Relatos, sombras y otros delirios

"Si miro atrás, estoy perdida." Daenerys Targaryen

lunes, 21 de noviembre de 2011

Lágrimas del cielo

En la calle, era de noche y llovía. Las gotas caían con firmeza y mojaban sin piedad a cualquiera que no estuviese a cubierto. Los soportales estaban abarrotados de gente, y fuera de cualquier cobijo, podía considerarse suerte encontrar circunstancialmente algún perro vagabundo.

Pero todo eso ocurría al otro lado de la ventana porque la que miraba un niño de no más de siete años.  Eran las diez y media, quizá las once y tenía la luz encendida. Se fue a girar para sacar la almohada y terminar de tener la cama preparada cuando se encontró con su padre apoyado en el marco de la puerta.

-¿No tendrías que irte ya a la cama?

-Es que no puedo dormir. No tengo sueño, y además la lluvia es muy bonita. -contestó el hijo-. ¿Podrías contarme un cuento?

El padre soltó un suspiro exasperado y le miró con cara de resignación:

-¿Y después te duermes?

-Sí.

-¿Me lo prometes?

-Sí, de verdad de la buena.

-Está bien. Te voy a contar la historia de la primera lluvia. Escucha atento, porque esta historia ha pasado de padres a hijos y muy poca gente la conoce.

El hijo se metió en la cama, se sentó y se acurrucó bien con las mantas. Sabía que la historia ya había comenzado:

Hace mucho tiempo, cuando aún había dragones sobre la Tierra, existió sobre esta un hombre. Nadie sabía su verdadero nombre, pero todos le llamaban Sabio. Sabio había dedicado toda su vida a viajar por el mundo, y a lo largo de todos sus viajes había aprendido muchas cosas. Conocía el secreto de la pólvora gracias a sus viajes por el lejano Oriente, conocía los grandes secreto de los números gracias a sus largas charlas con los sultanes de Arabia y conocía los secretos de todas y cada una de las hierbas y animales gracias a sus participaciones en los ritos de África.


Pero la única consecuencia de sus viajes no eran todos los conocimientos que adquiría. A lo largo de sus viajes, había conocido a muchas personas, y era querido por todo el mundo. Su fama se había extendido gracias a las palabras de buenas personas y siempre era bien recibido allí adonde iba. Todo el mudo le quería.


En una ocasión, durante uno de sus viajes por Europa, se encontró con una población de campesinos. Todos parecían apenados, y cuando Sabio les preguntó qué les pasaba, éstos le miraron con cara entristecida y le respondieron:


-El río que regaba nuestras tierras se ha secado. Los animales han muerto, los cultivos no han crecido y nosotros seremos los siguientes.


Sabio se sentía desgraciado porque no se veía capaz de hacer nada por aquellos pobres hombres, así que se alejó unos cuantos metros, y se sentó sobre una roca a meditar. Al cabo de un rato, abrió los ojos y supo lo que tenía que hacer.


Nadie volvió a saber nada de Sabio nunca. Algunos dicen que las nubes se apenaron tanto, que se pusieron a llorar irremediablemente. Otros cuentan que Sabio subió a los cielos para convencer a las nubes que a los campesinos les hacía falta agua. Otros en cambio, atestiguan que lo que sucedió fue que aquellas primeras gotas fueron la sangre de Sabio y que el resto les tomó ejemplo. Lo que si está claro, fue que a aquella población no le volvió a faltar el agua nunca.


La historia fue seguida de un silencio que apenas duró un par de minutos. Éste fue interrumpido por el hijo, quien comentó:

-¡Me ha gustado mucho! ¡Y a mí que no me gustaba que hubiese lluvia por el día porque no puedo jugar!

-Ya, pero es necesario para la vida, porque si no, los ríos se secarían. Y venga, yo he cumplido mi parte del trato, así que ahora a dormir.

-¡Vale papá! ¡Buenas noches! ¡Que descanses!

-Buenas noches -y apagó la luz.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Mendigo

Estaba como otros tantos días en el supermercado, mendigando para intentar conseguir algo que llevarme a la boca. No era como el resto de mendigos. No intentaba dar la mayor pena posible, sino sencillamente, hacer ver a los demás que yo era sincero. En mi cartel, en lugar de poner, que tengo montones de hijos y demás paparruchadas por el estilo, no ponía más que la verdad: "Nada les obliga a darme nada, pero tengo hambre, no tengo trabajo y tampoco comida". No servía de mucho.

De repente, oí a un niño decirle a su madre: "¡Mamá, mamá! ¿Me das dinero?", ésta le respondió que para qué, y el niño contestó: "Para que ese hombre pueda comprar algo de comer". Supuse que se refería a mí, así que alcé la cabeza. Un chico de no más de ocho o nueve años estaba esperando a que su madre le diese dinero mientras salían por la puerta del supermercado y tras recibirlo, se me fue acercando. Al poco rato, había cincuenta céntimos más en mi cestillo, suficiente para una barra de pan. Hoy tenía comida.

-Muchas gracias, chiquillo. Eres una buena persona -le dije con una sonrisa he intentando poner la mejor cara posible a pesar de mis dientes amarillentos y mi barba desaliñada.

-De nada señor, pero no se preocupe: seguro que Dios le cuida cuando llegue al cielo -opinó él con una voz tan cándida que se me alegró el día sólo de oírla.

-Sí, eso espero -no quise decirle que si Dios hubiese existido alguna vez, todo sería muy diferente. Aún era un niño y tenía mucho por aprender.

-Venga Carlos...

-Bueno señor, me tengo que ir. Cuídese y no gaste el dinero en tonterías.

-Eso haré chaval, eso haré. Muchas gracias.

Siempre me había gustado tratar con niños. Eran tan inocentes que nunca se sabía por dónde iban a salirle a uno. Recordé que yo de pequeño había sido igual. Quien no tanto, era mi madre. Nunca se había fiado de los desconocidos. Pensaba que todos los mendigos eran unos farsantes que lo único que querían era sacar unos dinerillos adicionales a los de su trabajo. Y eso pensé yo cuando empecé a crecer, influenciado por mi madre. Pero no tardé en darme cuenta de que sencillamente, eran personas que de jóvenes habían sido demasiado vagos como para labrarse un buen futuro. Lo entendía: al fin y al cabo, a pesar de que de pequeño yo siempre había sido muy inteligente, nunca fui trabajador y estudioso.

miércoles, 19 de octubre de 2011

El final de mis días

Acababa de salir por la puerta el sacerdote, tras hacerme la unción. Yo nunca había creído en Dios, ni siquiera de pequeño. Cuando me preguntaban: "¿Crees en Dios?", yo siempre respondía que sí, he incluso intentaba convencerme a mí mismo de que estaba respondiendo sinceramente, aunque sabía que no. Sin embargo, mentía por lo mismo por lo que quería creer en él: porque creía que era malo no creer en él, y yo no quería actuar mal. Con el paso del tiempo, aprendí que no es malo, pues cada uno tiene sus ideales, y si eres incapaz de creer en algo, no merece la pena tratando de cambiar tu naturaleza. Además, según fui creciendo, me hice a mí mismo la promesa de que no iba a mentir nunca, lo cual, en cierto modo, me hizo aprender a valorarme y demostrarme que tengo que estar orgulloso de quién soy. Sin embargo, había dejado que me hicieran la unción por pura insistencia de mi mujer y mi hijo, pues ambos eran buenos creyentes, especialmente mi mujer, y que siempre había creído en él desde que la conocí.

Al poco de cerrarse la puerta, esta se volvió a abrir, más lentamente, y asomó la cabeza mi mujer.

-Pasa -le pedí, y ella accedió.

-Cariño, ¿qué tal te encuentras?

Mal. Pero me contuve. Si bien era cierto que me prometí que no mentiría nunca, aprendí que eso es absurdo. A veces hay que mentir para no hacer daño a la gente que quieres. Y de todos modos, no era una mentira completa, pues mi malestar era únicamente espiritual, puesto que físicamente no notaba más de lo que se debe sentir al flotar en una nube.

-Perfectamente.

Me agarró de la mano.

-Prométeme que me esperarás.

Con un terrible esfuerzo, traté de emular el gesto con la mano libre.

-Te lo prometo.

Así era mi mujer. Creía que había otra vida más allá para las buenas personas. En aquel momento de la vida, ya no sabía que pensar, pero si era cierto, ella iría seguro. Mi mujer pensaba que yo también, y de hecho, cualquier persona a poco que me conociera me consideraba una buena persona. Yo me lo callaba, pero sabía que era porque no me conocían bien. Mi mujer no. A ella pocos se lo decían, pero era la mejor persona que había conocido en mi vida, y si todo el mundo fuese la mitad de bueno que ella, no me cabe ninguna duda de que sería mejor que el paraíso.

Tenía los párpados cansados. Le deseé a mi mujer buenas noches y, en contra de su petición, no pude evitar cerrarlos... y me encontré con el pasillo de un museo de arte. Me fijé en los primeros cuadros y vi a un niño con el pelo brillante y la cara redondita tumbado en una cama, sin más de dos años. Después vi a un adorable chiquillo que acababa de empezar su primer día de clase. Al cabo de un rato me di cuenta de qué estaba viendo: era mi vida. Cuando llegué al cuadro de un pobre anciano tumbado en la cama, se apagaron las luces.

sábado, 24 de septiembre de 2011

El titiritero

Aún recuerdo aquella tarde paseando por el mercado medieval. Como todos los veranos, en el pueblo había toda clase de puestos asemejando una plaza feudal. Sin embargo, en un rincón un poco apartado se podían ver un gran número de personas sentadas en corro alrededor de algo. Me acerqué para comprobar que era ese algo, y una caseta pequeña con una ventana central y telones a los lados se me presentó cuando tuve algo de visibilidad. Supuse que se trataría de un espectáculo de títeres. Cuando llegué al lugar en el que estaba, el público estalló en aplausos. Por encima de la ventana, el titiritero hizo una reverencia dando las gracias a la gente e introduciendo su próxima obra. Comenzó a mover las marionetas como si tuvieran vida propia.

Cuentan las leyendas antiguas que hace ya muchos años existía un valiente y afamado caballero cuyo nombre nadie sabía y al que todos conocían como Caballero de la Garza. Aquel valiente hombre dedicaba su vida a recorrer el mundo para ayudar a los inocentes. Allá donde iba, los crueles y villanos temblaban en sus castillos mientras que la plebe le recibía con rosas. Nadie había visto jamás su rostro, pero su armadura era inconfundible. Siempre llevaba cabalgando a lomos del mismo semental de un blanco inmaculado enfundado en su coraza de un resplandor argénteo simulando plumas en los brazos y un estilizado pico donde estaría su boca.

Nuestra historia concreta se centra en la última gran aventura del Caballero de la Garza. Recientemente se habían oído rumores acerca de un gran y poderoso dragón que aterrorizaba los pueblos que sobrevolaba y arrasaba con su ígneo aliento los campos en los que se detenía. Tenía su hogar en una cueva remota, y de los poco aventureros que habían osado ir a buscarla, ninguno había logrado volver para contarlo.


Pero pocos seres eran tan valientes como el Caballero de la Garza, y ninguno de ellos era humano. Tras días y noches cabalgando sin cesar, el caballero llegó a una gruta de la que salían columnas de humo y en la que se olía la destrucción alrededor. El valiente hombre se adentró, dejando a su montura fuera. Aquella cueva era oscura, y apenas había iluminación, pero al fondo pudo divisar al dragón que había estado buscando. Desenfundó su espada y arremetió a la carrera con un potente grito atronador hacia aquella bestia del diablo...


Pero el títere no se movió, por más esfuerzos que hacía el hombre. Después, el Caballero de la Garza se fue acercando lentamente al dragón, montó en él y... bueno... es difícil describirlo. Fue como si el caballero hubiese cobrado vida y atacase con su minúscula espada el cuerpo del titiritero.  Al poco rato cayó el telón, y aunque el tronco del hombre tenía rasguños de verdad. Yo dudé que fuese parte de la obra, pero el público aplaudió como si jamás hubiesen visto una actuación mejor. Sin embargo, recuerdo que a mí lado se encontraba un hombre anciano que me dijo:

-Parece que a nadie le gusta que le manipulen.

martes, 13 de septiembre de 2011

Asesino

Algo se desliza por mi brazo.Es líquido y deja rastro. ¿Es agua? No, no puede ser. Está caliente. Abro los ojos, pero todo está oscuro. ¿Y si es sangre? No, no puede ser. No recuerdo haberme cortado.


De repente, oigo una voz. Dice: "Asesino". La ignoro, pero lo vuelvo a oír. Y muchas más. Asesino. Asesino, asesino, asesino, asesino. Me tapo las orejas con las manos, pero no sirve. Asesino, asesino, asesino. Abro la boca y grito a pleno pulmón. No me oigo. Las voces paran un momento, pero luego... Asesino, asesino, asesino, asesino, asesino, asesino, asesino. Me quito las manos de las orejas. La gota cae al suelo. Oigo el sonido que se produce al estrellarse el líquido. Cierro los puños y empiezo a golpear al vacío. Asesino. No hago nada. Asesino.


Descargo demasiada fuerza en un golpe y me caigo. Las voces cesan. Noto que estoy a punto de estrellarme contra el suelo.


Veo pasar el paisaje a toda velocidad. El resto de personas del vagón me miran con preocupación. Me doy cuenta de que he estado durmiendo.


-¿Está bien? -me pregunta un hombre-. Ha estado delirando.


Recuerdo que maté a mi mujer por accidente y que había decidido mudarme para huir del pasado. Sin embargo, me persiguió en forma de conciencia. No pude soportarlo.


Cuando Víctor, del equipo de desapariciones por fin encontró el cadáver colgado de una cuerda por el cuello, con una nota al lado, después de dos años tras la ausencia del hombre, no pudo hacer nada sino sentir pena por aquel hombre. Tras tantos casos de estos, comprendía que mucha gente no soportaba matar.

viernes, 2 de septiembre de 2011

La sombra

Siempre había querido salir a la luz. Aún cuando era diminuta, siempre les preguntaba al resto de sombras con las que se encontraba: "¿qué es eso tan bonito y brillante que hay a nuestro alrededor?", siempre le respondían que se trataba de una cosa llamada luz, pero que no tenía que salir allí nunca, pues a las sombras las destruía. Aunque la sombra sólo fingía aceptar, pues tenía ganas de salir y dejar de seguir a un humano a todas partes: ¡Era demasiado aburrido!

Había días en los que todo estaba bastante oscuro y la sombra podía permitirse salir, un poco, pero no demasiado, y a veces odiaba al humano por tenerla anclada siempre. En sus sueños más hondos, era libre, pero no sólo eso... ¡Era una persona! Y al despertar, nunca olvidaba lo agradable de aquellas situaciones.

A veces se lo comentaba a las sombras de los muebles, pero ellas que eran más viejas y sabias le decían que eso era absurdo y que cuando el humano muriese, ella quedaría encerrada para siempre. Pero ella no quería, y te tanto desearlo, una noche en la que tuvo uno de sus sueños habituales en los que era una sombra libre, se consiguió separar. Se despertó y se dio cuenta. Podía moverse a voluntad.

Justo después, ya estaba en la calle, corriendo y disfrutando de que lo que siempre había querido se había cumplido por fin. Y cuando por fin estaba acabando la noche, se dio cuenta de que aquella noche había sido el mejor momento de su vida.

Poco después empezó a amanecer. La sombra estaba impaciente. Siempre había soñado con aquel momento. Y cuando otras sombras empezaron a despertar, la gritaron: "¡Corre insensata! ¡Te matarás!". Pero la sombra llevaba esperándolo toda su vida, y no iba a dejar que nada ni nadie se lo quitase. De repente, empezó a desaparecer. No sabía explicar la sensación, pero sabía que estaba empezando a desaparecer. Fue sólo entonces cuando de una vez por todas comprendió porque nunca había podido salir a la luz.

lunes, 29 de agosto de 2011

El caso Laura

Laura llegó a su casa asustada. Tocó el timbre, no sin ciertos temores y esperó. Aquel anciano cascarrabias tenía una fama peor que la del coco –si eso era posible- entre los niños del barrio. Sin embargo, ella se había comprometido a intentarlo. Tenía que conseguir venderle por lo menos tres paquetes de galletas. Era la única casa del barrio a la que aún no habían ido en el colegio, y necesitaban otros quince euros para que les financiasen la excursión de fin de curso.

De repente, la puerta de la misma madera oscura, tétrica y marchita de toda la casa, se abrió y un hombre cuya edad rondaría el siglo, con arrugas por toda la cara y nariz picuda apareció por detrás de ella. Tenía la cara amargada y parecía molesto, como si le hubiesen interrumpido de hacer algo más importante que atender a una niña de nueve años.

-¿Qué se te ha perdido en esta casa? –preguntó con un tono despectivo que asustaba a todos los niños que alguna vez habían osado llamar a la puerta.

-Disculpe señor –la niña intentó poner su voz más tierna y dulce-, pero he pensado que tal vez le gustaría…

-No, no me gustaría. Ya te puedes ir –y cerró con un portazo en la cara de la niña.

La chiquilla siguió insistiendo, pero en vano. Al final, cansada, se decantó por darse la vuelta y volverse a su casa.

*****

Habían pasado ya dos años desde que se abrió el caso Laura. Nunca se llegó a encontrar el cadáver de la chica, desaparecida unas pocas semanas antes de la excursión de fin de curso, y como en todos los casos de desapariciones, a los seis meses sin novedades, después de tanto hablar sobre ello, ya casi nadie se acordaba de lo que había ocurrido. Sin embargo, algunas personas que habían visto al hombre de la casa más gutural del barrio antes y después de la desaparición, aseguraron que después de ésta el hombre parecía unos diez años más joven.

sábado, 27 de agosto de 2011

La espada (2ª parte de "Sangre y honor")

De repente, el hombre pareció darse cuenta de que tenía la vista clavada en él, porque me devolvió la larga mirada y el público gritó clamando sangre. Yo tenía mi equipo cogido y preparado, aunque con los brazos relajados, pero el otro hombre estaba completamente desarmado. Yo recé a los dioses porque él estuviese como yo y no tuviera ganas de seguir luchando, con más fervor aún cuando se agachó para arrancar del cuello del rey de la selva su tridente y recuperar su red. Me volvió a mantener la mirada, con un destello de frenesí en sus iris oscuros.

Doblé los brazos y los puse en tensión ante la sensación de que en cualquier momento arremetería contra mí. Mi predicción no tardó ni segundos en cumplirse y su tridente se acercaba a mi cuello por momentos. Alcé el escudo para protegerme. Primer error. Cuando me quise dar cuenta, una red me cayó encima y una embestida me desequilibró.

La caída al suelo levantó polvo en las arenas del coliseo cegándome mientras una multitud aclamaba al hombre que, como ellos, estaba sediento de sangre. Solté mi equipo para frotarme los ojos y quitarme el polvo de ellos. Segundo error. Mi gladius se coló por los agujeros  y cayó al suelo, dejándome sin ella. Mi rival, viendo una enorme ventaja en ello, se agachó para recoger mi arma y darme el golpe de gracia. Era algo sencillamente ridículo: asesinado por tu propio arma.

Sin embargo, yo no estaba dispuesto a morir de una forma tan humillante, así que en cuanto se agachó un poco, rodé sobre mí mismo, le embestí intentando que cayese al suelo y saqué la mano para recuperar mi arma. Con ella, corté la red que me inmovilizaba y antes de que aquel supuesto gladiador pudiese hacer nada, le degollé en con un tajo certero. El público estalló en aplausos y gritos de júbilo, a pesar de que su favorito había muerto. No importaba. Tenían un nuevo favorito.

martes, 16 de agosto de 2011

La dura verdad

-¿Y dice que se llama Eaglesoul?

-Sí, así es.

-Un nombre un tanto peculiar, ¿no le parece?

-Es posible.

Lo cierto era que no me gustaba nada aquel tipo. Parecía ir a su rollo, como si el resto de personas no puediésemos hacerle nada y fuéramos inferiores a él. Le enfoqué con la lámpara directamente a los ojos hasta que sus pupilas no fueron mayores que un grano de arena. Ni se inmutó.

-¿Sabe por qué le hemos cogido?

-Imagino que no tienen nada mejor que hacer.

Ese individuo iba a acabar poniéndome completamente de los nervios. Estaba acusado de haber puesto la bomba que había destrozado la sede central de McDonald’s, pero se hacía el sueco del mismo modo que si aquello fuese algo típico que podía hacer cualquiera, en cualquier momento tan sólo porque le diese la gana.

-Está usted acusado de haber volado el lugar central de una de las mayores cadenas de restaurantes de comida rápido del mundo. Ha matado a cientos, si no miles de personas. Y usted se comporta como si no hubiera pasado nada. ¿Sabe que puede caerle cadena perpetua e incluso la muerte si se niega a cooperar?

-Hagan lo que quieran. Pero antes de ello, respóndame a una pregunta, señor inspector jefe: ¿Cuál es la condena para extorsionadores, manipuladores y demás hombres corruptos?

Le miré con cara extrañada: ¿qué me estaba diciendo este hombre ahora? ¿Trataría de distraerme para fugarse? No, no podía ser eso: estaba demasiado relajado.

-¿Qué se trae entre manos?

-Yo nada. Sencillamente me gustaría saber cuál es su castigo, el de los grandes empresarios, el de los políticos y demás personas que se limpian el culo con nuestros billetes y se alimentan de nuestro…


Han pasado ya veintiún años y hoy es el día que por fin he podido salir de la cárcel. Aún me pregunto por qué apreté el gatillo aún teniendo en cuenta que sólo quería provocarme. Creo que sé y siempre he sabido la respuesta, pero sencillamente me gusta tan poco que no quiero creer que sea cierta. Al fin y al cabo, aún no he conocido ningún hombre al que le guste que le digan la más pura, completa y absoluta verdad.

jueves, 28 de julio de 2011

Otro día de rutina

Otra vez, el despertador está sonando. Con pereza, sacas la mano de tu cama y en un gesto torpe lo apagas. De modo somnoliento, te sientas en la cama, y palpas las zapatillas con los pies. Cuando las encuentras, no te apetece agacharte para ponértelas bien, y metes los pies de forma suficiente para que no se te caigan. Te desplazas arrastrando los pies hasta la cocina, y metes llenas de leche el tazón. Preparas el microondas a dos minutos, y te sientas a esperar. Tienes el cuerpo dolorido por el trabajo, pero tienes que hacerlo por tu familia, para que puedan comer, vestirse, tener un techo... resumidamente, vivir.

Sales por la puerta intentando no hacer ruido, pues tu familia aún está en la cama dormida. Te encuentras frente al ascensor. Con gesto cansado, pulsas el botón de llamada mientras esperas a que llegue te planteas si esperabas que tu vida fuese así. Llegas a la conclusión de que no.

Llegas a la obra y te quitas la ropa para cambiarte.  De repente, alguien grita:

-¡Vamos gusanos! ¡Ya os estáis poniendo a retirar escombros1

Es el capataz. El mismo de todos lo días. Un dictador en una sociedad demócrata. En tu fuero interno, a pesar de lo que lo sufres, no puedes evitar que la ironía te haga gracia. Te pones el mono de trabajo y empiezas a hacer todo lo que te dice. Te jode, y lo sabes, pero no tienes otra opción. Tienes otras tres bocas que alimentar.

Llega la pausa del almuerzo. Aprovechas para relajarte todo lo posible, pero sabes que aún te queda toda una tarde de trabajo. Oyes a alguien hacer una gracieta y con ello logra que todos soltéis una pequeña carcajada, lo cual os va a todos genial, porque os hace falta para aliviaros.

Vuelves al trabajo. Estas ayudando con un par de vigas de acero, cuando unos chavales repelentes se cuelan en la obra y empiezan a tiraros piedras y reírse de vosotros. Les gritas asqueado, pero lo único que logras es aumentar sus burlas y mofas.

Afortunadamente, llega la noche y todos podéis volver a casa. Alguien sugiere ir a tomarse una caña, pero tú no puedes. Y además, tienes ganas de volver con tu familia: comprobar que todo el sufrimiento que te toca merece la pena.

Llegas al portal. Introduces la llave y abres la puerta. Pulsas el botoncito del ascensor, y con un suspiro exasperado, oyes salir de tu boca:

-Otro día de rutina.

miércoles, 29 de junio de 2011

Arañas en el bosque

Bosque de Lerouc. Hace ya veinte años que dicho bosque fue invadido y poblado por arañas gigantes. Los humanos de los alrededores al principio apostaron centinelas por las noches, con barriles de brea y antorchas en cada puesto de las improvisadas atalayas. Sin embargo, las arañas eran negras como la noche, de forma que hasta que no terminaban de escalar, momento en el que las arañas clavaban sus ponzoñosos colmillos en los cuellos de los desprevenidos guardias o atravesaban su pecho con patas perforantes como espadas. Como consecuencia de dichos ataques, los pueblos de alrededor no habían tardado en quedarse vacíos. Cuando moría cualquier persona capaz de luchar, los arácnidos usaban una segunda mandíbula somnífera para secuestrar a los tiernos niños y a las dulces mujeres a sus guaridas para que sirviesen como alimento a sus crías, a las que previamente había dejado en coma su reina.

Nuestra historia se centra en una de estas víctimas, un hombre al que las arañas cometieron el descuido de no dejar en estado de coma al llegar a la guarida mediante una picadura de la reina. Sin embargo, éste hombre está dentro de un capullo, como el resto de víctimas. La diferencia radica en que esta víctima posee una espada corta. La tela en la cual está tejido el capullo es pegajosa, además de resistente, pero nuestro hombre es más fuerte y al cabo de unos veinte minutos, consigue empezar una pequeña apertura en su envoltorio. Se libera y una expresión de asco acude a su boca en forma de un sonido obsceno.

Se siente algo mareado y confuso. Tanto tiempo en el capullo ha hecho que la existencia le resulte desconocida. Da un paso vacilante y tembloroso, en el cual tropieza y se tiene que apoyar en el árbol más cercano. Se reincorpora y sigue andando. Al principio le cuesta y sigue cayéndose, pero al ir avanzando recupera el paso firme hasta andar a la perfección. Parece que está a punto de escaparse, cuando pisa una rama que nunca debió estar en su camino, llamando la atención de las arañas cercanas.

El hombre comprende el error que ha cometido...  pero lo comprende demasiado tarde. Hace lo único que se le ocurre: correr, pero no está preparado para empezar a correr tan pronto, y se agota enseguida. Intenta darse la vuelta y ve dos arañas del tamaño de cerdos bien cebados persiguiéndole a través de los árboles como perros del diablo siguiendo el rastro del pobre desdichado que trata por encima de todo, librarse de su tormento. Al ver sus velocidades, comprueba que no tiene modo de escapar y que, aunque esté débil, la única opción que le queda es plantar cara y luchar.

Según sus perseguidoras le siguen, adopta una posición defensiva adecuada, lo más abierta posible, lo cual puede parecer absurdo, pero contra seres que pueden trepar con la misma facilidad que andan, es más práctico estar atento a la retaguardia y los flancos, que a estos con el añadido de las alturas. Desenvaina su espada y aunque no es un mandoble, ni siquiera una espada bastarda, la empuña firmemente con sus dos manos, dispuesto a recibir la acometida de los arácnidos, y en cuanto estos estuvieron cerca, el atemorizado prisionero recién liberado comenzó a lanzar tajos a diestro y siniestro. La primera araña, impaciente por acabar cuanto antes se ha acercado tan rápido que no ha tenido tiempo para detenerse frente a los espadazos, y por lo que en poco tiempo, no es más que un pedazo de exoesqueleto destrozado. La otra araña en cambio ha sido más precavida y se ha detenido. No se puede acercar, pero el hombre tiene miedo, y si sigue así, pronto se cansará, por lo que será un blanco fácil.

En un momento de lucidez, el sujeto comprende lo que intenta al arácnido, y deja de lanzar tajos a diestra y siniestra. Recuerda que antes siempre llevaba consigo una pareja de cuchillos arrojadizos y prueba a ver si los sigue llevando consigo. Comprueba que sólo uno, y sin detenerse a pensar en como puede haber perdido el otro, saca el que le queda, y en un movimiento relámpago lo arroja frente a su enemigo. El artrópodo gigante comprende lo que ocurre demasiado tarde, y su caparazón es atravesado violentamente por la pequeña arma blanca. Aprovechando el momento de inconsciencia, dado que el prisionero no sabe si tiene delante un cuerpo inerte o no, se aventura a lanzar el golpe de gracia con un grito, y parte en dos al monstruo, clavando la espada en el suelo por la violencia del golpe.

Cansado, pero desahogado de una rabia desconocida que ha ido acumulando a lo largo del combate, levanta la vista del cuerpo separado en dos mitades, sólo para ver que está rodeado de gigantescos monstruos de ocho patas...

***

-¿Has oído algo? -pregunta Vermek a su compañero de guardia.

-¿Te refieres a los pájaros? No le des importancia. Este bosque está maldito desde hace veinte años. Pero mientras estemos fuera, con un poco de favor de los dioses, no nos pasará nada.

sábado, 25 de junio de 2011

Las fieras (1ª parte de "Sangre y honor")

Tras el estridente sonido del metal contra las rocas, la oscuridad le cedió su turno a la luz, cegándome por un instante. Me pasé la lengua por los agrietados labios para humedecerlos, y la guarecí en la boca llenándola de polvo. El clamor de una multitud esperando sangre me recibió al entrar en el círculo de arena rodeado de las gradas. Cuando comencé a recuperar la vista, dirigí la mirada a mi alrededor: multitud de esclavos de todas las etnias y razas se mostraban igual de confusos que yo: allí había judíos y cristianos, mauritanos y persas, criminales y soldados que habían visto perecer a sus amigos. Cientos, si no miles de romanos gritaban de euforia desde sus asientos, sabedores del cruento espectáculo que se avecinaba y que todos esperaban impacientes. De repente, los rastrillos de las tres puertas que estaban enfrente de nosotros se abrieron, dejando escapar un rugido con eco por las paredes pétreas del túnel.

Los tres rastrillos ya estaban cerrados, y delante de todos nosotros se encontraban tres tigres y otros tres leones. Alcé el escudo en posición defensiva y desenvainé la gladius, mientras la mayoría de mis compañeros corrían despavoridos a lo largo y ancho de todo el terreno, serían los primeros en caer. Me parecía cruel por parte de una cultura supuestamente tan rica, mandar a luchar a unos pobres mendigos sólo por diversión, aunque, afortunadamente. más allá del Rin todos éramos guerreros desde los diez años. Decidí esperar, pues cualquier otra cosa sería una pérdida de energías innecesarias, pero al poco rato me di cuenta de que tenía la retaguardia desprotegida, de modo que, sin perder de vista a las fieras, de las cuales ya habían caído dos tigres, retrocedí hasta pegar la espalda con una de las paredes en las que daba la sombra, pues el sol podía ser más peligroso que toda una manada de aquellos animales furiosos.

Los gritos de los romanos iban descendiendo. Aún quedaba un ejemplar de cada félido, y otro hombre en la plaza. El león se encaró hacia él, mientras el tigre, recientemente percatado de mi presencia, comenzó a aproximarse a mi posición. Adopté una posición de guardia, y esperé. Aquella fiera de más allá de los límites de las tierras que conocía comenzó a correr en mi dirección, a velocidad cada vez mayor. Me acuclillé, antepuse el escudo para proteger mi frontal, y cuando el depredador estuvo suficientemente cerca, le asesté un golpe con mi única protección en el morro, trazando simultáneamente un arco con el gladius, llevando éste de forma que la punta guiase el resto del arma. El ataque dio resultado, y antes de que la fiera pudiese reaccionar, había sido atravesado de costado a costado por una espada corta, cruzando el corazón en el camino. Los romanos volvieron a gritar eufóricos, y yo fui a hacer una reverencia, cuando observé que no era a mí a quien alababan, sino al otro hombre, que había atravesado elegantemente al león por el cuello con un tridente, tras meterle el cuerpo completo dentro de una red para inmovilizarlo.

domingo, 5 de junio de 2011

El alma del chico incomprendido

Abro los ojos. La cabeza me da vueltas. No sé que pasa, me noto... ¿ligero? es posible, pero creo que más bien es otra cosa. Estoy en la carretera, al lado de la orilla del río y debajo de mí hay ambulancias y policías. Es temprano aún: miro el reloj y son las nueve. Debería estar en clase. Intento mover las piernas pero no pasa nada... y de repente me percato de lo más importante: ¡ESTOY FLOTANDO! Sí, sí, flotando, o levitando, o como queráis llamarlo. Pienso que tengo que ir a clase, y de repente, vuelo. No, no me malinterpretéis, no tengo alas y sigo suspendido en el aire, pero no en un punto fijo, sino que me estoy moviendo.

Delante de mí hay un edificio que se muestra cada vez más cercano. Me cubro con las manos la cara en un intento de protegerla... pero innecesario. Lo atravieso. Justo en ese momento, se me viene una pregunta a la cabeza: "¿Estaré muerto? ¿Sería la ambulancia esa que estaba antes debajo de mí una que había ido a por mi cuerpo?" Es todo demasiado confuso. Intento hacer memoria, pero sólo consigo que me duela la cabeza. Me detengo. Veo a mi alrededor y veo una casa que me resulta familiar, y en ese justo instante, un recuerdo aborda mi mente. En ese recuerdo, estamos en la misma sala de estar sobre la que estoy flotando. No encontramos sentados en el sofá una chica y yo, de repente no sé por qué, la puerta se abre y yo estoy saliendo por ella. Se acaba el recuerdo. Decido dejar de perder el tiempo y sigo avanzando hacia mi destino.

Veo el reloj y ya son las nueve y veinte. Delante de mí está la ventana de mi instituto. El profesor acaba de entrar y los alumnos corren a sentarse para que no les echen la bronca. Así es mi clase. El profesor empieza a faltar lista, y cuando dice mi nombre, responden que no saben nada de mí y que tampoco he ido a primera hora. Otro recuerdo viene a mi mente: Son las ocho de la mañana. Abro la puerta de casa para ir al instituto y salgo. Decido ir por la orilla del río: últimamente no lo he estado pasando muy bien, y cuanta menos gente me vea, mejor. Aprovechando que no me van a ver, me arriesgo a algo que me encanta: avanzar con los ojos cerrados. Puede parecer estúpido, pero a mí siempre me ha gustado. Llevo algo más de cinco minutos andando... cuando de repente oigo un pitido de un coche y un frenazo brusco; yo abro los ojos y miro a mi izquierda... pero es demasiado tarde.

Bajo la cabeza entristecido, así que eso es lo que me ha pasado. No sé ni como me siento. Muchas veces he pensado que mi vida era muy mala y que me iría mejor muerto, pero ahora que estoy muerto... creo que preferiría seguir vivo. Porque aunque hay muchas veces que esté triste... no hay nada que se compare al placer de estar vivo... y hasta ahora no lo he comprendido, pero ya es tarde. Un conserje entra en el aula y llama al profesor y le dice si puede hablar un momento con él en privado. Salen. La clase, como siempre, se revoluciona. Al cabo de unos segundos, quizá un minuto, entra el profesor con cara apenada. Una chica pregunta que qué ha pasado, y él les comunica la noticia de mi muerte. Los dos gilipoyas de siempre hacen la gracia y todos se ríen. No me lo puedo creer. Pero al poco rato, veo que sí hay gente a la que le llegué a importar: un par de chavales se ponen a hablar entre sí diciendo que vaya putada ha sido, a una chica se le humedecen los ojos, otra directamente no puede evitarlo y, con los ojos, se le humedece también la cara. Me voy de allí.

Ojalá pudiera volver atrás, ojalá pudiera haber estado más atento a aquel coche, ojalá hubiera sido capaz de apreciar lo que me dio la vida en su momento. Pero ya es tarde, el flujo etéreo me ha llamado y mi condena por estúpido y pesimista será una eternidad de auténtico dolor viendo como no tendría que haberme rendido nunca.

martes, 31 de mayo de 2011

Dos dagas

La figura llevaba el cuerpo entero recubierto por una capa negra, a la cual le acompañaba una capucha del mismo color ocultándole el rostro. Toda la gente se apartaba de su dirección hacia la plaza principal.

A pesar de que su aspecto lo delataba como un sicario o un ratero, un fugitivo en el mejor de los casos, no había nada más alejado de la verdad. A sus espaldas, los cuchicheos de la gente eran cada vez mayores, conforme esta aumentaba. El encapuchado les oía perfectamente, y en su tez apartada de la vista ajena, una sonrisa de satisfacción adornaba un rostro con unas cuantas cicatrices emperifollándolo.

-Ese es el heredero del barón. Dicen que no hay mejor general ni más valiente guerrero en la batalla -decían unos rumores.

-Parece que nuestro querido barón ha muerto y su afamado hijo va a reclamar su puesto -divagaban otros.

Aunque nadie le veía, no les hacía falta. La fama del vástago del barón le precedía, y allá donde fuese, era completamente conocida su forma de vestir siempre, incluso en ocasiones como aquella: mediodía, con el sol iluminando desde lo más alto y el pueblo llano inundando la plaza del mercado.

Al final, llegó a un puesto situado al lado de una forja. De repente, una mano salió del cierre de la túnica, como un áspid saliendo del cesto de un encantador. La diferencia residía en que la primera llevaba agarrada una daga con la punta desgastada y los bordes romos.

-Me gustaría una daga idéntica a esta. Puedo pagar lo que sea necesario -informó, dejándola con un golpe seco sobre la mesa para que el herrero se diera cuenta.

-Sí señor, ahora mismo -entró en el edificio y sacó una daga del mismo estilo-. Acero toledano señor, no encontrará ninguno mejor en toda la península. Son trece galeones.

El heredero del anteriormente citado noble guardó la mano y volvió a salir agarrando un saquito de cuero, hasta que, de repente, llegó un hombre corriendo a la mayor velocidad posible y estuvo a punto de llevárselo si el encapuchado no le hubiese puesto la zancadilla. Antes de que cualquiera se hubiese dado cuenta, el hurtador ya estaba en el suelo, con una bota de cuero negra encima y una daga en el cuello.

-Nunca lleves menos de dos dagas encima: una para usarla y la otra por si te desarman.

viernes, 20 de mayo de 2011

La utilidad del desahogo

El niño abre los ojos. Todo está oscuro y frío, y le da miedo. Está asustado. Ve que hay difusas figuras de personas pululando a su alrededor y las llama, pero no le oyen, pasan de largo como si no existiera. Algún grupo ocasional que pasa cerca de él se ríe por lo bajo. No sabe si se ríen de él, o tan sólo ha tenido la mala suerte de pasar en ese preciso instante, pero se siente mal, como si hiciera algo de lo que se pudiesen burlar, pero sin saber el qué. Quiere llorar, pero está todo tan frío, que antes de que una sola lágrima termine de salir de sus ojos, se congela. Echa a correr a su casa, su refugio, un búnquer donde combatir de forma segura a la soledad.

Llega a la puerta de su casa, se mete la mano en el bolsillo para sacar la llave y, al ir a abrir la puerta, descubre algo que no sabe si le asusta o le alegra. Sus brazos ya no son pellejo recubriendo dos huesos, sino un cúmulo de músculos con alguna vena ocasional y vello por fuera. Llevado por la avalancha de sentimientos, la mayoría desconocidos, abre a toda prisa la puerta y entra a su refugio nuclear contra la bomba, a su madriguera contra el zorro. Cierra rápidamente, como queriendo desaparecer del mundo.

Una vez en su habitación, coge a sus dos aliados más fieles en la última frontera de la lucha: su MP4 y su bolígrafo. Decide que esta vez será el boli quien le ayude a dar el golpe final por el momento. Arranca una hoja de su cuaderno con tan solo un tirón, y las letras empiezan a salir de un bolígrafo, dictando cada movimiento de muñeca a una mano que tan sólo necesita un poco de desahogo para demasiadas cosas. Después de esto, las tinieblas se empiezan a desvanecer.

No pasa nada; el niño que tanto ha sufrido y que no encuentra ningún hombro en el que apoyar su cabeza en los momentos de flaqueza comienza a verlo todo claro gracias a las palabras de un instrumento que le han hecho ver que no está sólo en el mundo, y aunque su situación sigue siendo igual de triste, sus fuerzas están listas para volver a aguantar lo que sea.

lunes, 9 de mayo de 2011

Alerta 31

Los hombres de la fábrica estaban moviéndose tranquilamente cuando se apagaron todas las luces y se encendieron las de emergencia, con un potente rojo que bañó de un tono sangriento a los pasillos. Por megafonía comenzó a sonar una voz proclamando sin cesar:

-Alerta 31. Por favor, evacúen el edificio. Alerta 31, por favor, evacúen el edificio.

El pánico cundió al instante. La gente daba gritos asustados y se movía por todas partes de manera nerviosa, a pesar de que la mayoría de ellos no sabían lo que significaba una alerta 31, y los pocos que lo sabían se olvidaron rápidamente en el fragor del momento.

De repente, irrumpieron por la puerta algunos guardias armados con fusiles rompiéndola de una patada. Parecían todos idénticos, a excepción del que iba al frente, que llevaba en el chaleco pectoral el emblema del gobierno. Todos llevaban el uniforme normal y una máscara de gas. El que probablemente fuese el sargento, se adelantó un paso más al resto.

-Por favor, salgan ordenadamente.

La alarma seguía sonando, y la luz aún no se había apagado, pero los soldados lograron calmar a la muchedumbre y sacarla sin demasiados problemas.

Tras haberlos sacado a todos, registraron rápidamente el edificio en busca de alguien o algo. Tras sacar a todas las personas, y asegurarse de que no faltaba nadie. El hombre al mando de los policías, sacó un cronómetro de su bolsillo y lo paró.

-Diecisiete minutos, treinta y seis segundos, dieciocho centésimas. Enhorabuena señores, este simulacro ha sido el mejor que ha hecho nunca esta fábrica.

domingo, 1 de mayo de 2011

Pasión por los libros

Era jueves por la tarde. Ya había terminado mis deberes, y como no tenía nada que hacer, aproveché el tiempo para salirme un rato a pintar miniaturas, un hobby que tenía desde que aquella nochebuena me regalaron un puñado de ellas. Apenas llevaba diez minutos con el pincel en la mano, cuando me vibró el móvil un par de segundos. Lo cogí y miré el mensaje. Era de la librería que solía frecuentar:

"El libro que nos encargaste acaba de llegar. Puedes venir a recogerlo cuando quieras."

Aunque no tenía por qué, dejé en el bote de agua el pincel para que no se secara con la pintura, y me cogí la mochila y la cartera en un momento, no sin antes rebuscar en la hucha hasta encontrar veinte euros. Acto seguido, salí corriendo a toda prisa por la puerta de mi casa rumbo a la librería, sin perder un segundo. Tales eran las prisas y el ansía que tenía, que ni siquiera me cogí el MP4 para ir oyendo música de camino.

Miré el reloj y eran las ocho. Me pregunté si estaría cerrado, porque la última vez que fui, cerraban a las ocho, pero me llevé una enorme alegría al ver que aún seguía abierto. Pero entré y... me arrepentí enormemente de no haber cogido el reproductor de música: ¡LA COLA TENÍA POR LO MENOS DIEZ PERSONAS! En cambio, la paciencia es la madre de las ciencias, y si llevaba medio mes esperando aquel libro, ¿qué me iba a impedir esperar otros quince o veinte minutos?

Al final, fue más rápido de lo que esperaba, y a los seis o siete minutos ya tenía el libro en mis manos. Lo metí en la mochila con un sobresaliente en cuanto a su relación entre el precio y el peso, cerré la mochila, y volví a casa más volando que andando.

En cuanto crucé el umbral de mi morada, le arranqué el plástico sin piedad, y acaricié el lomo del libro como siempre hacía en cuanto conseguía un libro nuevo. Seguidamente, lo abrí por la mitad y aspiré ese maravilloso aroma a tinta impresa y papel nuevo.

Mucha gente prefiere leer, sea un libro o un cómic por internet o cogerlo de la biblioteca. En cambio a mí, me gusta más comprarlo. Ya no es sólo poseerlo, tener una biblioteca inmensa o poder dejárselo a cualquier amigo en cualquier ocasión: es el hecho de saborear la historia que me está esperando cuando aún nadie lo ha estrenado y sentir el agradable tacto y olor del papel nuevo entre mis manos. Por cosas como éstas, son por las que nunca me cansaré de comprar libros, aunque mis bolsillos no paren de lamentarlo.

miércoles, 27 de abril de 2011

La decisión equivocada

Por fin había llegado, aquella daga de acero toledano que había pedido hacía casi dos meses. La preparé un pequeño cinturón para mi muñeca a base de correas para llevarla cerca de la muñeca, casi literalmente a mano.

Ahora mismo, es de noche, Yo estoy cerca de su portal, pero escondido y silencioso como una sombra, pero también acechante. De repente, oigo unos pasos. Enfoco mi vista a la dirección de la que estos proceden, pero sólo es un hombre paseando a su perro, un chihuahua sorprendentemente alto para la raza. Hay que seguir esperando.

Para hacer tiempo, me pongo a reflexionar: ¿por qué estoy a punto de hacer lo que voy a hacer? Supuestamente, ella me quiere como amigo, y yo a ella también... ¿o la odio? ¿o si estoy enamorado y no me he dado ni cuenta? Pero y si es cierto que le importo, ¿por qué nunca me llama? Pero no puede ser porque me odia, si cada vez que nos vemos se muestra cariñosísima conmigo.

-Mierda, mierda, mierDA -digo, primeramente en un susurro apenas audible, hasta terminar en casi un grito de impotencia y confusión.

-¿Qué ha sido eso?

Es su voz. Joder... esto va de mal en peor. De repente me inunda el miedo: ¿y si luego me arrepiento de haberla matado? ¿Y si lo hago mal, y me denuncia a la policía? Sabía que me tenía que haber cogido una máscara...

-Hola. ¿Hay alguien ahí?

Cada vez está más cerca de mí. Noto como la velocidad entre latido y latido de mi corazón empieza a crecer a un ritmo desorbitado. ¿Será por la adrenalina? ¿O tal vez porque le da la gana a mi corazón? En un instante de valor, o tal vez un arrebato de locura, suelto las correas que ataban la daga a mi antebrazo, y en cuanto esta cae, la cojo con un movimiento ágil para salir de mi escondrijo al momento con un grito que no sabría decir si es de rabia, o quizá de locura... ¿de impotencia, tal vez? En un primer momento, me mira con cara de sorpresa... no tiene más ocasión de reaccionar. Extraigo y puñal de su corazón, y de repente, una lágrima decide visitar mis ojos, seguida de toda su familia. La cierro los párpados y la boca, y la doy un último beso en la mejilla. Dejo mi arma a su lado, y hecho a correr para escapar de mí mismo.

Creía que había tomado la decisión correcta, que así se acabarían las dudas, la confusión, la turbación... todo, que por fin mi alma reposaría en paz. Justo en ese momento lo comprendí: acababa de comenzar el verdadero tormento por culpa de unos enemigos demasiado crueles. Se llaman remordimientos.

domingo, 24 de abril de 2011

Visión de un mundo sin esperanza

Una especie de ave negruzca, similar a un cuervo bajó de las nubes con un odioso ruido, similar a un graznido. Las nubes se tornaban de negro, con acongojantes rayos acompañados de estridentes truenos descendiendo de éstas y prediciendo tiempos de agonía y dolor que aún no habían acabado. En el suelo, tan sólo había páramos yermos con alguna que otra zarza retorcida quitando la monotonía del lugar. Un río verdoso con grandes burbujas ácidas se presentaba ante mí y decidí dar un rodeo por si acaso, pero al cabo de un rato, un vado surgió y las burbujas, aunque no desaparecieron, se detuvieron frente a aquella zona con las aguas bajas. Aproveché para cruzar.

A mi lado se veían figuras espectrales, cubiertas con oscuras túnicas de las que tan sólo veía unas huesudas manos donde las mangas terminaban y cráneos blanquecinos con algún que otro gusano adornando las cuencas oculares, bajo las capuchas en las que se prolongaban las túnicas.

De repente, noté una mano posándose sobre mi hombro y me volteé, no sin temor, para ver quien estaba a mis espaldas. Una calavera con un esbozo de sonrisa en su mandíbula me miró, y subiendo y bajando la dentadura, me dijo:

-Perdona muchacho, ¿tienes hora?

Suspiré aliviado para mis adentros. Era relativamente pronto y aquella calle estaba alejada, por lo que se podría decir que había tenido suerte de que no hubiese sido un ladrón. Aunque bien pensado si hubiese sido un ladrón, no habría cometido esa imprudencia.

-Por supuesto -me miré el brazo en el que tenía el reloj-. Las cinco y cuarto pasadas.

Me volví y seguí adelante, con la música sonando en mis auriculares, la que me permitía seguir en un mundo tan triste. Era como ambrosía sonora. Nunca había creído en ningún Dios; si hubiera existido alguno, la Tierra nunca habría sido así. Recordé los tiempos en los que veía igual que el resto de personas y media sonrisa comenzó a dibujarse en mis labios.

Para la gente, yo no era normal, decían que estoy loco. Me da igual, no estoy loco, pero tampoco cuerdo. Sencillamente veo como es el mundo sin disfraces ni máscaras; veo como es un mundo sin esperanza.

miércoles, 20 de abril de 2011

Sueños de una mañana del lunes

No estoy seguro de que esto sea cierto. Quizá sea un sueño, quizá una ilusión, una alucinación o una hipnosis. Sólo sé que que no sé lo que me pasa. Me noto ligero, liviano. De repente, un tan sólo un instante, me veo azulado y translucido, en un cuarto oscuro. Me voy elevando lentamente y al poco rato veo un cuerpo tumbado en una cama, pero al fijarme bien, compruebo que ese cuerpo es MI cuerpo, que esa cama es MI cama y que esa habitación en la que está es MI habitación.

Miles de dudas acuchillan mi mente, aunque todas del mismo tipo: "¿Estaré muerto?" "¿Seré un fantasma?" "¿Tendrá mi alma cabida en el cielo?"

Estoy asustado, pero dadas las circunstancias... ¿quién no lo estaría? Comienzo a acercarme al techo e instintivamente llevo las manos hacia arriba para evitar el golpe, pero tanto éstas como mi cuerpo atraviesan el techo y tras pasar por el desván, salgo al cielo nocturno atravesando el tejado. Sigo subiendo y veo mi casa, mi calle, mi barrio, mi ciudad, mi región... aparto la vista, aunque no puedo negar que es fascinante. Miro hacia arriba, donde las nubes están cada vez más cerca y la velocidad a la que me acerco es cada vez mayor, ¿o se trata de una imaginación mía?

Decido dormir para hacer rato, así que cierro los ojos, pero no tengo sueño ni estoy cansado, lo cual me hace plantearme si realmente estarán dormidos los muertos, o tan sólo tienen el alma despegada del cuerpo. Cuando los abro, quedo asombrado. Estoy a varios metros por encima de la atmósfera y tengo ante mí una esfera azul con pinceladas blanquecinas y en ocasiones; distintas superficies, unas más grandes que otras, de distintos colores: amarillo, verde, blanco, gris...

Lo lógico habría sido pensar que a estas alturas me habría detenido; o que estaría en el cielo, con Dios, los ángeles y demás fantasías religiosas; pero yo seguía ascendiendo hasta que...

"TRIIIRI" "TRIIIRIRI" "TRIIIIRIRIRI"

Me levanto. Cojo el móvil y apago el despertador. Miro la hora. Ocho de la mañana del lunes. Toca ir a clase, como todos los días, y esto no ha sido más que un extraño sueño.

viernes, 15 de abril de 2011

Esclavo del miedo

Todo está oscuro. No veo nada. Doy un par de pisadas y oigo eco de éstas. Por el sonido, parece que estoy bajo una cúpula. De repente, una luz en la que mediante palabras dice: "Toma una decisión" baja del cielo, sí es que se puede llamar así. Me acerco a ella, pero veo a otro ser aproximarse según lo hago yo también.


-¿Quién eres? -preguntó


-¿Aún no lo sabes? Llevas viviendo conmigo toda tu vida.


Me detengo a pensar. Hay varias personas con las que llevo viviendo toda mi vida: mi mejor amigo, mis padres, mi hermana... pero ni su voz ni su aspecto se parece a ninguna de ellas. Según va llegando, distingo una forma sinuosa y oscura, semitransparente. Parece un fantasma, o quizá un espectro; no sabría decirlo con exactitud. Y cuando voy a volver a preguntar... se me ocurre una idea disparatada... aunque tampoco se puede decir que nada de esto sea lo contrario.


-Eres... ¿el miedo?


-Me ofendes. Con tanto tiempo que hace que nos conocemos, y que aún no lo sepas.


No sé como tomármelo, pero decido hacerlo como un sí. Progresivamente noto como la rabia se va apoderando de mí. Los ojos se me empapan de furia. Voy apretando el puño derecha con tanta fuerza que se me clavan las uñas en las palmas de los dedos. Por culpa de ese monstruo, nunca he podido tomar mis propias decisiones con buen criterio. Por culpa de ese monstruo, en varias ocasiones he fallado a mis seres queridos. Por culpa de ese monstruo, mi vida ha sido siempre una mierda. Nunca me atreví a dar el primer paso, ni a defender a los que me importaban. ¿Y qué fue lo único que hizo ese engendro por mí? Salvarme el pellejo para dejarme una absurda vida incompleta.


Levanto mi puño, el que ya empieza a teñirse ligeramente roja por la palma, y se lo lanzo en un movimiento fuerte, brusco y violento. En cambio, el fantasma que se alza ante mí, no necesita más que mover ligeramente su... ¿mano? Es difícil determinarlo en aquel ser de forma variable. Sin embargo, sé que detiene mi golpe sin problemas, y con tan sólo girarlo en un simple movimiento, me retuerce el brazo y me deja subyugado a su voluntad. Una vez más, esclavizado bajo un cruel dictador que lleva toda la vida inmovilizándome y dejándome, como siempre, bajo una voluntad que no es la mía, y mediante una decisión que nunca quise tomar.

La escapada matinal

Amanecía. Las calles estaban solitarias y vacías. Mejor. Siempre me habían gustado las calles cuando estaban sólo para mí. Además, para lo que iba a hacer, si me miraba algún chiquillo, podía acabar mal. Vestía una chaqueta ligera y un pantalón de chándal, aunque eso no era nada nuevo, ni aprobado por el resto de la sociedad, pero lo que pensase un rebaño de borregos me importaba menos que pisar una hoja muerta en el suelo. Me puse los mitones y me acerqué. Puse la mano en la hendidura más alta, y repetí el proceso con el pie contrario en una hendidura más cercana. Adelanté el pie para que el primero que había subido estuviese el que más bajo, y me terminé de apoyar en la pared con la última mano. Repetí el ciclo una vez tras otra, yendo siempre al punto cercano más seguro. Sentía como el suelo se iba alejando de mis pies mientras mis manos se acercaban cada vez más a la azotea. La brisa matinal iba ganando en intensidad según lo hacía yo en altura, pero siempre me había gustado su caricia en mis mejillas.

Al llegar a la planta más alta de todas, vi que alguien había llamado a la policía, porque se iban acercando coches. Nunca llegué a entender que tenían en contra de hombres como yo, que apreciaban la libertad antes que  cualquier otra cosa. Cuando terminé de subir, oí una voz amplificada mediante un megáfono gritaba: "Deténgase inmediatamente. Baje ahora mismo y no le haremos daño." Continué hasta la terraza. Les saqué el dedo a aquellos esclavizadores, aunque tampoco creo que me hubiesen visto, y me alejé corriendo al ático más cercano, que lógicamente no estaba unido al edificio en el que yo estaba. Más de uno habría dicho que estaba loco, que ese salto era imposible de realizar; siento lástima por aquellos que nunca fueron capaces de volar. Fui corriendo cada vez más rápido y en cuanto llegué al bordillo, salté... ¿o debería decir que volé?

Lo polis me perseguían desde el suelo, pero el vuelo es de los métodos de desplazamiento más rápidos que existen, si no el que más. Tras haber atravesado unos pocos edificios, ya me habían perdido el rastro. Miré en mi rededor. Estaba en un edificio pequeño, con una azotea típica de hormigón gris con muros de medio metro para impedir que los niños pequeños se precipitasen al vacío. El sol ya hacía algunos minutos que había terminado de salir. me puse de cuclillas en la esquina orientada al este. Se avecinaba un nuevo día. Ya había tenido mi momento de vuelo, que como siempre, había sido aprovechado, pero nadie podía vivir sólo en el aire, y me tocaba bajar, enfrentarme a la realidad y seguir adelante un día más, para a la siguiente mañana, poder madrugar de nuevo y disfrutar de este placer cuando apenas hubiera gente que me señalase y me hiciera destacar por ser diferente y tener el valor de romper las barreras que les convertían en simples ovejas del rebaño.

domingo, 10 de abril de 2011

El árbol de la pseudoalegría

Adelante, entre y pase. Disfrute de nuestro jardín, donde podrá deleitarse y disfrutar con millones de ovejas disfrazadas de personas que ni saben que son borregos. Báñese en nuestros ríos de lujurioso pudor donde los valores se olvidan al lado del sexo. Destape nuestras botellas, que le prometerán millones de fantasías inexistentes. Y pruebe los productos de nuestra mayor atracción, el árbol de la alegría, con múltiples frutos de diversos nombres: como droga y violencia. No lo dude, la felicidad está al alcance de su mano. El único pago que nos debe dar para no perder nunca esta euforia son su voluntad, su libertad, su razocinio y su independencia. No lo dude, venga y sea feliz.

sábado, 2 de abril de 2011

"¡Disparaaad!"

Las nubes grisáceas cubrían el cielo, en un acto de generosidad para proteger al sol de la masacre que estaba a punto de pronunciarse. Al otro lado del río, sobre la cima de unas colinas, un puñado de valientes campesinos montaban estacas y barricadas en un vano intento de hacer lo posible por defenderse de sus enemigos allá, al otro lado del río. El capitán, un versado guerrero ahora retirado del ejército como consecuencia de su avanzada edad, pasó una última revisión a las defensas, pues de ellas dependían para sobrevivir, aunque en su interior, no contaba con que ninguno de todos aquellos hombres saliera con vida. Sin embargo, la esperanza había de ser lo último en perderse.

Comenzó a dar una vuelta alrededor de los hombres, concediéndoles flechas y arcos a todos aquellos que sabían usarlas, y lanzas para atacar a través de las protecciones concedidas por las estacas y las barricadas a los que tuviesen poca precisión y que éstos contasen con protección al causar bajas, gracias a aquellas barricadas y estacas que tendrían delante. Cuando vio que todo estaba listo y que el enemigo comenzaba a aglomerarse en el horizonte, les ordenó ponerse en formación. Tardaron un poco, debido a la indisciplina de las tropas, pero como bien dice el refrán, más vale tarde que nunca.

El improvisado general sabía que no tenían nada que hacer. Por supuesto, no sé lo diría, puesto que hacía más un soldado dispuesto a darlo todo por los suyos, que diez con mano vacilante. Sin embargo, contaba con que las gentes de los pueblos siguiesen su ejemplo, puesto que el monarca de por aquel entonces era un cobarde y seguramente estuviera refugiado en su palacio ajeno a todo mal exterior. Pero si todos los pueblos daban la leva campesina, quizá el reino se pudiese salvar.

-¡Hermanos! ¿Sabéis que día es hoy?

-¡DOS DE ABRIL! -gritó algún graciosillo por el fondo. En cambio, la mayoría de ellos se mostraban nerviosos.

-Yo lo sé -intervino uno que mantenía la cabeza fría, pero se le olía el miedo desde kilómetros-. Es el día que moriremos.

-Es posible. No niego que más de uno no volveréis a ver la luz del sol el próximo día -al hombre no le gustaba mentir, y por eso había sido sincero, en cambio, había usado los términos correctos para que pensasen que las bajas serían escasas-. Yo sólo os pido que recordéis por qué estáis haciendo este sacrificio: lo hacéis por vuestra esposas y hermanas, para que esos engendros de mala madre no las violen; y por vuestros hijos, para que puedan tener un futuro próspero y feliz. Hoy es el día en que demostraréis que un grupo de valientes hombres de campo hicisteis frente a un ejército de demonios cuyos únicos objetivos son matar, saquear y violar. ¡Hermanos, no niego que no todos sobreviviréis, pero os invito conmigo a luchar por la libertad y la victoria!

La palabras de aquel hombre de una edad superior a los cincuenta años fueron recibidas con un coro de gritos de aprobación.

-¡Todos a vuestras posiciones! ¡Arqueros! ¡Cargad!

Ante aquella orden, los lanceros se situaron tras las coberturas y los arqueros pusieron flechas en los arcos. Los enemigos comenzaban a tapar el horizonte.

-¡Arqueros, tensad!

Éstos subieron los arcos al cielo y estiraron las cuerdas sujetando las flechas. Aquella hueste de seres que tenían más de monstruo que de humano se acercaba corriendo a una velocidad cada vez mayor.

-¡Disparaaad!

jueves, 31 de marzo de 2011

"Estás serio"

Cuando esta mañana me has dicho: "Estás serio", yo tan sólo me he limitado a dedicarte una sonrisa. Sin embargo, nadie ha sido lo que se dice correcto, porque ni estoy serio, ni estoy para sonreír. Lo que esta mañana has visto en mi rostro no era un gesto de seriedad, sino de sometimiento, de cansancio y de agotamiento. Lo siento, pero ya no soy el mismo. Ya no soy capaz de seguir resistiendo, sino que he desistido. La vida ha podido conmigo y yo, aunque una de mis características es la persistencia, ya me he cansado. Me he quedado sin fuerzas y tengo que reconocerlo: por primera vez en muchos años, me he rendido. Pero no puedo seguir luchando yo sólo contra un arroyo que me agobia y no me deja salir, que mi única forma de hacerle frente es reteniéndolo. En cambio, como con todas las presas... tarde o temprano tiene que acabar derribándose. Y es lo que ha sucedido. El turbulento torrente a derribado y presa. En cambio, me puedo considerar afortunado, porque a mi no me ha pasado nada malo, pero a mi personalidad sí. Siento tener que decirlo, pero... me he convertido en un esclavo, ya no soy yo, sólo otro más del montón.

miércoles, 30 de marzo de 2011

El tiempo escapa

Y aquí estoy, una vez más, escribiendo mis penas ante la pantalla de un ordenador con un teclado en mis manos. Sé que es algo penoso, pero es la forma de llorar cuando tienes secas las lágrimas, y... ¿quién no ha llorado en su vida? Quizá fuera de pequeño, tal vez por haber perdido al cónyuge o quizá por una herida que era como si mil relámpagos te destrozasen internamente. Pero mi intención no es hablar de las lágrimas, sino del tiempo, el fugaz tiempo. Hoy en lengua hemos comenzado a dar el Barroco y nos ha dado el profesor el nombre de un tópico latino usado que era: "Tempus fugit", cuyo significado era que el tiempo pasa de manera muy rápido como para que nos demos cuenta, lo cual me ha recordado una frase que conocía de un tema de rap: "El tiempo escapa", y al instante me he dado cuenta de todo lo que estoy a favor con ese tópico. Porque al fin y al cabo... ¿qué es el tiempo? Pues bueno, todo es relativo y depende: un científico te diría que es el proceso por el cual todo va progresando o algo por el estilo, o quizá te lo definiría como la cuarta dimensión; un anciano puede que te lo definiera como recuerdos y vida... pero un escritor lo definiría de mil maneras, todas ellas correctas e incorrectas a su vez. Lo puede definir como un laberinto sin la cuerda de Teseo, como un mero espíritu volátil que nos hace percatarnos de la vida a la vez que tener recuerdos y emociones... porque en cierto modo, eso es lo que es. Pasa el tiempo: segundos, minutos, horas... y al final, ¿qué es lo que nos queda? Unos cuantos recuerdos y las manos vacías. Nos las miramos, y tan sólo vemos un poco de pellejo sobre unos huesecillos, pero no sin olvidar que una vez esas manos se cruzaron con las de un colega al que llevabas tiempo sin ver, sujetaron el rostro de aquella chavala a la que le robaste el primer beso mientras ambos disfrutabais de un momento mágicos, te ayudaron a hacer proezas sin nada más que cosas insignificantes como un boli o un pincel.

En esos momentos, los recuerdos inundan nuestra memoria y queremos retroceder en el tiempo, en pos de un pasado de nos hizo sentirnos las personas más felices del mundo. Y cuando esos recuerdos están en la calle, en ocasiones retornamos nuestros caminos, como si por retroceder en el espacio también fuéramos a hacerlo en el tiempo... pero la vida es mucho muy dura como para que algo tan simple ocurra. Sólo nos queda esperar hasta que una gran ocasión vuelva a agraciar nuestros corazones llenándolos de esa enorme luz que es la felicidad y que se nos ha convertido en un bien tan preciado.

martes, 29 de marzo de 2011

La droga del siglo XXI

¿Marihuana, hachís, alcohol, cocaína, LSD? ¿De verdad creéis que esas drogas sean "fuertes"? Porque qué queréis que os diga, ya estáis consumiendo a todas horas una droga millones de veces más poderosa, sólo que ni lo sabéis. No me extraña, al fin y al cabo, yo no lo supe hasta que me la censuraron. En cuanto esto pasó, no puedo describir lo mal que me encontré.Sufrí todo tipo de locuras, paranoias y demás trastornos psicológicos... y creo que aún no los he superado. Es droga fue consumiendo mi alma lentamente, como un pegote de cera con una pequeña vela derritiéndola por debajo. Creí que podría acostumbrarme a ella, y en efecto, lo hice. Y cuando todo iba a la perfección... simplemente me la quitaron. Ahora cada segundo es una insufrible agonía, ver como todo el mundo dispone de ella y yo me tengo que resignar, sin más consuelo que bolis y bolis vacíos, esparcidos por mi escritorio, con su tinta derramada en mi papel, el único que me entiende de verdad. Ya no sé que hacer. mi alma pide a gritos más consumiciones, pero sólo dos personas me la dan, y no siempre pueden. Para quien no quiera sufrir como yo, le diré el nombre de esta droga y un consejo: que una vez hayáis empezado con ella, haced LO IMPOSIBLE por no perder nunca su consumición. La droga se llama sociedad

sábado, 26 de marzo de 2011

El Rayo de Luz


Bueno, pues antes de nada, quería dar una pequeña introducción. El año pasado, en el Jorge Manrique hubo un certamen literario al cual me presenté y quedé primero. No tiene mucho mérito, ya que en toda la ESO no participamos más de 8 personas, pero bueno, algo de dinero que gané (100 pavaos ^^). Este es el relato con el que gané.

Año 2320 después de Cristo, pero más brevemente, doscientos cincuenta y siete de nuestra era, la Edad de las Tinieblas. Hace algo más de siglo y medio, la paz que de manera cada vez más frágil intentaban sostener los gobiernos, fue quebrada por completo y ahora no ha quedado más que un mundo sumido en el caos, las sombras y la confusión como consecuencia de toda la contaminación producida por el ser humano, la mayor máquina de destrucción que haya engendrado la naturaleza.
Aquel fue un día iluminado teniendo en cuenta las condiciones circunstanciales que sufría el Planeta Azul, ahora conocido como Planeta Gris. Jeriek se levantó con el soni-do del fango explotando en el río contaminado de al lado de su morada, como la mayoría de las veces que intentaba dormir. Según los adivinos –una práctica que había conseguido muchos seguidores en los últimos tiempos- aquel día el rocío iba a estar fresco y brillante, de modo que le convenía madrugar. El rocío era una de las pocas formas de conseguir agua en buenas condiciones, así como de saber que había amanecido. Y además, según los cuentos que todos habían oído desde pequeños, una mañana en la que el rocío supiese a oro, las nubes mostrarían un gigantesco balón áureo en el cielo que desterraría las tinieblas al más allá.
Jer, sin embargo, que ya tenía veintitrés años, no creía en esos cuentos de hadas y pensaba que no eran más que invenciones de los adivinos para subir la moral de la gente, prometerles que cualquier día se acabarían las sombras. No era mala idea, pero tras tantas promesas falsas, la gente terminaría por cansarse y se sublevaría contra ellos. Crearían un monstruo, al igual que hicieron los Antiguos con todas sus máquinas, ahora simples chatarras oxidadas y desperdigadas por todo el mundo.
Se levantó del lecho formado a base de plásticos con burbujitas, que había ido recolectando a lo largo de su infancia porque le gustaba explotarlas, hasta que comenzó a darles utilidad e intentó desperezarse para buscar alguna de las muchas latas y botellas que poseía en su guarida para estas ocasiones; pero cuando salió, no quedaba ni una sola gota de rocío. En su lugar, había grandes multitudes de personas rodeando a cuatro individuos, tres hombres y una mujer. Todos iban vestidos con túnicas de color azul, a excepción de la mujer, que iba en cabeza con una toga blanca; todos vestían capuchas cubriéndoles la cabeza. Entre la gente que los rodeaba, había toda clase de rumores, muchos iban con botellas y latas llenas de agua. La gente no solía madrugar tanto ni siquiera para conseguir rocío.
-Discúlpeme buen hombre, ¿podría decirme usted a qué se debe todo este alboroto y que tanta gente haya madrugado tanto? –le preguntó Jeriek a un hombre que estaba en el exterior del círculo de congregación.
-¡Shhh!
Fue la única respuesta que obtuvo por parte de aquel hombre y del resto a los que preguntó. Mas al cabo de un breve rato, recibió su respuesta, pero a través de la boca que menos esperaba recibirla.
-Hermanos, nuestra sociedad ha escuchado las predicciones de los nuestros durante muchos años, pero lo único que ha hecho ha sido ignorarnos y tomarnos por locos y estafadores. Sin embargo, nuestras predicciones han comenzado a cumplirse –debido a las capuchas, nadie podría asegurar a ciencia cierta quien lo dijo, pero Jeriek aseguraría que fue la mujer, pues la voz era muy aguda, y además había que tener en cuenta que ésta iría en la cabeza del grupo por alguna razón.
La mayoría de la gente no pudo evitar realizar reverencias y alabanzas. Algunos incluso se arrodillaron antes aquellos adivinos. Hubo unos pocos que tras refunfuñar un rato se dieron la vuelta Pero Jer no podía. Era incapaz y testarudo como una mula. No iba en su naturaleza aceptar cosas que le llevasen la contraria y era un completo revolucionario.
-¡Pero es imposible! ¡Tiene que haber sido una casualidad! ¡Es imposible ver el futuro!
El hombre de la derecha alzó el brazo pero con la mano como muerta. Echó con brusquedad la cabeza hacia atrás como si estuviera en trance y su brazo se dirigió como poseída hacia él. De repente, la mano se alzó y le señaló.
-Detecto interferencias. Ese hombre puede impedir que el futuro próspero llegue.
Era curioso, al menos eso pensó Jer. Eran unas palabras completamente simples que podría haber dicho cualquiera, pero que al haberlas acompañado con aquellos gestos, engañarían aún más de lo que engañaría por si sola aquella lengua bífida. Cientos de personas clavaron en el sus miradas llenas de furia, y los más maniáticos se abalanzaron sobre él.
Jeriek se encontró solo en un mar de chiflados. Los fanáticos le golpearon y patearon con furia, y aunque él se defendía, un hombre por si sólo no puede detener el ciclo de las mareas. Al cabo de unos diez minutos, ya estaba inconsciente y tirado en el suelo. Cuando despertó, estaba tirado en un habitáculo pétreo y cerrado, con forma cuadrangular. No había más puertas que un círculo en el que para pasar se tendría que agachar y tenía algunas verjas oxidadas que le impedían escapar.
Habían pasado ya dos años. De vez en cuando, le llevaban a la celda algo de comida, muy poca, pero la suficiente para subsistir. Tras dos años encerrado, estaba completamente loco. Al cabo de las tres semanas, ya desconocía el significado de la palabra cordura, y una semana más tarde, había comenzado a intentar abrir un agujero en la pared con la uña, rompiéndosela y desgastándosela en más de una ocasión. Sin embargo; la pared, que era relativamente fina, ya había caído, y como el agujero había dado la casualidad que era el punto de apoyo de una pared, ésta se derrumbó.
Con un inmenso esfuerzo salió por allí. Estaba en los huesos, pero tuvo que atravesar los escombros que le estorbaban. Como suponía, la noche perpetua continuaba. Pero también observó que la gente perseguía a los adivinos por sus mentiras. Volvió a donde había estado su hogar, pero ya no había absolutamente nada. Sin embargo, sintió algo encima de él que le molestaba. Alzó la vista. Apenas había personas cerca, pero las pocas que estaban, le miraron. Todos estaban desconcertados. Era algo completamente nuevo para todos. En las nubes, a través de un agujero, se filtraba algo completamente nuevo para toda aquella generación. A través de las nubes, se filtraba un rayo, un rayo de luz.
Año 2342 después de Cristo, año diecinueve de la Edad Renacentista. Tras casi dos siglos de oscuridad, la luz del sol ha vuelto a enfocar al Planeta Azul. Bajo el mando de Jeriek I, el Libertador y Neopresidente, la humanidad ha vuelto a comenzar de cero, sin apenas tecnología y ciencia alguna, pero con el mando de una persona, que aunque testaruda, también firme y sensata dispuesta a evitar los errores que cometieron sus antecesores.

jueves, 24 de marzo de 2011

Un saludo

Bueno, pues de entrada, quería decir que tras fracasar con otros dos o tres blogs, he decidido abrir uno más en un último intento por tener un lugar en el que dejar archivados mis escritos a gusto. No pretendo tener muchos seguidores, ni creo que eso pase, pero no por eso voy a desistir, esta vez no. Este blog va a ser una puerta a mi mente mediante algunos textos más o menos sobre mí (aunque de este tipo sólo colgaré alguno) y en gran parte para que todo aquel que ha leído algo mío y le haya gustado, pueda saciarse, puesto que al final, escritas a mano sólo tengo cuatro historietas más vistas que el sol por la mañana. No tengo mucho más que decir salvo que ya estoy con el primer proyecto entre manos.

Un saludo y gracias por dedicarme parte de vuestro tiempo:
Ankíos.