Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

miércoles, 19 de octubre de 2011

El final de mis días

Acababa de salir por la puerta el sacerdote, tras hacerme la unción. Yo nunca había creído en Dios, ni siquiera de pequeño. Cuando me preguntaban: "¿Crees en Dios?", yo siempre respondía que sí, he incluso intentaba convencerme a mí mismo de que estaba respondiendo sinceramente, aunque sabía que no. Sin embargo, mentía por lo mismo por lo que quería creer en él: porque creía que era malo no creer en él, y yo no quería actuar mal. Con el paso del tiempo, aprendí que no es malo, pues cada uno tiene sus ideales, y si eres incapaz de creer en algo, no merece la pena tratando de cambiar tu naturaleza. Además, según fui creciendo, me hice a mí mismo la promesa de que no iba a mentir nunca, lo cual, en cierto modo, me hizo aprender a valorarme y demostrarme que tengo que estar orgulloso de quién soy. Sin embargo, había dejado que me hicieran la unción por pura insistencia de mi mujer y mi hijo, pues ambos eran buenos creyentes, especialmente mi mujer, y que siempre había creído en él desde que la conocí.

Al poco de cerrarse la puerta, esta se volvió a abrir, más lentamente, y asomó la cabeza mi mujer.

-Pasa -le pedí, y ella accedió.

-Cariño, ¿qué tal te encuentras?

Mal. Pero me contuve. Si bien era cierto que me prometí que no mentiría nunca, aprendí que eso es absurdo. A veces hay que mentir para no hacer daño a la gente que quieres. Y de todos modos, no era una mentira completa, pues mi malestar era únicamente espiritual, puesto que físicamente no notaba más de lo que se debe sentir al flotar en una nube.

-Perfectamente.

Me agarró de la mano.

-Prométeme que me esperarás.

Con un terrible esfuerzo, traté de emular el gesto con la mano libre.

-Te lo prometo.

Así era mi mujer. Creía que había otra vida más allá para las buenas personas. En aquel momento de la vida, ya no sabía que pensar, pero si era cierto, ella iría seguro. Mi mujer pensaba que yo también, y de hecho, cualquier persona a poco que me conociera me consideraba una buena persona. Yo me lo callaba, pero sabía que era porque no me conocían bien. Mi mujer no. A ella pocos se lo decían, pero era la mejor persona que había conocido en mi vida, y si todo el mundo fuese la mitad de bueno que ella, no me cabe ninguna duda de que sería mejor que el paraíso.

Tenía los párpados cansados. Le deseé a mi mujer buenas noches y, en contra de su petición, no pude evitar cerrarlos... y me encontré con el pasillo de un museo de arte. Me fijé en los primeros cuadros y vi a un niño con el pelo brillante y la cara redondita tumbado en una cama, sin más de dos años. Después vi a un adorable chiquillo que acababa de empezar su primer día de clase. Al cabo de un rato me di cuenta de qué estaba viendo: era mi vida. Cuando llegué al cuadro de un pobre anciano tumbado en la cama, se apagaron las luces.