Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

martes, 31 de mayo de 2011

Dos dagas

La figura llevaba el cuerpo entero recubierto por una capa negra, a la cual le acompañaba una capucha del mismo color ocultándole el rostro. Toda la gente se apartaba de su dirección hacia la plaza principal.

A pesar de que su aspecto lo delataba como un sicario o un ratero, un fugitivo en el mejor de los casos, no había nada más alejado de la verdad. A sus espaldas, los cuchicheos de la gente eran cada vez mayores, conforme esta aumentaba. El encapuchado les oía perfectamente, y en su tez apartada de la vista ajena, una sonrisa de satisfacción adornaba un rostro con unas cuantas cicatrices emperifollándolo.

-Ese es el heredero del barón. Dicen que no hay mejor general ni más valiente guerrero en la batalla -decían unos rumores.

-Parece que nuestro querido barón ha muerto y su afamado hijo va a reclamar su puesto -divagaban otros.

Aunque nadie le veía, no les hacía falta. La fama del vástago del barón le precedía, y allá donde fuese, era completamente conocida su forma de vestir siempre, incluso en ocasiones como aquella: mediodía, con el sol iluminando desde lo más alto y el pueblo llano inundando la plaza del mercado.

Al final, llegó a un puesto situado al lado de una forja. De repente, una mano salió del cierre de la túnica, como un áspid saliendo del cesto de un encantador. La diferencia residía en que la primera llevaba agarrada una daga con la punta desgastada y los bordes romos.

-Me gustaría una daga idéntica a esta. Puedo pagar lo que sea necesario -informó, dejándola con un golpe seco sobre la mesa para que el herrero se diera cuenta.

-Sí señor, ahora mismo -entró en el edificio y sacó una daga del mismo estilo-. Acero toledano señor, no encontrará ninguno mejor en toda la península. Son trece galeones.

El heredero del anteriormente citado noble guardó la mano y volvió a salir agarrando un saquito de cuero, hasta que, de repente, llegó un hombre corriendo a la mayor velocidad posible y estuvo a punto de llevárselo si el encapuchado no le hubiese puesto la zancadilla. Antes de que cualquiera se hubiese dado cuenta, el hurtador ya estaba en el suelo, con una bota de cuero negra encima y una daga en el cuello.

-Nunca lleves menos de dos dagas encima: una para usarla y la otra por si te desarman.

viernes, 20 de mayo de 2011

La utilidad del desahogo

El niño abre los ojos. Todo está oscuro y frío, y le da miedo. Está asustado. Ve que hay difusas figuras de personas pululando a su alrededor y las llama, pero no le oyen, pasan de largo como si no existiera. Algún grupo ocasional que pasa cerca de él se ríe por lo bajo. No sabe si se ríen de él, o tan sólo ha tenido la mala suerte de pasar en ese preciso instante, pero se siente mal, como si hiciera algo de lo que se pudiesen burlar, pero sin saber el qué. Quiere llorar, pero está todo tan frío, que antes de que una sola lágrima termine de salir de sus ojos, se congela. Echa a correr a su casa, su refugio, un búnquer donde combatir de forma segura a la soledad.

Llega a la puerta de su casa, se mete la mano en el bolsillo para sacar la llave y, al ir a abrir la puerta, descubre algo que no sabe si le asusta o le alegra. Sus brazos ya no son pellejo recubriendo dos huesos, sino un cúmulo de músculos con alguna vena ocasional y vello por fuera. Llevado por la avalancha de sentimientos, la mayoría desconocidos, abre a toda prisa la puerta y entra a su refugio nuclear contra la bomba, a su madriguera contra el zorro. Cierra rápidamente, como queriendo desaparecer del mundo.

Una vez en su habitación, coge a sus dos aliados más fieles en la última frontera de la lucha: su MP4 y su bolígrafo. Decide que esta vez será el boli quien le ayude a dar el golpe final por el momento. Arranca una hoja de su cuaderno con tan solo un tirón, y las letras empiezan a salir de un bolígrafo, dictando cada movimiento de muñeca a una mano que tan sólo necesita un poco de desahogo para demasiadas cosas. Después de esto, las tinieblas se empiezan a desvanecer.

No pasa nada; el niño que tanto ha sufrido y que no encuentra ningún hombro en el que apoyar su cabeza en los momentos de flaqueza comienza a verlo todo claro gracias a las palabras de un instrumento que le han hecho ver que no está sólo en el mundo, y aunque su situación sigue siendo igual de triste, sus fuerzas están listas para volver a aguantar lo que sea.

lunes, 9 de mayo de 2011

Alerta 31

Los hombres de la fábrica estaban moviéndose tranquilamente cuando se apagaron todas las luces y se encendieron las de emergencia, con un potente rojo que bañó de un tono sangriento a los pasillos. Por megafonía comenzó a sonar una voz proclamando sin cesar:

-Alerta 31. Por favor, evacúen el edificio. Alerta 31, por favor, evacúen el edificio.

El pánico cundió al instante. La gente daba gritos asustados y se movía por todas partes de manera nerviosa, a pesar de que la mayoría de ellos no sabían lo que significaba una alerta 31, y los pocos que lo sabían se olvidaron rápidamente en el fragor del momento.

De repente, irrumpieron por la puerta algunos guardias armados con fusiles rompiéndola de una patada. Parecían todos idénticos, a excepción del que iba al frente, que llevaba en el chaleco pectoral el emblema del gobierno. Todos llevaban el uniforme normal y una máscara de gas. El que probablemente fuese el sargento, se adelantó un paso más al resto.

-Por favor, salgan ordenadamente.

La alarma seguía sonando, y la luz aún no se había apagado, pero los soldados lograron calmar a la muchedumbre y sacarla sin demasiados problemas.

Tras haberlos sacado a todos, registraron rápidamente el edificio en busca de alguien o algo. Tras sacar a todas las personas, y asegurarse de que no faltaba nadie. El hombre al mando de los policías, sacó un cronómetro de su bolsillo y lo paró.

-Diecisiete minutos, treinta y seis segundos, dieciocho centésimas. Enhorabuena señores, este simulacro ha sido el mejor que ha hecho nunca esta fábrica.

domingo, 1 de mayo de 2011

Pasión por los libros

Era jueves por la tarde. Ya había terminado mis deberes, y como no tenía nada que hacer, aproveché el tiempo para salirme un rato a pintar miniaturas, un hobby que tenía desde que aquella nochebuena me regalaron un puñado de ellas. Apenas llevaba diez minutos con el pincel en la mano, cuando me vibró el móvil un par de segundos. Lo cogí y miré el mensaje. Era de la librería que solía frecuentar:

"El libro que nos encargaste acaba de llegar. Puedes venir a recogerlo cuando quieras."

Aunque no tenía por qué, dejé en el bote de agua el pincel para que no se secara con la pintura, y me cogí la mochila y la cartera en un momento, no sin antes rebuscar en la hucha hasta encontrar veinte euros. Acto seguido, salí corriendo a toda prisa por la puerta de mi casa rumbo a la librería, sin perder un segundo. Tales eran las prisas y el ansía que tenía, que ni siquiera me cogí el MP4 para ir oyendo música de camino.

Miré el reloj y eran las ocho. Me pregunté si estaría cerrado, porque la última vez que fui, cerraban a las ocho, pero me llevé una enorme alegría al ver que aún seguía abierto. Pero entré y... me arrepentí enormemente de no haber cogido el reproductor de música: ¡LA COLA TENÍA POR LO MENOS DIEZ PERSONAS! En cambio, la paciencia es la madre de las ciencias, y si llevaba medio mes esperando aquel libro, ¿qué me iba a impedir esperar otros quince o veinte minutos?

Al final, fue más rápido de lo que esperaba, y a los seis o siete minutos ya tenía el libro en mis manos. Lo metí en la mochila con un sobresaliente en cuanto a su relación entre el precio y el peso, cerré la mochila, y volví a casa más volando que andando.

En cuanto crucé el umbral de mi morada, le arranqué el plástico sin piedad, y acaricié el lomo del libro como siempre hacía en cuanto conseguía un libro nuevo. Seguidamente, lo abrí por la mitad y aspiré ese maravilloso aroma a tinta impresa y papel nuevo.

Mucha gente prefiere leer, sea un libro o un cómic por internet o cogerlo de la biblioteca. En cambio a mí, me gusta más comprarlo. Ya no es sólo poseerlo, tener una biblioteca inmensa o poder dejárselo a cualquier amigo en cualquier ocasión: es el hecho de saborear la historia que me está esperando cuando aún nadie lo ha estrenado y sentir el agradable tacto y olor del papel nuevo entre mis manos. Por cosas como éstas, son por las que nunca me cansaré de comprar libros, aunque mis bolsillos no paren de lamentarlo.