Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

lunes, 29 de agosto de 2011

El caso Laura

Laura llegó a su casa asustada. Tocó el timbre, no sin ciertos temores y esperó. Aquel anciano cascarrabias tenía una fama peor que la del coco –si eso era posible- entre los niños del barrio. Sin embargo, ella se había comprometido a intentarlo. Tenía que conseguir venderle por lo menos tres paquetes de galletas. Era la única casa del barrio a la que aún no habían ido en el colegio, y necesitaban otros quince euros para que les financiasen la excursión de fin de curso.

De repente, la puerta de la misma madera oscura, tétrica y marchita de toda la casa, se abrió y un hombre cuya edad rondaría el siglo, con arrugas por toda la cara y nariz picuda apareció por detrás de ella. Tenía la cara amargada y parecía molesto, como si le hubiesen interrumpido de hacer algo más importante que atender a una niña de nueve años.

-¿Qué se te ha perdido en esta casa? –preguntó con un tono despectivo que asustaba a todos los niños que alguna vez habían osado llamar a la puerta.

-Disculpe señor –la niña intentó poner su voz más tierna y dulce-, pero he pensado que tal vez le gustaría…

-No, no me gustaría. Ya te puedes ir –y cerró con un portazo en la cara de la niña.

La chiquilla siguió insistiendo, pero en vano. Al final, cansada, se decantó por darse la vuelta y volverse a su casa.

*****

Habían pasado ya dos años desde que se abrió el caso Laura. Nunca se llegó a encontrar el cadáver de la chica, desaparecida unas pocas semanas antes de la excursión de fin de curso, y como en todos los casos de desapariciones, a los seis meses sin novedades, después de tanto hablar sobre ello, ya casi nadie se acordaba de lo que había ocurrido. Sin embargo, algunas personas que habían visto al hombre de la casa más gutural del barrio antes y después de la desaparición, aseguraron que después de ésta el hombre parecía unos diez años más joven.

sábado, 27 de agosto de 2011

La espada (2ª parte de "Sangre y honor")

De repente, el hombre pareció darse cuenta de que tenía la vista clavada en él, porque me devolvió la larga mirada y el público gritó clamando sangre. Yo tenía mi equipo cogido y preparado, aunque con los brazos relajados, pero el otro hombre estaba completamente desarmado. Yo recé a los dioses porque él estuviese como yo y no tuviera ganas de seguir luchando, con más fervor aún cuando se agachó para arrancar del cuello del rey de la selva su tridente y recuperar su red. Me volvió a mantener la mirada, con un destello de frenesí en sus iris oscuros.

Doblé los brazos y los puse en tensión ante la sensación de que en cualquier momento arremetería contra mí. Mi predicción no tardó ni segundos en cumplirse y su tridente se acercaba a mi cuello por momentos. Alcé el escudo para protegerme. Primer error. Cuando me quise dar cuenta, una red me cayó encima y una embestida me desequilibró.

La caída al suelo levantó polvo en las arenas del coliseo cegándome mientras una multitud aclamaba al hombre que, como ellos, estaba sediento de sangre. Solté mi equipo para frotarme los ojos y quitarme el polvo de ellos. Segundo error. Mi gladius se coló por los agujeros  y cayó al suelo, dejándome sin ella. Mi rival, viendo una enorme ventaja en ello, se agachó para recoger mi arma y darme el golpe de gracia. Era algo sencillamente ridículo: asesinado por tu propio arma.

Sin embargo, yo no estaba dispuesto a morir de una forma tan humillante, así que en cuanto se agachó un poco, rodé sobre mí mismo, le embestí intentando que cayese al suelo y saqué la mano para recuperar mi arma. Con ella, corté la red que me inmovilizaba y antes de que aquel supuesto gladiador pudiese hacer nada, le degollé en con un tajo certero. El público estalló en aplausos y gritos de júbilo, a pesar de que su favorito había muerto. No importaba. Tenían un nuevo favorito.

martes, 16 de agosto de 2011

La dura verdad

-¿Y dice que se llama Eaglesoul?

-Sí, así es.

-Un nombre un tanto peculiar, ¿no le parece?

-Es posible.

Lo cierto era que no me gustaba nada aquel tipo. Parecía ir a su rollo, como si el resto de personas no puediésemos hacerle nada y fuéramos inferiores a él. Le enfoqué con la lámpara directamente a los ojos hasta que sus pupilas no fueron mayores que un grano de arena. Ni se inmutó.

-¿Sabe por qué le hemos cogido?

-Imagino que no tienen nada mejor que hacer.

Ese individuo iba a acabar poniéndome completamente de los nervios. Estaba acusado de haber puesto la bomba que había destrozado la sede central de McDonald’s, pero se hacía el sueco del mismo modo que si aquello fuese algo típico que podía hacer cualquiera, en cualquier momento tan sólo porque le diese la gana.

-Está usted acusado de haber volado el lugar central de una de las mayores cadenas de restaurantes de comida rápido del mundo. Ha matado a cientos, si no miles de personas. Y usted se comporta como si no hubiera pasado nada. ¿Sabe que puede caerle cadena perpetua e incluso la muerte si se niega a cooperar?

-Hagan lo que quieran. Pero antes de ello, respóndame a una pregunta, señor inspector jefe: ¿Cuál es la condena para extorsionadores, manipuladores y demás hombres corruptos?

Le miré con cara extrañada: ¿qué me estaba diciendo este hombre ahora? ¿Trataría de distraerme para fugarse? No, no podía ser eso: estaba demasiado relajado.

-¿Qué se trae entre manos?

-Yo nada. Sencillamente me gustaría saber cuál es su castigo, el de los grandes empresarios, el de los políticos y demás personas que se limpian el culo con nuestros billetes y se alimentan de nuestro…


Han pasado ya veintiún años y hoy es el día que por fin he podido salir de la cárcel. Aún me pregunto por qué apreté el gatillo aún teniendo en cuenta que sólo quería provocarme. Creo que sé y siempre he sabido la respuesta, pero sencillamente me gusta tan poco que no quiero creer que sea cierta. Al fin y al cabo, aún no he conocido ningún hombre al que le guste que le digan la más pura, completa y absoluta verdad.