arma con el que defenderse, pues a los otros al menos se les podía traicionar.

El sueño comenzaba a poder con él, pero tenía miedo de que las sombras lo asolasen, como temía que harían si llegaba a dormirse. Buscó algo de madera, y trató de encender un fuego apilando palos y frotando dos, pero estaba demasiado húmeda.

A pesar de toda la actividad que estaba realizando, los párpados se le volvían cada vez más y más pesados, los ojos se le cerraban, y aun en contra de su voluntad, se sumió en el sueño.Aunque quizá sería más acertado decir pesadilla.

Se encontraba en un páramo yermo como pocos, con algún árbol ocasional y marchito de ramas caídas, como mostrando su estado de ánimo. La tierra era de un marrón muerto, y el cielo, completamente cubierto de nubes con tonos grisáceos sin vida ni alegría algunas. Al observarlo mejor, comprobó que había alguna que otra tumba, y que aquello era un cementerio.

De repente, empezaron a salir sombras de sus pies, de los troncos y de las lápidas. Las sombras se acercaron rápidamente a él, trepando por su cuerpo y ejerciendo fuerza hacia abajo. A pesar de los intentos por mantenerse erguido del luchador, acabó cayendo con terribles alaridos y gritos de dolor.

***

Al cabo de unos días, una caravana mercaderes que iba de camino a la capital por una ruta poco transitada tuvo que parar porque algo bloqueaba el paso. Se habían encontrado un cadáver muerto por causas desconocidas. Lo único que vieron de inusual, fue el rostro y la posición: parecía más aterrado de lo que cualquier hombre haya podido estarlo... un miedo que había llegado al dolor; y el dolor, a la muerte.

lunes, 5 de marzo de 2012

Luchador nato

Abres los ojos y en un primer momento, no ves nada. Más tarde, cuando se te acostumbra la vista al lugar, puedes observar que estás en una sala oscura sin más salida que un pasillo relativamente estrecho y con las paredes enladrilladas. No tiene ventanas, pero a lo largo del pasillo hay parejas de antorchas iluminando y dotando de matices amarillentos a la salida.

Como es evidente, no te apetece quedarte encerrado, y te dispones a salir. Pero una voz resuena en tu interior: "¿Otra vez vas a huir encubriéndolo con una mala excusa?". Miras a tu alrededor, pero no ves nada. Te preguntas a qué se refieren esas palabras. No tienes más opción, salvo quedarte encerrado y terminar muriendo de hambre.

Según giras sobre ti mismo buscando el origen de la voz, observas algo de lo que no te habías percatado: detrás de ti, en la pared, hay colgado un escudo de armas con dos espadas en cruz colgando y por fin lo comprendes. A lo largo de tu vida, te has dedicado a huir. Querías derechos, pero no peleabas por ellos. Querías fortuna, pero no hacías nada por lograrlo. Querías amor, pero siempre te guardabas para ti esas palabras que siempre quisiste decir... Pero eso debe acabar. Huir no sirve para solucionar los problemas; sólo para postergarlos y por primera vez pareces comprender que si no luchas por ti mismo, nadie más lo hará.

Con estas últimas palabras en la cabeza, te acercas a la pared en la que está esa revelación. Con miedo por no saber como hacerlo correctamente, coges la espada cuyo refulgente filo destella como con vida propia llamándote, pues se ha pasado toda la vida esperándote. Y al empuñarla, por un momento parece que se te caerá, pues nunca has tenido una en tu mano y no sabes cómo cogerla. Pero sólo es una falsa apariencia.

Al momento, te das cuenta de que siempre has empuñado esa espada. No es un objeto que agarras con tu brazo; es un objeto que prolonga tu brazo. Siempre, desde el momento en que naciste, habías tenido esa espada, la habías llevado, la habías usado instintivamente cuando no tenías otro remedio y ella nunca te había fallado.

Te relajas, y dejas el cuerpo descansado. La espada cae y la punta golpea contra el suelo, haciendo resonar con un eco metálico toda la habitación. También tu cabeza cae, así como sus párpados e instantáneamente pasan por tus ojos cientos de escenas de batallas perdidas. Te das cuenta de que no perdiste por estar desarmado, sino porque no supiste siquiera que tenías un arma. Pero te dices a ti mismo que esto no volverá a pasar.

Las imágenes siguen fluyendo y comienzan a acercarse sucesos cercanos, de esos que cuando crees que por fin han cicatrizado son abiertos por algún idiota que nunca supo lo que era perder y eso le hace creerse con derecho a ser superior a esos que como tú fracasaron constantemente en su lucha por ser alguien y salir de tu cuarto oscuro, fuese por miedo, indecisión o falta de voluntad. Notas como la rabia comienza a bullir en tu interior.

De repente, recuperas las fuerzas, descubriendo que siempre las habías tenido. Tu puño se cierra con fuerza y la espada se levanta.Tu cuerpo se tensa, tu espalda se yergue y tu cabeza deja de estar enfocada al frente, pues en una pared delante de ti, las sombras bailan burlonas. Abres los ojos. Por un momento, estás a punto de golpearlas, pero en el fondo sabes que es inútil, y sólo serviría para gastar fuerzas y mellar tu filo.

Después de mucho respirar profundamente, te das la vuelta, mirando otra vez al pasillo que viste cuando abriste los ojos por primera vez y dando la espalda a todas esas sombras. El fuego de las antorchas es insignificante comparado con el que arde en tus ojos. Ves que las teas comienzan a apagarse y sabes que es esa ocasión o nunca. Con las fuerzas renovadas, te adentras en la oscuridad dispuesto a vencer cualquier cosa que se te eche encima, pues es lo que siempre hiciste sin darte cuenta. Con las fuerzas renovadas, demostrarás al resto del mundo y a ti mismo, quién eres. Con las fuerzas renovadas, comprenderás que siempre fuiste un luchador nato.

lunes, 30 de enero de 2012

Si fuera una sombra...

Todo era una mierda. Lo único que quería era saltar y desaparecer, que por más que lo intentasen, nadie le encontrase, largarse a un lugar desconocido e inexplorado donde pudiese ser él mismo, y estar solo. Le dolía la sociedad...


Pero no era posible. Vivía en una familia, la necesitaba para cubrir sus funciones básicas y tenía que ir día tras día al instituto. Este conjunto de hechos hacía que en cuanto su presencia dejase de notarse durante uno o dos día, todos comprenderían lo que había pasado y le buscarían.


Siempre estaba la posibilidad del suicidio. Sin embargo, para él, eso era una rendición, y ya de pequeño juró que si perdía, sería por mérito de su rival, y no por su rendición. Además, había prometido a un par de personas que de verdad le importaban que jamás se suicidaría, aunque él bien sabía que era absurdo: cuando estás muerto, nada de lo que haya dicho o hecho importa. No. La verdadera razón por la que no se suicidaba se llamaba miedo, aunque dijese que la muerte no le asustaba.


Pero lo que la gente no sabía, es que las posibilidades de una persona no terminan ahí. O quizás sí. Pero la gente siempre se olvidaba de las sombras, a pesar de que las sombras siempre estaban allí. Afortunadamente, para él, eso, en ese momento concreto, era bueno. No quería que se acordasen de él, y no lo hacían. Se fundía con las sombras, pasaba a formar parte de ese mundo secundario pero omnipresente que la gente con tanta facilidad ignoraba.


Los primeros en preocuparse fueron su familia. Al ver que no llegaba a casa, y que parecía tener el móvil apagado, se intranquilizaron y llamaron a la policía. Su madre pasó la noche llorando.


Al día siguiente, en clase, la mayoría de sus compañeros y profesores supusieron que estaría enfermo. Sólo unos pocos trataron de comunicarse con él al volver a casa, todos sin éxito.


Pero él seguía allí, solitario y silencioso, aunque vigilante, reflexionando y meditando sobre cómo interpretar los hechos y lo que tenía que hacer. Disponía de toda una vida en la que bien podía no hacer nada, o bien podía aparecer y...


-¡Ey! ¿Qué es esto? ¿Ya estás escribiendo otro relato? Déjame leer, anda.

-No. Lo siento pero es privado. Ya te dejaré leer el siguiente que escriba.

-¿Y qué haces escribiendo en clase cuando no hay ningún profesor? Déjame leer, venga -y sin previo aviso, me cogió la hoja y se puso a leer.

Y en un primer momento, traté de quitársela, pero desistí, pues lo máximo que lograría sería romper la hoja, y allí estaban plasmados una buena parte de mis sueños y emociones, y desde luego que lo último que quería era romperlo.

Al poco rato, puso una cara que, aunque no lo hizo abiertamente, era como que se estaba riendo de mí. No pude contenerme y, sin previo aviso, le solté un puñetazo en toda la nariz, haciéndole sangrar casi al momento.

De repente, se  paró el tiempo. Todas las miradas estaban fijas en mí. Comprendí que había obrado incorrectamente. Estuve a punto de morir de bochorno, aunque creo que fue lo mejor que podía hacer. Tan sólo quería desaparecer, pero ya poco importaba. Con lo fácil que hubiera sido si fuera una sombra...

viernes, 27 de enero de 2012

El campo de los caídos

Oigo un ruido. En un principio no pasa nada, pero luego se repite. Son graznidos. Abro los ojos, confuso y con los recuerdos hechos todos un lío, en mayor medida cuanto más se aproximan al presente.. Me levanto y miro a mi alrededor. Al principio, no veo nada porque mis ojos necesitan volverse a acostumbrar a ver. A los pocos segundos, prefiero que estos se hubiesen quedado como antes. Delante de mí se encuentra un campo de batalla lleno de cadáveres con cuervos dándose un festín. En un primer momento, me entra el pánico, pero como eso no va a servirme de nada, y los muertos no pueden hacerme daño, decido pararme a pensar con la cabeza fría.

Es curioso, pero siempre me había imaginado los campos de batalla como páramos mustios, sin apenas vegetación, siendo esta algún que otro árbol deshojado y aislado de haberlo, con la tierra de color gris y el cielo cubierto por nubes del mismo color, salvo quizás, alguna ligeramente más pálida que el resto. Y por supuesto, cadáveres; cientos de cadáveres, unos apilados encima de otros hasta donde alcanza la vista, y sangre a raudales, corriendo a su antojo por todo el campo en tantas cantidades que no hay forma de que se seque. Sin embargo, la realidad con frecuencia dista mucho de la ficción. Sobre mi cabeza, apenas hay nubes; el sol brilla como si quisiera gastar de una sola vez todas sus energías; y el azul celeste resplandece como los zafiros. Y delante de mí, la tierra no es gris como pensaba, sino de un marrón intenso, con hoyos por aquí y por allá, trincheras, cadáveres con heridas pero sin sangre a su alrededor como imaginaba, y algún que otro tanque destrozado. Sin embargo, hay algo que no cambia en ninguna de las dos visiones: son cuervos.

De pequeño, siempre había visto muchas películas repletas de guerras y había leído muchos libros con la misma característica. El único personaje que coincidía en todos era el cuervo. Y de tanto verle, se acabó convirtiendo en mi animal favorito. De hecho, recuerdo haberle pedido muchas veces a mi padre que me llevase en coche al campo a ver cuervos.

Pero por más que me esfuerzo, soy incapaz de recordar dónde estoy y por qué estoy allí.

Afortunadamente, al poco rato recuerdo que siempre llevo el móvil encima y empiezo a palparme por todos los lados para ver si lo encuentro. Nada. Imposible. Empieza a vencerme el miedo: miedo de quedarme para siempre abandonado en un lugar en medio de la nada y sin contacto con nadie. 

Media hora más tarde, Estando tumbado en el suelo, esperando a que los cuervos me confundan con un muerto, oigo un ruido de interferencias en un cuerpo cercano. Me levanto tan rápido como puedo y voy corriendo.

-"¡TENIENTE! ¿Me recibe o no? Cambio."

-¡Sí! Digo, no, está muerto. Yo soy el único superviviente. Cambio.

-"¡Identifíquese soldado! Cambio."

-No recuerdo mi número, ni que hago aquí, sólo sé que quiero irme de aquí. Por favor, ¡vengan a recogerme, o por lo menos, indíquenme como salir de aquí! Cambio.

-"Lo sentimos, pero sin conocer su identificación no podemos hacer nada por usted. Cambio y corto."

-¡No! ¡No puede hacerlo!

Pero lo cierto es que lo hacen. Durante varias horas después, busco más walky talkys, o algún móvil, o lo que sea, pero no encuentro nada. Sigo así hasta que se pone el sol y no puedo seguir buscando. Apenas me quedan fuerzas, y supongo que a la mañana siguiente estaré muerto, caído, y formaré parte como otro miembro más del campo de los caídos.