Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

lunes, 21 de noviembre de 2011

Lágrimas del cielo

En la calle, era de noche y llovía. Las gotas caían con firmeza y mojaban sin piedad a cualquiera que no estuviese a cubierto. Los soportales estaban abarrotados de gente, y fuera de cualquier cobijo, podía considerarse suerte encontrar circunstancialmente algún perro vagabundo.

Pero todo eso ocurría al otro lado de la ventana porque la que miraba un niño de no más de siete años.  Eran las diez y media, quizá las once y tenía la luz encendida. Se fue a girar para sacar la almohada y terminar de tener la cama preparada cuando se encontró con su padre apoyado en el marco de la puerta.

-¿No tendrías que irte ya a la cama?

-Es que no puedo dormir. No tengo sueño, y además la lluvia es muy bonita. -contestó el hijo-. ¿Podrías contarme un cuento?

El padre soltó un suspiro exasperado y le miró con cara de resignación:

-¿Y después te duermes?

-Sí.

-¿Me lo prometes?

-Sí, de verdad de la buena.

-Está bien. Te voy a contar la historia de la primera lluvia. Escucha atento, porque esta historia ha pasado de padres a hijos y muy poca gente la conoce.

El hijo se metió en la cama, se sentó y se acurrucó bien con las mantas. Sabía que la historia ya había comenzado:

Hace mucho tiempo, cuando aún había dragones sobre la Tierra, existió sobre esta un hombre. Nadie sabía su verdadero nombre, pero todos le llamaban Sabio. Sabio había dedicado toda su vida a viajar por el mundo, y a lo largo de todos sus viajes había aprendido muchas cosas. Conocía el secreto de la pólvora gracias a sus viajes por el lejano Oriente, conocía los grandes secreto de los números gracias a sus largas charlas con los sultanes de Arabia y conocía los secretos de todas y cada una de las hierbas y animales gracias a sus participaciones en los ritos de África.


Pero la única consecuencia de sus viajes no eran todos los conocimientos que adquiría. A lo largo de sus viajes, había conocido a muchas personas, y era querido por todo el mundo. Su fama se había extendido gracias a las palabras de buenas personas y siempre era bien recibido allí adonde iba. Todo el mudo le quería.


En una ocasión, durante uno de sus viajes por Europa, se encontró con una población de campesinos. Todos parecían apenados, y cuando Sabio les preguntó qué les pasaba, éstos le miraron con cara entristecida y le respondieron:


-El río que regaba nuestras tierras se ha secado. Los animales han muerto, los cultivos no han crecido y nosotros seremos los siguientes.


Sabio se sentía desgraciado porque no se veía capaz de hacer nada por aquellos pobres hombres, así que se alejó unos cuantos metros, y se sentó sobre una roca a meditar. Al cabo de un rato, abrió los ojos y supo lo que tenía que hacer.


Nadie volvió a saber nada de Sabio nunca. Algunos dicen que las nubes se apenaron tanto, que se pusieron a llorar irremediablemente. Otros cuentan que Sabio subió a los cielos para convencer a las nubes que a los campesinos les hacía falta agua. Otros en cambio, atestiguan que lo que sucedió fue que aquellas primeras gotas fueron la sangre de Sabio y que el resto les tomó ejemplo. Lo que si está claro, fue que a aquella población no le volvió a faltar el agua nunca.


La historia fue seguida de un silencio que apenas duró un par de minutos. Éste fue interrumpido por el hijo, quien comentó:

-¡Me ha gustado mucho! ¡Y a mí que no me gustaba que hubiese lluvia por el día porque no puedo jugar!

-Ya, pero es necesario para la vida, porque si no, los ríos se secarían. Y venga, yo he cumplido mi parte del trato, así que ahora a dormir.

-¡Vale papá! ¡Buenas noches! ¡Que descanses!

-Buenas noches -y apagó la luz.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Mendigo

Estaba como otros tantos días en el supermercado, mendigando para intentar conseguir algo que llevarme a la boca. No era como el resto de mendigos. No intentaba dar la mayor pena posible, sino sencillamente, hacer ver a los demás que yo era sincero. En mi cartel, en lugar de poner, que tengo montones de hijos y demás paparruchadas por el estilo, no ponía más que la verdad: "Nada les obliga a darme nada, pero tengo hambre, no tengo trabajo y tampoco comida". No servía de mucho.

De repente, oí a un niño decirle a su madre: "¡Mamá, mamá! ¿Me das dinero?", ésta le respondió que para qué, y el niño contestó: "Para que ese hombre pueda comprar algo de comer". Supuse que se refería a mí, así que alcé la cabeza. Un chico de no más de ocho o nueve años estaba esperando a que su madre le diese dinero mientras salían por la puerta del supermercado y tras recibirlo, se me fue acercando. Al poco rato, había cincuenta céntimos más en mi cestillo, suficiente para una barra de pan. Hoy tenía comida.

-Muchas gracias, chiquillo. Eres una buena persona -le dije con una sonrisa he intentando poner la mejor cara posible a pesar de mis dientes amarillentos y mi barba desaliñada.

-De nada señor, pero no se preocupe: seguro que Dios le cuida cuando llegue al cielo -opinó él con una voz tan cándida que se me alegró el día sólo de oírla.

-Sí, eso espero -no quise decirle que si Dios hubiese existido alguna vez, todo sería muy diferente. Aún era un niño y tenía mucho por aprender.

-Venga Carlos...

-Bueno señor, me tengo que ir. Cuídese y no gaste el dinero en tonterías.

-Eso haré chaval, eso haré. Muchas gracias.

Siempre me había gustado tratar con niños. Eran tan inocentes que nunca se sabía por dónde iban a salirle a uno. Recordé que yo de pequeño había sido igual. Quien no tanto, era mi madre. Nunca se había fiado de los desconocidos. Pensaba que todos los mendigos eran unos farsantes que lo único que querían era sacar unos dinerillos adicionales a los de su trabajo. Y eso pensé yo cuando empecé a crecer, influenciado por mi madre. Pero no tardé en darme cuenta de que sencillamente, eran personas que de jóvenes habían sido demasiado vagos como para labrarse un buen futuro. Lo entendía: al fin y al cabo, a pesar de que de pequeño yo siempre había sido muy inteligente, nunca fui trabajador y estudioso.