Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

miércoles, 29 de junio de 2011

Arañas en el bosque

Bosque de Lerouc. Hace ya veinte años que dicho bosque fue invadido y poblado por arañas gigantes. Los humanos de los alrededores al principio apostaron centinelas por las noches, con barriles de brea y antorchas en cada puesto de las improvisadas atalayas. Sin embargo, las arañas eran negras como la noche, de forma que hasta que no terminaban de escalar, momento en el que las arañas clavaban sus ponzoñosos colmillos en los cuellos de los desprevenidos guardias o atravesaban su pecho con patas perforantes como espadas. Como consecuencia de dichos ataques, los pueblos de alrededor no habían tardado en quedarse vacíos. Cuando moría cualquier persona capaz de luchar, los arácnidos usaban una segunda mandíbula somnífera para secuestrar a los tiernos niños y a las dulces mujeres a sus guaridas para que sirviesen como alimento a sus crías, a las que previamente había dejado en coma su reina.

Nuestra historia se centra en una de estas víctimas, un hombre al que las arañas cometieron el descuido de no dejar en estado de coma al llegar a la guarida mediante una picadura de la reina. Sin embargo, éste hombre está dentro de un capullo, como el resto de víctimas. La diferencia radica en que esta víctima posee una espada corta. La tela en la cual está tejido el capullo es pegajosa, además de resistente, pero nuestro hombre es más fuerte y al cabo de unos veinte minutos, consigue empezar una pequeña apertura en su envoltorio. Se libera y una expresión de asco acude a su boca en forma de un sonido obsceno.

Se siente algo mareado y confuso. Tanto tiempo en el capullo ha hecho que la existencia le resulte desconocida. Da un paso vacilante y tembloroso, en el cual tropieza y se tiene que apoyar en el árbol más cercano. Se reincorpora y sigue andando. Al principio le cuesta y sigue cayéndose, pero al ir avanzando recupera el paso firme hasta andar a la perfección. Parece que está a punto de escaparse, cuando pisa una rama que nunca debió estar en su camino, llamando la atención de las arañas cercanas.

El hombre comprende el error que ha cometido...  pero lo comprende demasiado tarde. Hace lo único que se le ocurre: correr, pero no está preparado para empezar a correr tan pronto, y se agota enseguida. Intenta darse la vuelta y ve dos arañas del tamaño de cerdos bien cebados persiguiéndole a través de los árboles como perros del diablo siguiendo el rastro del pobre desdichado que trata por encima de todo, librarse de su tormento. Al ver sus velocidades, comprueba que no tiene modo de escapar y que, aunque esté débil, la única opción que le queda es plantar cara y luchar.

Según sus perseguidoras le siguen, adopta una posición defensiva adecuada, lo más abierta posible, lo cual puede parecer absurdo, pero contra seres que pueden trepar con la misma facilidad que andan, es más práctico estar atento a la retaguardia y los flancos, que a estos con el añadido de las alturas. Desenvaina su espada y aunque no es un mandoble, ni siquiera una espada bastarda, la empuña firmemente con sus dos manos, dispuesto a recibir la acometida de los arácnidos, y en cuanto estos estuvieron cerca, el atemorizado prisionero recién liberado comenzó a lanzar tajos a diestro y siniestro. La primera araña, impaciente por acabar cuanto antes se ha acercado tan rápido que no ha tenido tiempo para detenerse frente a los espadazos, y por lo que en poco tiempo, no es más que un pedazo de exoesqueleto destrozado. La otra araña en cambio ha sido más precavida y se ha detenido. No se puede acercar, pero el hombre tiene miedo, y si sigue así, pronto se cansará, por lo que será un blanco fácil.

En un momento de lucidez, el sujeto comprende lo que intenta al arácnido, y deja de lanzar tajos a diestra y siniestra. Recuerda que antes siempre llevaba consigo una pareja de cuchillos arrojadizos y prueba a ver si los sigue llevando consigo. Comprueba que sólo uno, y sin detenerse a pensar en como puede haber perdido el otro, saca el que le queda, y en un movimiento relámpago lo arroja frente a su enemigo. El artrópodo gigante comprende lo que ocurre demasiado tarde, y su caparazón es atravesado violentamente por la pequeña arma blanca. Aprovechando el momento de inconsciencia, dado que el prisionero no sabe si tiene delante un cuerpo inerte o no, se aventura a lanzar el golpe de gracia con un grito, y parte en dos al monstruo, clavando la espada en el suelo por la violencia del golpe.

Cansado, pero desahogado de una rabia desconocida que ha ido acumulando a lo largo del combate, levanta la vista del cuerpo separado en dos mitades, sólo para ver que está rodeado de gigantescos monstruos de ocho patas...

***

-¿Has oído algo? -pregunta Vermek a su compañero de guardia.

-¿Te refieres a los pájaros? No le des importancia. Este bosque está maldito desde hace veinte años. Pero mientras estemos fuera, con un poco de favor de los dioses, no nos pasará nada.

4 comentarios:

  1. como se te ocurren estas cosas tan extrañas

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  2. Pues esta concretamente, no sé, porque hace mucho que se me ocurrió, pero la mayoría no se me ocurren, sino que vienen a mi mente y me obligan a escribirlas porque si no, no puedo pensar a gusto en nada.

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  3. que extraño, te admiro

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  4. Me alagas, aunque tampoco hago nada ten espectacular.

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